La lluvia en la ventana del sur

@diego_salas ·2 de junio de 2026 · ★ 4.9 (10) · 1790 lecturas

Habían pasado once años desde la última vez que vi sus manos. Once años desde que las sentí por última vez deslizándose por mi espalda como si leyera un mapa olvidado. Y ahora, sin más, apareció bajo la lluvia, con el cabello empapado pegado a las mejillas, y esa mirada que nunca supe si era tristeza o fuego. Estaba frente a mi puerta, con una mochila al hombro y el mismo abrigo gris que usaba en la universidad, como si el tiempo no hubiera pasado para ella, como si todo lo que vivimos hubiera estado suspendido, esperando a que uno de los dos abriera la puerta.

—¿Puedo pasar? —dijo, y su voz era igual, baja, apenas un poco más grave, como si la hubiera usado menos, como si hubiera guardado las palabras para este momento.

No respondí con palabras. Solo abrí más la puerta, y al hacerlo, la luz del pasillo cayó sobre su rostro, y vi que tenía una cicatriz pequeña junto al labio inferior, algo que no estaba antes. Quise preguntar, pero no lo hice. Sabía que en su momento lo diría, si quería. Cerré la puerta tras ella, y el sonido del cerrojo al encajarse resonó como un latido.

Se quitó el abrigo con cuidado, como si temiera romper algo. Estaba delgada, más que antes, pero con una presencia que ocupaba toda la habitación. Me miró, y sentí que me desnudaba con los ojos. No había reproche, ni nostalgia barata. Solo certeza.

—No he dejado de pensarte —dijo.

Y yo tampoco. Nunca. Ni un solo día. No por amor, no por añoranza cursi, sino porque ella era la única que había tocado mi cuerpo como si fuera suyo, como si tuviera derecho eterno sobre él. Y ahora, de vuelta, con el agua resbalando por su cuello, bajando entre sus pechos, bajo la camisa blanca que se pegaba a su piel, supe que iba a repetirlo. Que iba a permitirlo.

—Te ves igual —mentí.

Ella sonrió, apenas. —No mientas. Ambos sabemos que no es verdad.

Se acercó sin prisa. Yo no me moví. Cuando estuvo a un paso, levantó la mano y tocó mi mejilla. Su piel era más seca, pero igual de cálida. Cerré los ojos. Recordé su lengua en mi cuello, sus dientes en mi hombro, el modo en que gemía cuando la penetraba despacio, como si le estuviera entregando algo más que placer.

—¿Todavía vives solo? —preguntó.

—Sí.

—¿Y todavía tienes ese sillón viejo junto a la ventana?

—Sí. El mismo.

—Llévame allí —dijo.

No hubo más diálogo. La tomé de la mano, como si volviéramos a tener veintitrés años, como si todo el dolor, las decisiones equivocadas, los silencios, no hubieran existido. La senté en el sillón, frente al cristal empañado por la lluvia. Afuera, la ciudad brillaba en pedazos, borrosa. Adentro, solo el sonido de su respiración.

Me arrodillé frente a ella. Le desabroché los botones de la camisa uno a uno, sin prisa, con devoción. Ella no habló. Solo dejó que mis dedos recorrieran su piel, que volvieran a aprender lo que una vez conocieron. Sus pechos eran más pequeños, pero igual de sensibles. Los besé con cuidado, primero uno, luego el otro, mientras mis manos bajaban por su cintura, por sus caderas, hasta el borde de sus jeans.

Cuando los desabroché, me miró. —¿Todavía te excita esto? ¿Todavía te late así el corazón?

—Como si fuera la primera vez —dije, y era verdad.

Le quité los pantalones. Las bragas negras, el vello oscuro, húmedo. No esperé. Acerqué mi boca y la besé allí, lento, como si tuviera toda la vida. Ella arqueó la espalda, sus manos en mi cabello, y entonces, entre gemidos, dijo mi nombre. Solo eso. Mi nombre, como una oración.

Y fue suficiente.

Cuando me incorporé, me jaló hacia ella. Me quitó la camisa, me besó el pecho, el cuello, la boca. Nos desnudamos sin hablar, sin prisa. Y cuando entré en ella, lento, profundo, fue como si el tiempo se detuviera. Como si nunca nos hubiéramos separado.

La lluvia seguía cayendo. Pero dentro, solo estábamos nosotros. Dos cuerpos que se reconocen, que se reclaman, que se perdonan sin decir una palabra.

Y cuando terminamos, abrazados, sudorosos, en silencio, supe que no importaba el tiempo perdido. Ella era mía. Y yo, suyo. Y eso bastaba.

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