La marca del reencuentro
El aire del sótano olía a cuero, sudor y azufre. No era un olor desagradable, al contrario: era el perfume de la sumisión bien entrenada, del dolor que se convierte en placer, del miedo que se transforma en entrega. La luz era escasa, apenas un par de lámparas rojas colgadas del techo de concreto desnudo, proyectando sombras que bailaban como demonios sobre las paredes. En el centro, una mujer estaba de rodillas, desnuda, con las muñecas atadas a la espalda con una cuerda de cáñamo gruesa. Su piel morena brillaba bajo la tenue luz, tensa en los puntos exactos donde el dolor se había instalado: los pezones enrojecidos por el pinzamiento, los muslos temblando por el esfuerzo de mantenerse erguida, el coño hinchado, húmedo, goteando sin pudor sobre el piso frío.
Diego entró sin hacer ruido. No dijo nada. Solo caminó despacio, con botas de cuero que resonaban como latidos. Llevaba un látigo corto en la mano derecha, de cuero negro, sin adornos. Su mirada no se desvió ni un segundo de ella. Sabía que era ella. Aunque habían pasado seis años desde la última vez que se vieron, la reconocería en cualquier infierno. Era Sofía. La misma boca que había gritado su nombre en orgasmos prohibidos, la misma espalda que había marcado con sus dedos, la misma sumisa que un día huyó sin explicaciones.
—Mírame —dijo, sin alzar la voz.
Ella levantó la cabeza. Sus ojos estaban brillantes, no por el llanto, sino por la excitación contenida. Tenía miedo, sí, pero era el miedo del animal que sabe que será cazado y, en el fondo, lo desea.
—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó Diego, acercándose.
—Porque tú me llamaste —respondió ella, con voz baja, temblorosa.
—No. Estás aquí porque huiste. Porque un día te diste la vuelta y te fuiste sin decirme por qué. Sin pedir permiso. Sin terminar lo que empezamos.
Sofía tragó saliva. El nudo en su garganta era tan fuerte que dolía.
—Lo siento —dijo.
—No quiero tu disculpa. Quiero tu cuerpo. Quiero tu dolor. Quiero que grites como antes. Que supliques como antes. Que te corras gritando mi nombre como si fuera la primera y la última vez.
Diego se quitó el cinturón con lentitud. Lo deslizó por las presillas del pantalón, sin prisa. Luego lo enrolló en su mano derecha, como si fuera una serpiente doméstica.
—Abre la boca.
Ella obedeció. Diego metió el extremo del cinturón entre sus labios, hasta que ella lo mordió con fuerza. No era un juego. Era una prueba. El cuero sabía a polvo, a sal, a años sin contacto. Él tiró del cinturón hacia atrás, forzando su cabeza, estirando su cuello. Sofía gimió, y el sonido fue gutural, profundo, como si saliera del fondo de sus entrañas.
—¿Te acuerdas de esto? —preguntó él, soltando el cinturón y acariciándole el cabello con una mano, mientras con la otra le separaba los labios del coño con dos dedos.
—Sí —jadeó ella—. Me acuerdo de todo.
—Dime qué recuerdas.
—Recuerdo… que me ataste a la silla. Que me azotaste con el látigo hasta que grité. Que me hiciste chuparte mientras me pegabas. Que me hiciste correrme sin tocarme el clítoris, solo con palabras.
Diego sonrió. Una sonrisa mínima, apenas un movimiento de labios. Luego se agachó, tomó una botella de aceite de un baúl de madera y destapó el frasco. Se echó un poco en la palma de la mano y comenzó a frotar el glande de su polla. Era grande, gruesa, con venas marcadas y un olor fuerte, masculino. La miró fijamente mientras se masturbaba lentamente.
—¿Quieres lamerla?
Ella asintió con la cabeza.
—Di las palabras.
—Quiero lamer tu polla, amo.
Diego se acercó. Se puso de pie frente a ella, con el pene en la mano. Sofía abrió la boca. Él le metió la verga hasta la garganta sin aviso. Ella tosió, pero no se movió. Aprendió a respirar por la nariz, a relajar la garganta, a aceptarlo todo. Él comenzó a follarle la boca con movimientos cortos y profundos, sin piedad. El sonido de su lengua, de sus labios chupando, de su garganta recibiendo el pene, llenaba el sótano como una orquesta obscena.
—Más fuerte —jadeó él—. Quiero que me la chupes como si fuera la última vez.
Ella aumentó el ritmo. Sus mejillas se hundían, sus labios se estiraban. Una línea de saliva le bajaba por la barbilla. Diego le agarró el cabello con fuerza, la sujetó y empezó a corcovear, a meterla y sacarla, a usarla como una boca hecha para él. Cuando sintió que estaba cerca del orgasmo, se retiró de un tirón.
—No —dijo—. Aún no.
Fue hacia el baúl y sacó un consolador de vidrio, largo, curvado, con una ventosa en la base. Lo calentó con agua hirviendo de una taza de metal. Luego regresó.
—Abre las piernas.
Ella obedeció. Diego le separó los labios del coño con dos dedos y le introdujo el consolador de un solo empujón. Sofía gritó. El frío del vidrio, luego el calor, el tamaño… todo era demasiado. Pero no se resistió. Se dejó llenar. Diego lo movió con fuerza, sacándolo casi por completo y luego metiéndolo de nuevo, buscando el punto que la hacía temblar.
—¿Dónde está tu anillo? —preguntó él, mientras la follaba con el juguete.
—Lo vendí —jadeó ella—. Para sobrevivir.
—Mentira. Lo tiraste. Porque no querías recordarme.
—Sí —confesó—. Pero nunca dejé de quererte.
Diego se detuvo. Dejó el consolador dentro de ella. Se quitó los pantalones y los calzoncillos. Su polla estaba dura, palpitante, con una gota de líquido preseminal en la punta. Se acercó a su espalda, le quitó las cuerdas de las muñecas y le puso las manos en el suelo.
—Apóyate.
Ella se arrodilló con las manos en el piso, el culo levantado, el consolador aún dentro. Diego lo sacó lentamente, con un ruido húmedo, viscoso. Luego se acercó con su pene, lo frotó contra su coño, lo mojó bien con su humedad.
—¿Estás lista?
—Sí —dijo ella—. Por favor.
Él entró de una sola estocada. Hasta el fondo. Sofía gritó, un grito largo, desgarrado, que resonó en las paredes como un eco del pasado. Diego no se detuvo. Comenzó a follarla con furia, con necesidad, con seis años de ausencia acumulada en cada empujón. Sus nalgas golpeaban contra sus muslos, el sonido de la carne chocando era obsceno, brutal, perfecto.
—¡Dime quién te tiene! —gritó él, mientras la azotaba con la mano en el culo.
—¡Tú! —gritó ella—. ¡Solo tú!
—¿Quién te duele?
—¡Tú!
—¿Quién te hace correr?
—¡Tú, amo, tú!
Diego sintió que el orgasmo subía desde sus entrañas, como una ola que no se puede contener. Aceleró, más fuerte, más profundo, más rápido. Sofía gritaba, se corría, temblaba, pero él no paró. La tomó del cabello, la levantó, la forzó a mirarlo mientras seguía follando.
—Mírame —jadeó—. Quiero que me veas cuando te lleno.
Y entonces, con un gruñido animal, se corrió dentro de ella. Varias embestidas más, y su semen caliente llenó su coño, gota a gota, como una marca que no se borra.
Cayó de rodillas detrás de ella, jadeando. Sofía se derrumbó, exhausta, sudorosa, con el coño goteando semen. Diego se acercó, le besó la nuca, le acarició la espalda.
—No vuelvas a huir —dijo.
—No lo haré —respondió ella—. Nunca más.
Él la abrazó, desnudo, sudoroso, con el olor de la guerra y el sexo en la piel. El sótano seguía en silencio, pero ahora había paz. El pasado había sido reclamado. La sumisa había regresado. Y el amo, por fin, la había marcado otra vez.
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