La luz del tren en la ventana
7 minLa luz del tren en la ventana
Elena apoyó la frente contra el cristal frío del tren que avanzaba entre los valles de la sierra de Guanajuato. Afuera, el paisaje se deslizaba con lentitud: campos de agave, casas de teja rojiza y montañas que se doraban bajo el sol de mediodía. Llevaba dos horas en el tren regional, el último que aún circulaba por esa línea antes de que el nuevo servicio express sustituyera a todos los viejos vagones. Ella había elegido este con intención: quería sentir el vaivén de las ruedas, el chirrido de los frenos en las curvas, el olor a café recién hecho y a papel viejo que aún persistía en los asientos de tercera clase.
Llevaba una falda larga, de algodón color tierra, y una blusa blanca, abierta hasta el tercer botón. El aire acondicionado del tren bufaba con dificultad, y el sudor le pegaba ligeramente la tela al pecho. No le importaba. Estaba contenta de haber dejado atrás la ciudad, de haber dejado atrás la rutina de oficina, los correos electrónicos, las miradas que se desviaban cuando hablaba demasiado. Ese día, se había dicho: hoy no soy la que firma contratos. Hoy soy quien viaja sin destino fijo, solo con el boleto de ida y una promesa silenciosa: que dejaría que algo inesperado sucediera.
Se acomodó mejor en el asiento y echó un vistazo al compartimento. Poco gente. Una pareja mayor, abrazada como si la distancia entre estaciones fuera un acto de devoción. Un hombre mayor con un maletín de cuero y un libro de poesía abierta sobre las rodillas. Y, frente a ella, un hombre que había subido en León. Alto, de hombros anchos pero no gruesos, con una barba recortada que ocultaba la línea de la mandíbula pero dejaba ver los pómulos marcados. Llevaba una camisa de algodón gris, desabotonada hasta la mitad del pecho, y los mangos recogidos con una cinta elástica. Tenía las manos anchas, con venas visibles en el dorso, y los nudillos un poco enrojecidos, como si hubiera estado trabajando con las manos.
Elena lo había notado al entrar: la forma en que se detuvo en el pasillo, mirando los estantes superiores como si buscara algo, pero sin apuro. El modo en que sus ojos —de color castaño claro, casi ámbar— se encontraron con los suyos por un instante, y luego se apartaron, sin timidez, sin desafío, solo con una pausa que significaba algo sin decirlo. Como si ya hubieran compartido algo en otra vida y estuvieran recordando sin saberlo.
Ahora, él leía un libro con la tapa gastada, pero de vez en cuando, levantaba la vista, no hacia ella directamente, sino hacia el reflejo en el cristal. Ella no miraba directamente tampoco, pero sentía su presencia como una corriente suave, constante, como el movimiento del tren.
—¿Llega este tren a Celaya? —preguntó ella en voz baja, como si hablara sola, pero sabiendo que él escucharía.
Él cerró el libro, lo dejó sobre el asiento contiguo, y se volvió hacia ella.
—Sí. En una hora. Pero si quiere, puede bajarse en Salamanca. Es más bonito.
Elena sonrió. No era una pregunta, era una invitación disfrazada.
—¿Salamanca?
—Sí. El parque está lleno de árboles centenarios. Hay un café en la esquina que sirve chocolate caliente con canela y pan de muerto recién horneado. El mesero se llama Héctor y siempre pone una cucharada extra de chocolate en la taza si le miras a los ojos.
Ella asintió, como si ya lo conociera.
—Entonces, ¿por qué no bajamos?
Él dejó caer la mano sobre la rodilla, la dejó allí un momento, como midiendo su decisión. Luego se inclinó hacia adelante, con lentitud, y recogió su maletín. Se puso de pie.
—Porque no me he presentado.
—Llevo veinte minutos pensando que lo harías.
—Me llamo Rafael.
Elena extendió la mano.
—Elena.
Su mano fue cálida, firme. No la apretó, solo la sostuvo un segundo más de lo necesario, y en ese instante, ella sintió una descarga leve, como una chispa que salta entre dos cables sin aislamiento.
El tren se detuvo en Salamanca con un chirrido suave. Bajaron juntos por la puerta trasera, donde la sombra del edificio del station se extendía sobre el andén polvoriento. Rafael caminaba un paso detrás de ella, y Elena sentía su aliento en la nuca cuando el viento levantaba su cabello.
El parque era lo que él había descrito: árboles frondosos, bancas de madera, flores que se abrían al sol de la tarde. El café estaba exactamente donde él lo había dicho, con las ventanas empañadas por la humedad del chocolate. Entraaron, y el olor los envolvió: canela, café tostado, masa horneada.
El mesero les sonrió.
—¿Mesa de siempre, Rafael?
—Sí, Héctor. Pero hoy con dos tazas grandes.
Se sentaron en una mesa frente a la ventana, con vista al parque. Las hojas de los árboles se mecían con el viento, proyectando sombras temblorosas sobre la mesa de madera. Rafael se quitó la camisa y la dobló con cuidado, dejándola sobre la silla. Bajo ella, llevaba una playera oscura que se ajustaba al pecho, pero no con rigidez, sino con la suavidad de quien está cómodo en su cuerpo.
—¿Vienes a menudo? —preguntó Elena.
—No. Hoy fue casualidad. Estaba en León visitando a una amiga. No sabía que subiría en este tren.
—Entonces, ¿fue casualidad también lo del café?
Él la miró, y por primera vez, su mirada fue directa, sin disimulo.
—No. Lo de subir en este tren no fue casualidad. Te vi en el andén de León. Te miré y supe que quería sentarme frente a ti.
Elena no se ruborizó. No tenía razón para hacerlo. Se sintió ligera, como si algo dentro de ella hubiera dejado de pesar.
—¿Y ahora qué?
—Ahora —dijo él, se inclinó hacia ella, y con la punta del dedo trazó una línea suave en el dorso de su mano—, ahora podemos irnos a un hotel.
No fue una orden. Fue una propuesta. Una confesión simple, sin dramatismo. Elena sintió el calor del dedo de Rafael sobre su piel incluso después de que él retiró la mano.
—¿Un hotel?
—Sí. Hay uno cerca. No es grande, pero tiene vista al cerro. Y la cama es suave.
—¿Y si no quiero?
—Entonces tomamos otro café. O caminamos hasta el río. O me voy. Sin problemas. Sin vergüenza. Solo una elección más.
Elena miró el reloj en su muñeca. Eran las 4:17. El tren siguiente a Celaya saldría en dos horas. Dos horas para decidir.
—Vamos —dijo.
El hotel estaba en una calle estrecha, entre dos edificios de estilo porfiriano. La recepcionista no los miró cuando entraron. Simplemente les pasó una llave de bronce y señaló con un movimiento de barbilla hacia el pasillo del fondo.
La habitación era pequeña, pero limpia. Las paredes blancas, la cama de dos plazas con sábanas de algodón grueso, una ventana con marco de madera que daba al cerro. El sol entraba por el cristal y proyectaba una franja dorada sobre el suelo de loseta.
Rafael cerró la puerta, se giró lentamente, y se quitó la playera. Elena no apartó la vista. Lo observó mientras dejaba las sandalias juntas, como si se preparara para un ritual. Sus hombros estaban anchos, pero no musculosos. La piel morena, con una ligera bruma de sudor en el pecho. Tenía una cicatriz pequeña, casi invisible, sobre el ombligo.
—¿Te importa que me quite el resto?
Elena sacudió la cabeza.
Él se desabrochó el cinturón. No con apuro. Con deliberación. Y luego, con una mano, bajó la cremallera de su pantalón. No se quitó la ropa interior todavía. Solo dejó que la tela se deslizara por sus caderas, revelando una erección firme, perfecta, como si fuera parte del paisaje.
Elena se puso de pie. Se quitó las sandalias. Luego, lentamente, se desabrochó la blusa. La tela se abrió como una flor que se despliega al amanecer. Se la quitó y la dejó caer sobre la silla, al lado de la camisa de Rafael.
Él la tomó por la cintura. Sus manos eran anchas, cálidas, con una leve calla en la palma de la derecha. La atrajo hacia sí, sin forzar. Su pecho rozó el de él, y Elena sintió el latido de su corazón, rápido, constante, como el vaivén del tren.
—¿Tienes miedo? —preguntó él.
—No.
—¿Segura?
—Sí. Tú no tienes miedo.
Él sonrió, y por primera vez, su sonrisa fue amplia, verdadera.
—No.
Se besaron. No con urgencia.
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