La mudanza de la vecina

La mudanza de la vecina

@camila_rios ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (39) · 10 lecturas · 5 min de lectura

La mañana se levantó espesa, con ese calor pegajoso que en Medellín no perdona ni a las siete de la mañana. En el pasillo del edificio, el eco de pasos descalzos y cajas arrastradas anunciaba que algo cambiaba. Camila, desde el marco de su puerta entreabierta, asomó apenas el rostro, envuelta en una bata de seda que le resbalaba por un hombro. Oyó risas, órdenes dadas con voz firme, y entre ellas, una que no conocía: grave, lenta, como si cada palabra se saboreara antes de salir.

—¡Oiga, muchacho, no sea vago, que eso no es muñeca de porcelana! —gritó la dueña del piso de al frente, doña Gloria, mientras un tipo alto, de espaldas anchas y pantalón de jean ajustado, cargaba una cómoda por las escaleras.

Camila no pudo evitar fijarse en cómo se le marcaban los músculos de los brazos al moverse, en cómo el sudor le bajaba por la nuca y se le metía bajo la camiseta. El tipo se detuvo un segundo, se quitó la franela con un gesto rápido y la colgó del hombro. De espaldas, el sol de la mañana le dibujó cada vértebra, cada línea de sudor que bajaba hasta el cinturón. Camila se mordió el labio inferior sin darse cuenta.

—¡Ay, niña, no se quede ahí como estatua! Ayudele a este muchacho, que solo es uno y tiene más carga que mula de montaña —dijo doña Gloria, señalándola con el dedo.

Camila dio un respingo. Se ajustó la bata y salió al pasillo con una sonrisa tímida.

—¿En qué le ayudo?

El tipo se dio vuelta. Tenía los ojos claros, casi amarillos, como si el sol los hubiera desteñido. Y una sonrisa tranquila, de esas que no necesitan enseñar todos los dientes para ser sinceras.

—Gracias, señora. Con que me sostenga la puerta ya es un tesoro —dijo, pasando junto a ella. Su olor la envolvió: sudor limpio, hierba mojada, algo salvaje que no supo nombrar.

Camila sintió un cosquilleo bajo el ombligo. No era joven, tenía sus cuarenta y tres bien llevados, pero hacía tiempo que no sentía eso: como si el cuerpo le despertara de un sueño largo.

Pasó la mañana entrando y saliendo del apartamento nuevo. Ayudaba con cajas, acomodaba muebles, servía agua con limón que él bebía de un solo trago, mirándola por encima del vaso. No hablaban mucho. No hacía falta. Había algo en el aire, una tensión dulce, como el silencio antes del primer beso.

—Me llamo Andrés —dijo él al fin, cuando descansaban en el sofá, con las ventanas abiertas y el ventilador moviendo el aire espeso.

—Camila —respondió ella, cruzando las piernas lentamente, sintiendo cómo la seda le subía por los muslos.

Andrés la miró. No con descaro, sino con calma, como quien sabe que algo va a pasar y solo espera el momento justo.

—Usted no es de por acá, ¿verdad? —preguntó él.

—Nací en el sur. Pero hace veinte años que vivo aquí. ¿Y usted?

—De paso. Vine a cuidar a la tía Gloria. Se quedó viuda y no quiere vivir sola.

—Ah —dijo Camila, asintiendo—. Entonces se queda.

—Por ahora, sí.

Hubo un silencio largo. El ventilador giraba. Una mosca chocaba contra el vidrio. Y entre ellos, el aire se espesó más.

Esa noche, Camila no durmió. Se dio vueltas en la cama, con la bata abierta, una mano bajo la ropa interior, recordando el olor de Andrés, el modo en que movía los hombros al caminar, la fuerza con que cargaba las cajas. Soñó con sus manos en su cadera, con su boca en su cuello, con su pito duro entre sus piernas. Se tocó despacio, con los ojos cerrados, imaginando que era él quien la acariciaba, quien le mordía el pezón con suavidad, quien le separaba las piernas con la rodilla.

Al día siguiente, él apareció en su puerta con una bandeja de arepas calientes y un termo de café.

—La tía me dijo que usted desayuna tarde. Traje algo por si quiere compartir.

Camila sonrió. No se molestó en arreglarse. Solo se puso el vestido flojo que usaba para estar en casa, sin brasier, con los pezones marcándose bajo la tela.

Comieron en silencio en la cocina. El sol entraba por la ventana. Andrés la miraba de reojo. Ella fingía no darse cuenta.

—¿Y usted? —preguntó él al fin—. ¿Nunca se casó?

—Me casé. Hace años. No funcionó.

—¿Por qué?

—Porque uno de los dos ya no quería lo mismo. O quizás los dos ya no queríamos lo mismo.

Andrés asintió. Bebió un sorbo de café.

—A veces el cuerpo dice una cosa y la cabeza otra.

—Exacto —dijo Camila, mirándolo fijo—. Y el cuerpo casi siempre tiene razón.

Hubo un silencio. Pero esta vez no fue incómodo. Fue denso, caliente, como el aire antes de una tormenta.

—¿Sabe qué? —dijo Andrés, poniéndose de pie—. Hoy no voy a hacer nada. La tía salió. ¿Quiere que la acompañe a algún lado?

Camila se levantó también. Se acercó a él despacio, sin prisa. Le tocó el brazo.

—No tengo ganas de salir. Pero si quiere, puede quedarse aquí. Hago un café mejor que este.

Andrés sonrió. No se movió.

—Mejor si me lo sirve sentado en su cama.

Camila no parpadeó. Solo asintió.

—Espéreme aquí. Voy a cambiarme.

No fue a cambiarse. Fue al baño, se lavó entre las piernas con agua fría, se puso una braga de encaje negro que hacía años no usaba. Volvió con una bandeja, dos tazas, el café humeante.

Andrés estaba sentado al borde de la cama. La miró entrar. No dijo nada. Pero sus ojos brillaron.

Camila dejó la bandeja sobre la mesita. Se sentó a su lado. El colchón se hundió. El aire entre ellos ya no era aire: era fuego lento, promesa.

—¿Y si no tomamos café? —susurró ella.

Andrés se acercó. Le tocó el pelo. Le bajó la mano por el cuello, por el hombro, hasta el pecho. Le rozó el pezón con el pulgar.

—Está duro —dijo.

—Desde ayer —respondió ella.

Entonces la besó. Un beso lento, hondo, como si tuvieran toda la vida. Y cuando sus lenguas se encontraron, el mundo se detuvo. Camila sintió que volvía a nacer. Que todo lo anterior había sido solo un ensayo.

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