La masajista de medianoche

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La luz del pasillo era tenue, apenas un hilo ambarino que se escapaba por debajo de la puerta del cuarto de servicio. Diego no había encendido las lámparas principales, solo dejó encendida la de la mesita, junto al sillón reclinable donde solía dormir siestas largas después del trabajo. El reloj marcaba las doce y diecisiete. Ella llegó puntual, como siempre. Se llamaba Camila, aunque no usaba apellido. Llevaba el cabello oscuro recogido en un rodete suelto, algunos mechones despeinados le acariciaban las mejillas. Vestía una bata de algodón gris, delantal corto, y calzaba zuecos silenciosos. Él le abrió sin decir nada. Solo asintió. Ella, igual. No necesitaban palabras.

Camila dejó su bolso en el suelo, sacó las toallas limpias, el aceite de almendras, los guantes. Todo en su lugar. Diego se desvistió con naturalidad, sin pudor, y se acostó boca abajo sobre la camilla improvisada, cubierto solo por una sábana hasta la cintura. Ella no miró. No al principio. Empezó por los hombros, con presión firme pero precisa. Sus manos eran cálidas, fuertes. No como las de una masajista común. Había algo en el modo en que recorría la piel, como si conociera cada músculo, cada tensión oculta.

—Tienes los dorsales muy cargados —dijo, sin levantar la vista.

—El trabajo —respondió él, la voz amortiguada por la almohada.

Ella no dijo más. Siguió bajando, deslizando las palmas por la espalda, separando los dedos al pasar por la columna, como si separara las cuentas de un collar. El aceite brillaba bajo la luz tenue. Una gota resbaló desde la nuca y desapareció entre los omóplatos. Diego cerró los ojos. No era solo el alivio físico. Era otra cosa. Una corriente lenta que nacía en el estómago y bajaba sin prisa.

Cuando llegó a la cadera, Camila se detuvo un segundo. Retiró la sábana con cuidado, solo lo justo. Masajeó los glúteos con movimientos circulares, profundos. Diego no se movió, pero su respiración cambió. Ella lo notó. Sonrió apenas, sin que él pudiera verlo.

—Gírate —dijo.

Él obedeció. Quedó boca arriba, el pecho descubierto, el vello oscuro apenas húmedo por el calor. Camila repitió el ritual, pero ahora sus manos eran más lentas, más cercanas. Pasó por el abdomen, bajó sin apresurarse. Sus dedos rozaron el borde del pubis, una vez, dos veces. Diego abrió los ojos. Ella no lo miraba, pero sonreía.

—¿Duele? —preguntó, fingiendo inocencia.

—No —respondió él, con la voz ronca—. Pero no es un masaje normal.

Camila alzó la vista. Sus ojos eran oscuros, profundos. Se inclinó un poco, tomó más aceite en las palmas y esta vez no se detuvo en el ombligo. Bajó con intención. Diego contuvo el aliento. Ella lo tomó con suavidad, firmeza. No había prisa. Solo ritmo. Sus manos subían y bajaban, calientes, resbaladizas. Él arqueó la espalda, apenas un centímetro. Ella acercó la cara, sin dejar de mover las manos, y le besó el vientre. Luego el muslo. Luego, con la boca abierta, lo tomó.

Diego gimió. Bajo, largo. No era la primera vez que alguien lo hacía, pero era la primera que lo hacía así: con control, con conocimiento. Camila sabía cuándo detenerse, cuándo apretar, cuándo usar los labios, cuándo los dientes. Levantó la vista mientras lo hacía, y él sostuvo la mirada. No hubo vergüenza. Solo deseo.

Cuando él estuvo al borde, ella se detuvo. Se quitó la bata con un solo movimiento. No llevaba nada debajo. Su cuerpo era moreno, fibroso, con senos pequeños y firmes. Se subió a la camilla, lenta, y se sentó sobre él. Lo miró un instante antes de bajar.

—¿Quieres que pare? —preguntó.

—No —dijo Diego, casi en un susurro—. Nunca.

Entonces ella comenzó a moverse. Lento al principio, luego más profundo. Sus gemidos se mezclaron con los de él. La habitación olía a almendras y sudor. El reloj marcaba la una y doce cuando terminaron, sudorosos, abrazados, sin fuerzas. Camila se levantó, recogió sus cosas, se vistió en silencio.

—Mañana a la misma hora —dijo, antes de salir.

Él asintió. Sabía que no era un masaje más. Era un pacto. Y lo cumpliría.

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