La mudanza de Doña Lupe
Yo nunca creí que un día iba a coger entre cajas de cartón, con el polvo de los muebles viejos en la boca y las nalgas sudadas pegadas al piso de madera, pero aquí estoy, desnudo como dios me trajo al mundo, con la verga dura como piedra y el corazón a mil por el recuerdo de lo que pasó hace apenas una hora con la hija de Doña Lupe.
Se llamaba Claudia. Llegó hace tres días, una morenita prieta, de esas que en Tepito dicen “con todo y más”, de caderas anchas que se mecían como si tuvieran vida propia, y una boca que invitaba a chingar sin parar. Llevaba una blusa ajustada que le marcaba los pezones oscuros, duros, como si siempre estuvieran esperando una lengua. Y el culote… Dios, el culote. Redondo, prieto, como dos pelotas de beisbol envueltas en seda. No pude evitar mirarlo cuando pasó frente a mi puerta arrastrando una caja de libros, con la camisa subida y la cintura brillando de sudor.
—Oye, carnal —me dijo, sin aliento—, ¿me ayudas con esta mierda? Que no soy Hulk.
Le sonreí, me paré despacio, con mi mejor caminar de macho seguro, y me acerqué. Cuando levanté la caja, sentí su mirada en mi culo. No me hizo falta voltear para saberlo. Le dije:
—Pesa más que una cabrona, ¿no?
—Pues sí, y encima es de libros de mamá. De esos que nadie lee.
Se rio. Yo también. Y ahí empezó todo.
No pasó nada esa vez, pero al día siguiente, cuando salí al balcón a fumar, la vi en el suyo, justo al frente. Se estaba quitando el sostén. No lo hizo con vergüenza, no. Lo sacó despacio, como si supiera que la estaba viendo, y se quedó ahí, con los pechos al aire, morenos, con las tetillas grandes y erguidas. Me miró. Yo le devolví la mirada. Me bajé la bermuda, saqué mi verga y empecé a masturbarme lento, sin quitarle los ojos. Ella sonrió, se mordió el labio, y se tocó un pecho con la mano izquierda, mientras con la derecha se metía los dedos por debajo de la falda.
No necesitamos palabras.
Esa noche, como a las once, tocaron a mi puerta. Abrí en calzoncillos. Era ella. Con una blusa de tirantes, sin brasier, y una falda corta que no tapaba ni la mitad de sus nalgas prietas.
—¿Puedo pasar? —dijo—. Me dio sed.
Entró. Cerró la puerta. Se sentó en el sofá. Yo me quedé de pie, con la verga empezando a crecer bajo el algodón.
—¿Y tu mamá? —pregunté.
—Dormida. Y sorda como una tapicuá.
Se paró, se acercó. Me puso una mano en el pecho. Luego bajó. Me agarró la verga por encima del calzón.
—Cabrona —dije entre dientes—, no te hagas pendeja.
—¿Y si quiero? —dijo, apretándome.
No aguanté. La tomé de la cintura, la jalé hacia mí, y la besé con hambre. Con lengua, con dientes, con ansiedad. Ella respondió igual, chupándome la boca, mordiéndome el labio inferior. Me desabrochó el calzón, me lo bajó, y mi verga saltó libre, dura, con la punta húmeda. Ella se arrodilló sin decir nada.
Y ahí, de rodillas, me la chupó como si se la hubiera estado imaginando por años. Con la boca caliente, húmeda, con la lengua lamiendo la vena gruesa de la base, con los labios apretando la cabeza. Me cogió las bolas con una mano, y con la otra me jalaba el tronco, lento, profundo. Sentí que me iba a correr en dos minutos.
—No, cabrona —le dije, jalándola de los cabellos—. No te vayas a pasar.
Se paró, se quitó la blusa, los pantis, todo. Quedó desnuda, con el cuerpo brillante, con el vello del pubis corto, negro, y los labios hinchados, mojados. Me empujó al piso, se subió encima de mí, y sin más, se sentó sobre mi verga.
—¡Chinga! —grité.
Era justa, prieta, caliente como el infierno. Se movía despacio, arriba y abajo, con los ojos cerrados, gemidos bajitos, como si no quisiera despertar a su madre. Pero yo no aguantaba. Le agarré las nalgas, se las separé, y empecé a cogerla más fuerte, más rápido.
—¡Sí, cabrón, así! —dijo, con la voz quebrada—. ¡Métemela toda!
Le di vuelta, la puse boca abajo, le separé las piernas, y la seguí cogiendo por detrás. Le metí un dedo al culo, lo lubricé con su propia humedad, y empecé a moverlo mientras la verga entraba y salía, chorreando. Ella gritó, se corrió con fuerza, con espasmos que me apretaron el miembro como una mano.
—¡Me vengo, cabrón, me vengo!
Yo no me detuve. Seguí, más rápido, más profundo, hasta que sentí el calor subiendo desde los huevos, el cosquilleo en la espalda, y de repente, una explosión. Me vine dentro, con tres, cuatro, cinco embestidas fuertes, llenándola hasta el fondo.
Nos quedamos ahí, sudados, respirando pesado, con el piso lleno de rastrojos de la mudanza. Ella se recostó sobre mi pecho, y me dijo:
—Mañana me voy a vivir a otro lado.
No dije nada. Solo la abracé. Sabía que no iba a volver. Pero esa noche, con las cajas de Doña Lupe de fondo, con el olor a cartón viejo y sudor, yo había chingado como nunca. Y eso, aunque fuera una sola vez, valió toda la vida.
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