La lluvia y el humo del tabaco
7 minLa lluvia y el humo del tabaco
Aquel jueves llovió como si el cielo se hubiera olvidado de cerrar la llave del agua. Yo estaba encerrado en el estudio, con las piernas cruzadas sobre la silla de madera vieja y el cuaderno abierto, pero no escribía. La taza de café ya no humeaba. Me gustaba que lloviera así: lento, constante, como si el tiempo se hubiera vuelto blando y se deslizara por las ventanas sin prisas.
Escuché las llaves en la puerta. Sonaban distintas: no eran las de mi hermana, ni las de mi madre. Eran suaves, pero con un leve crujido metálico, como si las hubieran usado mucho y se hubieran acostumbrado a una mano. Un clic. La puerta se abrió y ella entró, sin parar de llover encima, pero sin mojarse mucho: llevaba la gabardina bien puesta, los hombros leves, el pelo recogido en un nudo bajo, pero con algunas hebras sueltas que le pegaban a las sienes.
—¿Te importa si me quedo un rato? —dijo, y me sonrió con los ojos, no con la boca.
No dije nada. Simplemente me levanté y abrí la puerta del fondo, la que da al jardín. El viento entró con ella, arrastrando una hoja de plátano y el olor de tierra mojada. Ella se quitó la gabardina y la colgó en el perchero de hierro forjado. Debajo llevaba una blusa de algodón color crema, un poco holgada, con los botones hasta la tercera costilla. Nada llamativo. Pero cuando se inclinó a poner las llaves sobre la mesa, vi cómo le tensaba la tela alrededor de la cintura, y luego, al enderezarse, el leve movimiento de sus pechos —no grandes, pero bien redondos—, como dos naranjas maduras dentro de una manta suelta.
—¿Te importa si enciendo algo? —preguntó, ya sentada en el sofá, las piernas juntas, las manos entrelazadas sobre el muslo izquierdo.
—Claro que no. —Me acerqué a la cocina, saqué dos vasos de agua. El hielo chocó contra el cristal con un sonido frío.
Ella encendió un cigarro. No uno cualquiera: un Tabacos Tuxpan, los de papel marrón y filtro corto. Me gustaba cómo lo hacía: con una mano suelta, como si lo hubiera hecho mil veces, pero sin apuro. Puso el cigarro entre los labios, sacó la pava del bolsillo del pantalón (una pava de plata, de las chiquitas, con el grabado desgastado), encendió el mechero, acercó la llama con lentitud, y luego —antes de exhalar— me miró a los ojos. No una mirada de desafío, sino de confianza. De algo que ya sabía, pero que aún quería compartir.
—¿Quieres uno?
—No fumo.
—¿Nunca?
—Solo cuando la lluvia es tan fuerte que parece que el mundo se está deshaciendo.
Ella rio, pero sin sonido. Sólo un leve movimiento en los ojos, como si me hubiera contado algo importante sin decirlo.
—Entonces, hoy te toca fumar.
Me senté frente a ella, en la butaca de mimbre. Ella se recostó un poco, apoyando la cabeza en el respaldo, la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, el pie descalzo apoyado suavemente en el cojín del sofá. Tenía los dedos de los pies bien formados, sin uñas pintadas, pero limpios, con un leve brillo de humedad.
—¿Te acuerdas de cuando vivíamos en la colonia del Valle? —pregunté, tomando un trago de agua.
—Claro. En ese departamento chico, con el techo goteando cada que llovía como hoy.
—Y tú ibas a la escuela, y yo… —Me detuve. No necesitaba decirlo. Ella sabía. Habíamos estado juntos un año, sin que nadie más lo supiera. Hasta que ella se fue a estudiar a Guadalajara, y yo me quedé con mi madre, que no aprobaba que viviera solo con una chica. O mejor dicho: con un chico.
Ella exhaló un humo azulado que se elevó hacia el techo, donde formó un remolino lento, como un pequeño tornado de ceniza. Lo siguió con la mirada, y luego volvió a mirarme.
—¿Te acuerdas de cómo te gustaba tocarme el cuello con la punta de los dedos?
—Sí. Y de cómo te ponías tensa cuando lo hacía justo ahí, donde empieza la clavícula.
—Porque sabías que me gustaba —dijo, y esta vez sí sonrió, pero apenas, como si la sonrisa fuera un secreto que había guardado demasiado tiempo.
El silencio se llenó de gotas contra el cristal, del crujido del papel de cigarro mientras ella lo giraba entre los dedos, de la respiración lenta, medida.
—¿Todavía me recuerdas así? —preguntó.
—¿Así cómo?
—Como esa chica que se quedaba en la cama hasta las once, con el pelo deshecho y la cara de sueño.
—Sí. Y recuerdo cómo te ponías roja cuando te decía algo de lo que luego te arrepentías.
—¿Como lo de “me gusta más cuando vienes con ropa interior de algodón, no de seda”? —preguntó, y se llevó el cigarro a los labios otra vez, pero esta vez no lo encendió. Lo sostuvo entre los dedos, como si fuera un palillo.
—Sí. Eso. Y cómo cuando te lo decía, te arrodillabas en la cama, con las manos sobre las rodillas, y me mirabas como si quisieras chupármela la verga de un solo golpe.
Su pecho subió un poco más de lo normal. No una risa. No un suspiro. Algo entre los dos.
—A veces pienso que me cogiste más con la mirada que con las manos —dijo, y por primera vez, bajó los ojos. No por vergüenza. Porque le gustaba que la mirara.
—Tal vez. Pero lo que más recuerdo es cómo te sentabas aquí, en esta misma butaca, con mis zapatos puestos, y me pedías que te masajeara las nalgas después de caminar todo el día.
—Y tú lo hacías. Con las manos calientes, y sin apuro.
—Porque sabía que si me apuraba, te ibas a levantar y te ibas a ir.
—No. No me iba a ir.
—Sí. Pero no por falta de querer.
El reloj marcó las cinco. La lluvia bajó un poco. Ya no era un chorro continuo, sino gotas más espaciadas, como si el cielo estuviera tomando aliento.
Ella se levantó. No con prisa. Se estiró, como un gato que acaba de despertar, y se acercó a la ventana. Se inclinó un poco, apoyando las manos en el vidrio frío. La blusa se le subió un par de centímetros por la espalda, y vi la curva de sus riñones, la suave entrada de su cintura, y luego la salida redondeada de sus nalgas, que parecían dos frutas recién peladas, jugosas.
—¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos aquí? —preguntó, sin voltear.
—Sí.
—¿Por qué no me llamaste cuando regresaste?
—Porque pensaba que ya no te gustaría que lo hiciera.
—¿Y si te dijera que sí me gusta?
Me levanté. Me acerqué a ella. No la toqué. Me quedé a un palmo, con el calor de su espalda rozando mi pecho.
—Entonces —dije—, ¿por qué hoy me llamaste?
Ella se giró lentamente. No una vuelta brusca, sino como si el mundo girara a su alrededor, y ella fuera el centro.
—Porque hoy llovió como si el cielo no quisiera que nadie se moviera. Porque hoy me senté aquí, y recordé cómo me decías que mis ojos parecían el cielo después de la lluvia.
—Y tú me dijiste que no me creías.
—Porque no quería que lo dijeras si no lo sentías.
—Lo siento.
—No tienes por qué disculparte.
—Pero lo siento.
Me tomó la mano. La puso sobre su pecho. Senti el latido. No acelerado. Solo… ahí. vivo.
—¿Todavía te gusta que te la chupe? —preguntó, y esta vez sí me miró a los ojos, sin huir.
—Sí.
—¿Y si te digo que sí me gusta que me la chupes?
—Entonces… —dije, y le solté la mano. Le toqué la mejilla con la punta de los dedos.— Entonces te la chupo.
No fue rápido. No fue orgía. Fue un acto lento, como la lluvia que seguía cayendo afuera. Ella se sentó en la butaca, yo me arrodillé frente a ella. Me quitó los pantalones, no con urgencia, sino como quien se quita una capa de ropa vieja. Me puso la mano en la cabeza, y no me empujó. Solo sostuvo, como si me estuviera escuchando.
—¿Te acuerdas de cómo te decía que no te apuraras?
—Sí.
—Porque así lo hacías. Y yo me dejaba.
—Y tú me dejaste.
—Sí.
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