La luz que no apaga la oscuridad
3 minLa luz que no apaga la oscuridad
La habitación estaba bañada en el tono dorado del atardecer que se colaba por la persiana entreabierta, dibujando rayas suaves sobre el piso de madera. Lucía no era una extraña para esa casa: había crecido en la vecindad, había estudiado arquitectura en la universidad a pocos kilómetros, y ahora vivía temporalmente en el cuarto de invitados mientras remodelaba su propio departamento. Pero hoy no estaba allí por arquitectura. Hoy estaba allí porque él había dejado la puerta entreabierta —no por descuido, sino por invitación silenciosa.
Elena había visto cómo él salía esa mañana, con una mochila pesada y el pelo húmedo de la ducha reciente. El trazo de su nuca, la curva de sus hombros bajo la camiseta blanca, el modo en que se ajustaba el cinturón al bajar del auto. No había planeado quedarse escondida en el baño contiguo al dormitorio principal, pero cuando lo escuchó regresar dos horas después, con las llaves girando en la cerradura y sus pasos en el pasillo, su corazón latió con una fuerza que no podía nombrar. Se había sentado en la taza del inodoro, la espalda pegada a la puerta, escuchando cómo él colgaba la mochila, se quitaba los zapatos, caminaba despacio, como si ya supiera que algo cambiaría esa tarde.
Cuando la luz del dormitorio se encendió, Elena se arrastró hasta el borde de la cama, tapizada con una sábana blanca que apenas llegaba a sus muslos. Había dejado la puerta entreabierta, sabiendo que él pasaría por ahí al ir al baño. Y así fue: apareció con una toalla alrededor de la cintura, el pecho aún ligeramente húmedo, el pelo despeinado. No la vio de inmediato. Primero, su mirada se perdió en el espejo del vestidor, donde su reflejo se detuvo al notar que la puerta estaba abierta. Entonces, giró lentamente, y sus ojos se encontraron con los de Elena.
No hubo sorpresa. Solo una pausa, larga y profunda, como si el aire se hubiera vuelto más denso. Elena no se movió. Se mantenía sentada, las piernas juntas, las manos apoyadas en las rodillas, la respiración contenida. Él la observó con calma, sin sonreír, sin fruncir el ceño. Solo miró. Y ella, por primera vez, no sintió vergüenza: sintió que su cuerpo la reconocía a sí mismo, que cada fibra de su piel se estiraba hacia la luz.
—Me dijiste que no entrara —habló él, con voz baja, sin reproche.
—Te dije que no abrieras la puerta sin avisar —respondió ella, y la suavidad de su voz contrastaba con el latido acelerado en su cuello.
Él dio un paso hacia adentro. La puerta se cerró sola, con un susurro casi imperceptible. Se quitó la toalla, dejándola caer en el suelo con lentitud, como si cada gesto fuera una palabra elegida con cuidado. Elena no apartó la vista. Lo miró mientras se acercaba, mientras sus dedos rozaban el borde de la sábana, mientras levantaba la mirada hacia sus ojos una vez más.
—¿Estás segura? —preguntó.
Ella no respondió con palabras. En su lugar, inclinó la cabeza hacia un lado, dejando al descubierto la curva de su cuello, y apoyó una mano en su muslo. Él se sentó a su lado, con cuidado, como si temiera que el movimiento rompiera el hilo invisible que los unía. Entreabrió los labios para decir algo más, pero ella le puso una mano sobre la boca, con la palma tibia y firme.
—No digas nada —susurró—. Solo déjate ver.
Y así fue: él se dejó ver. Ella lo vio mientras él la miraba, mientras sus respiraciones se entrelazaban, mientras el sol se hundía detrás de las ventanas y la habitación se sumía en una penumbra cálida, donde la luz ya no era necesaria para ver. Porque en ese espacio, donde el silencio y el deseo se confundían, el acto de mirar —y dejarse mirar— era, en sí mismo, una declaración de intimidad.
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