La masajista del edificio
La noche caía sobre Medellín como un manto de terciopelo negro, iluminado apenas por el brillo tibio de las luces del barrio El Poblado, donde los edificios altos se erguían entre las colinas como centinelas silenciosos. En el piso 18 del Torreón del Norte, un hombre de treinta y tantos, bien vestido, con el pelo canoso en las sienes y una mirada que acostumbraba mandar, se paseaba frente al ventanal con una copa de whisky en la mano. Era Andrés, soltero, exitoso, pero con un vacío que no llenaba ni el dinero ni los viajes. Esa noche, había pedido un servicio especial. No uno cualquiera. Algo que guardaba en secreto, algo que solo se atrevía a pedir cuando la soledad apretaba demasiado.
A las nueve en punto, sonó el timbre. Abrió la puerta y allí estaba ella: alta, piel morena clara, ojos almendrados que brillaban con una mezcla de seguridad y misterio, labios carnosos pintados de rojo oscuro. Llevaba un vestido ajustado color vino que marcaba cada curva, tacones altos que hacían sonar el piso de mármol como una promesa. En la mano, una bolsa de cuero negro.
—Buenas noches, soy Valeria —dijo con voz grave, sensual, sin timidez.
Andrés asintió, un poco nervioso, aunque no lo demostró. La hizo pasar con un gesto y cerró la puerta tras ella.
—Pasa, Valeria. El cuarto está listo.
Ella lo siguió sin apuro, mirando el apartamento con discreción. No era la primera vez que entraba en uno así. Conocía bien ese tipo de hombres: poderosos, solos, con deseos que no podían nombrar en público. Y ella, con sus treinta y cinco años bien llevados, sabía cómo desatarlos.
Entraron al cuarto principal, donde una cama king size con sábanas negras esperaba. Sobre la mesita, velas aromáticas y un difusor de incienso de sándalo daban al ambiente un aire íntimo, casi sagrado.
—¿Te gusta el ambiente? —preguntó Andrés, quitándose la chaqueta.
—Muy rico —dijo ella, sonriendo—. Pero lo importante no es el cuarto, sino lo que pasa adentro.
Dejó la bolsa en el suelo y se quitó los tacones con elegancia. Luego, con movimientos lentos, se desabrochó el vestido. No fue un striptease vulgar, sino una ceremonia. El vestido cayó al suelo, revelando un cuerpo esculpido: pechos firmes, cintura estrecha, caderas anchas, piel sedosa. Llevaba un tanga negro de encaje y un collar de oro fino.
Andrés tragó saliva. Aunque ya la había visto antes, nunca dejaba de impactarle.
—¿Y el masaje? —preguntó ella, arqueando una ceja—. ¿O solo me vas a mirar como si fuera un cuadro?
Él sonrió, un poco avergonzado.
—Perdona. A veces me quedo helado.
—No te preocupes —dijo Valeria, acercándose—. Hoy no es un día cualquiera, ¿verdá?
Él asintió. Ella lo sabía. Sabía que no era solo un masaje. Era un ritual. Uno que ambos necesitaban.
Valeria encendió las velas, puso música suave —un bolero antiguo de Luis Miguel— y sacó de su bolsa aceite de almendras, toallas limpias y un par de guantes de látex negro.
—Acuéstate boca abajo —ordenó, con voz firme pero dulce—. Y relájate. Hoy soy tu dueña.
Andrés obedeció sin chistar. Se acostó sobre la cama, desnudo, el cuerpo tenso por el estrés del día. Ella se subió a la cama con cuidado, sentándose sobre sus nalgas con suavidad. Sus manos, calientes y hábiles, comenzaron a masajearle los hombros con movimientos circulares, profundos.
—Uff… eso sí que es chimba —murmuró él, gimiendo bajito.
—Calladito te ves más lindo —respondió ella, riendo—. Pero si te gusta, no me calles.
Sus manos bajaron por la espalda, trazando cada vértebra, cada músculo. Usaba las palmas, los dedos, las uñas cortas. Sabía exactamente dónde presionar, cuándo suavizar, cuándo marcar. Andrés sentía que se derretía, que cada toque lo llevaba más lejos del mundo real, hacia un lugar oscuro y placentero.
—Tienes muchos nudos aquí —dijo ella, masajeando la zona lumbar—. Como si cargaras el peso del mundo.
—Más bien el peso de no vivir lo que quiero —respondió él, con voz ronca.
Ella no dijo nada. Solo deslizó una mano hacia su nalga, la apretó con suavidad.
—Pero hoy no cargas nada, ¿verdá? Hoy solo sientes.
Él asintió. El pito, que ya llevaba rato medio duro, se endureció por completo. Ella lo notó. Con una sonrisa, se bajó de la cama y se quitó el tanga. Su cuerpo quedó completamente expuesto: piel tersa, muslos fuertes, y entre ellos, una cicatriz fina, bien curada, que marcaba su historia.
No era un hombre. No era una mujer. Era Valeria. Completa. Dueña de su deseo, de su cuerpo, de su verdad.
Volvió a subir a la cama, esta vez sentándose frente a él, con las piernas abiertas. Andrés giró la cabeza, mirándola con ojos hambrientos.
—¿Puedo…? —preguntó.
—Lo que tú quieras —dijo ella—. Pero con respeto.
Él se incorporó un poco y acercó la boca a su muslo, besándolo con devoción. Luego subió, lamiendo la piel, acercándose al centro. Ella jadeó cuando su lengua rozó el filo de su sexo operado, limpio, suave, perfecto.
—Eso… sí… —susurró.
Andrés no se contuvo más. Se dio vuelta, se arrodilló frente a ella y comenzó a lamer con avidez, con hambre, con devoción. Ella gritó, agarró las sábanas, movió las caderas al ritmo de su boca.
—¡Ay, qué rico! ¡Sí, así, mijo, así! —gritó, echando la cabeza hacia atrás.
Él no paró. Su lengua exploraba cada pliegue, cada rincón, cada punto que sabía que la enloquecía. Valeria gemía sin pudor, abierta, entregada, dominante incluso en su placer.
—Ya… ya no aguanto… —dijo, y se corrió con un grito agudo, intenso, que resonó en la habitación como un canto.
Andrés se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió. Ella respiraba agitada, con los ojos cerrados, una sonrisa en los labios.
—Qué pito tan sabroso tienes —dijo, abriendo un ojo—. Ahora te toca a ti.
Se levantó, se paró frente a él, y tomó su miembro con firmeza. Lo acarició despacio, con los dedos recorriendo cada vena, cada pulso. Luego, se agachó y lo metió en su boca con un movimiento lento, profundo.
—¡Ay, Valeria! —gritó él, agarrando la cabecera.
Ella lo chupaba con maestría, con ritmo, con pasión. Su boca era cálida, húmeda, perfecta. No tenía barba, ni rastro de hombre en el rostro. Solo labios carnosos, lengua hábil, deseo puro.
Subía y bajaba, con los ojos cerrados, disfrutando cada gemido, cada espasmo. Andrés sentía que se venía, que no aguantaba más.
—Valeria… me voy a venir… —advirtió.
Ella no se detuvo. Al contrario, lo tomó más profundo, hasta que él explotó dentro de su boca con un gemido ronco, largo, liberador.
Ella se enderezó, tragó, y se limpió la comisura con elegancia.
—Qué rico te viniste —dijo, sentándose a su lado—. Como si hubieras estado guardando eso por años.
Él respiraba agitado, con los ojos cerrados, una sonrisa en los labios.
—Gracias —dijo, sin mirarla—. No sabes lo que esto significa.
Ella le acarició el pecho.
—Lo sé. Yo también lo necesitaba.
Se acostaron juntos, piel con piel, sin hablar. El bolero seguía sonando. Las velas parpadeaban. Fuera, Medellín brillaba en la noche.
Pasaron unos minutos en silencio. Luego, ella se incorporó un poco.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—¿Ahora? —dijo él—. Ahora nada. Solo estar.
—A veces basta —respondió ella.
Pero no fue suficiente. A los pocos minutos, Andrés la tomó de la cintura, la giró y la puso boca abajo. Ella no se resistió. Sabía lo que venía.
Él se colocó encima, tomó su miembro con la mano y lo acercó a su entrada. Ella jadeó cuando la punta tocó su sexo.
—¿Sí? —preguntó él.
—Sí —respondió ella—. Pero con cuidado.
Él entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo el calor, la presión, el placer infinito. Ella gritó, agarró la almohada, movió las caderas.
—¡Sí, Andrés! ¡Así, mijo, así!
Él comenzó a moverse, con ritmo, con fuerza, con devoción. Cada embestida era un grito ahogado, un gemido compartido, un latido en común. Valeria se corrió otra vez, gritando su nombre, arqueando la espalda.
—¡Sigue! ¡No pares!
Él no paró. Siguió hasta que sintió que no aguantaba más. Se corrió dentro de ella con un rugido, temblando, sudando, liberado.
Se dejó caer a su lado, sin soltarla. Ella se giró, lo abrazó, le besó el cuello.
—Hoy sí me hiciste sentir mujer —dijo, con voz suave.
—Porque lo eres —respondió él—. Y yo, por fin, pude ser yo.
Se quedaron así un rato, abrazados, sin hablar. Luego, ella se levantó, se vistió con calma, se puso los tacones.
—Me voy —dijo.
—¿Volverás?
—Cuando me necesites —respondió—. Pero no me llames por teléfono. Yo te encontraré.
Y salió del cuarto, dejando atrás el perfume de sándalo, el calor del cuerpo, el eco de un placer verdadero.
Andrés se quedó mirando la puerta cerrada, con el corazón tranquilo, por primera vez en años.
Sabía que no era amor. Pero era algo. Y a veces, con algo basta para seguir adelante.
¿Te ha gustado? Valóralo