La mudanza del cuarto piso

@el_profesor ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La cajuela del elevador rechinó al abrirse, como si llevara años sin moverse. Adentro, apenas cabían dos personas y media bolsa de cemento. Ella entró primero, con los hombros desnudos brillando por el sudor del verano chilango, el escote del vestido negro colgando peligrosamente bajo. Llevaba una caja atada con cuerda, tan pesada que se le torcieron las nalgas al cargarla. Él entró tras ella, el tipo del departamento contiguo, el que nunca decía hola, solo asentía con la barbilla. Hoy traía playera ajustada, sudada en el pecho, y un bulto en el pantalón que no se molestaba en esconder.

—¿Tanto peso y sin ayuda? —preguntó, sin ofrecer la mano.

—¿Y tú por qué no me la das? —respondió ella, con una sonrisa de dientes chuecos.

El ascensor se atoró entre el tercer y el cuarto piso. No hubo luz, solo el zumbido de la caja eléctrica y el calor espeso de dos cuerpos sudando. Ella soltó la caja. Él no dijo nada. Solo se acercó. Le puso la mano en la cadera, le apretó el culo con dedos firmes, como si ya lo conociera. Ella no se hizo rogar. Se recargó en la pared metálica, abrió las piernas un poco, y él le metió la mano por debajo del vestido, directo a la tanga. Estaba mojada. Le desgarró el encaje con un jalón.

—¿Y si llega alguien? —dijo ella, pero sin moverse.

—Que chinguen a su madre —respondió él, y le metió dos dedos de golpe.

Ella soltó un gemido corto, como un quejido de gata en celo. Él le mordió el cuello, le chupó el lóbulo, le dijo al oído: *te voy a chingar hasta que no puedas ni caminar*. Y entonces se bajó el cierre, sacó la verga tiesa, gruesa, con venas marcadas y la punta brillando de presemilla. Ella se arrodilló allí mismo, en el piso frío del elevador, y se la tragó hasta la base. No hubo ceremonia. Solo succión, lengua, dientes suaves en la raíz. Él le agarró el cabello con fuerza, le jaló, le dijo *más fuerte, chinga*, y ella obedeció, moviendo la cabeza como si se la estuviera follando con la boca.

Cuando sintió que iba a correrse, la levantó de un tirón. La cargó contra la pared, le levantó una pierna, y de un solo empujón se enterró dentro. Ella gritó. No de dolor, sino de placer puro, como un alivio que llevaba años reprimido. Él empezó a cogerla con furia, con golpes secos y profundos, cada embestida haciendo que el elevador temblara. A ella se le salían las tetas del escote, rebotando al ritmo de las caderas de él.

—¿Así? ¿Así te gusta, cabrona? —preguntó él, sin dejar de moverse.

—Sí, cabrón… más… hasta el fondo —gimió ella, con la voz quebrada.

Él le dio lo que pedía. Le cogió el culo con ambas manos, lo separó, y le clavó cada centímetro de su verga, una y otra vez. Ella sentía el calor subirle desde el vientre, el orgasmo prendiéndosele como pólvora. Y cuando llegó, gritó su nombre —un nombre que ni siquiera sabía—, y se corrió con tanta fuerza que las paredes del ascensor parecieron vibrar.

Él no se detuvo. Siguió follando, más rápido, más duro, hasta que sintió el cosquilleo en la espalda, el aviso del final. Entonces, con un último empujón, se descargó adentro, llenándola de esperma caliente, sin condón, sin cuidado. Se quedaron quietos, respirando pesado, la frente sudada pegada a la frente del otro.

Cuando el elevador volvió a moverse, nadie habló. Ella se acomodó el vestido. Él se subió el cierre. La puerta se abrió en el cuarto piso.

—Mañana termino de mudar —dijo ella, con una sonrisa pícara.

—Y yo te ayudo —respondió él—. Pero sin cajas.

Y sin decir más, ella entró a su departamento. Él se fue al suyo. Pero ambos sabían que no pasaría ni una hora antes de que alguien tocara la puerta.

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