La lluvia en Acapulco
Nunca imaginé que volverías con el cielo cayendo a baldazos, Claudia. Aquí, en esta suite del Brisas del Mar, con el Pacífico rugiendo como si se hubiera vuelto loco de celos, ahí estabas tú, empapada, con el vestido pegado al cuerpo como una segunda piel, y esa mirada que me desarmó desde que teníamos diecisiete y nos cogíamos en el asiento trasero del Tsuru de tu hermano, escondidos en las lomas de Chilpancingo.
Había pasado casi una década desde la última vez que te vi. Diez años en los que me casé, tuve hijos, me hice hombre de rutinas, de corbata y reuniones de trabajo, mientras tú te convertiste en esa mujer de revista que aparece en los noticieros de espectáculos, con tu carrera de diseñadora de interiores, tus viajes, tu vida de lujo en la Condesa. Y ahora, sin avisar, con el aguacero de mayo azotando Acapulco, apareciste en mi puerta con una sola maleta y un “¿Puedo pasar?” que me dejó tieso el corazón.
—¿Y tu marido? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—En Nueva York. Negocios —dijiste, quitándote los tacones y dejando que el agua de tus calcetines mojara la alfombra—. Y yo… me aburrí. Me dio por venir a la playa. A ver si encontraba algo que no tengo.
Cerré la puerta con seguro. No por precaución, sino por instinto. Como si el mundo tuviera que quedarse afuera, como si la tormenta fuera un cómplice.
Tú te acercaste, lento, con esa cadera que siempre fue mi perdición. Llevabas el cabello mojado, largo, pegado a los hombros, y olías a sal y perfume caro. Me miraste con esa sonrisa torcida que usabas cuando íbamos a hacer algo que no debíamos.
—¿Todavía te late por mí, Diego?
No respondí con palabras. Respondí con las manos. Te tomé de la cintura, te pegué a mí, y te besé como si fuera la primera y la última vez. Tus labios sabían a vino tinto y a verdad. A lo que nunca debió irse.
Nos devoramos ahí, en medio de la habitación, sin tiempo para ceremonias. Me desabrochaste la camisa con prisa, como si temieras que alguien entrara, como si el tiempo nos persiguiera. Yo te bajé el vestido por los hombros, y se quedó atrapado en tus caderas, como una bandera blanca que nadie iba a izar.
Tus tetas… Dios, tus tetas. Siempre me volvieron loco. Grandes, firmes, con esos pezones oscuros que se paraban con solo mirarlos. Las tomé con ambas manos, las apreté, las besé, las mordí suave, y tú gemiste como antes, como cuando éramos jóvenes y nos escondíamos en la caseta del jardín de tu tía.
—Ay, cabrón… todavía sabes cómo hacerlo —dijiste, echando la cabeza atrás.
—Y tú todavía te pones así cuando te chingo con la boca —le respondí, bajándote el encaje de la tanga por las nalgas.
Ahí estaban, esas nalgas que tanto había soñado. Redondas, prietas, como dos mitades de luna. Te di una nalgada fuerte, y sonaste como un trueno. Gritaste, pero no de dolor, sino de placer. De esos que te suben por la espalda y te explotan en la panza.
Te jalé hacia la cama, y caíste boca abajo. Te subí la falda imaginaria, te abrí las piernas con las manos, y me puse entre ellas. Te besé el culo, primero suave, luego con lengua, lento, hundiéndome en ti como si fuera un manjar. Tú movías las caderas, me llamabas “cabrón”, “pendejo”, “mi amor”, y yo no quería otra cosa que seguir chupando, chupando hasta que te corrieras en mi cara.
Pero tú no querías eso. Tú querías más. Te paraste de la cama, me empujaste, y me bajaste el pantalón con furia.
—Quiero tu verga —dijiste—. La que tanto extrañé.
Y ahí estaba, tiesa, palpitando, con esa cabeza gruesa que siempre te encantó. La tomaste con la mano, la besaste, la chupaste como si fuera un caramelo que no quisieras terminar. Me gemiste en la verga, me miraste con esos ojos verdes que brillan cuando estás caliente, y dijiste:
—¿Me vas a coger como antes?
—Como antes y más —te respondí, tomándote de los hombros y volteándote.
Te puse a cuatro patas, te abrí las nalgas con las manos, y me metí de un solo empujón. Fuerte, hasta el fondo. Gritaste. El sonido se perdió entre el trueno y el mar.
—¡Sí, cabrón! ¡Así! —gritaste—. ¡Hasta que me duela!
Y empecé a darte. A coger como en los viejos tiempos. Fuerte, rudo, con ganas de desquitar años de ausencia. Tu culo se movía conmigo, tus tetas bailaban, y yo no podía dejar de mirarte, de ver cómo mis nalgadas te hacían temblar.
—¿Te gusta? —te pregunté, dándote otra nalgada.
—¡Sí, hijo de la chingada! ¡No pares!
Te cogí así un rato, hasta que sentí que ibas a correrse. Entonces te saqué la verga, te di vuelta, y te la metí de frente. Quería verte los ojos cuando te vinieras.
Tus piernas subieron por mis costados, tus uñas se clavaron en mi espalda, y empezaste a gemir sin control. Cerrabas los ojos, luego los abrías, como si no pudieras creer que esto estaba pasando.
—Diego… Diego… —repetías—. Esto no está bien… pero se siente tan chingón.
—No hablemos de eso —te dije—. Ahora solo existes tú y yo. El resto se puede ir a la verga.
Y seguí. Más rápido, más profundo. Hasta que sentí que te corrías. Tu cuerpo se tensó, tu respiración se quebró, y tus músculos se cerraron como un puño alrededor de mi verga. Gritaste mi nombre, y yo me corrí dentro de ti, sin protección, como si ya no importara nada.
Nos quedamos quietos, sudados, respirando como si hubiéramos corrido una carrera. Tú me acariciaste el rostro, y dijiste:
—Eres un pendejo. Un mentiroso. Dijiste que nunca me buscarías.
—Y tú dijiste que me odiabas —te respondí—. Y mira nada más cómo estamos.
Nos reímos. Un rato después, nos dimos una ducha juntos. Sin hablar. Solo el agua caliente, tus manos en mi espalda, mi boca en tu cuello. Salimos, nos acostamos desnudos, y te abracé por detrás, con tu culo pegado a mi vientre.
—¿Y ahora qué? —preguntaste.
—Ahora nada —dije—. Mañana te vas. Yo me quedo.
—¿Y esto?
—Esto fue lo que siempre debió ser —le dije—. Breve, intenso, sin promesas. Porque tú no eres mía, ni yo soy tuyo. Pero esta noche… esta noche fuimos de verdad.
No dijiste nada. Solo te acurrucaste más contra mí.
A la mañana siguiente, el sol salió limpio, como si la tormenta hubiera limpiado el cielo. Tú te levantaste temprano, te arreglaste, te pusiste un vestido blanco que te quedaba como una segunda piel. Me miraste desde la puerta.
—Gracias —dijiste.
—No me des gracias —te respondí—. Dime que volverás a Acapulco el próximo mayo.
Sonreíste. No dijiste sí. No dijiste no. Solo cerraste la puerta despacio.
Yo me quedé en la cama, viendo el techo, oliendo tu perfume en la almohada. Sabía que no volverías. O que sí volverías. Pero no importaba. Lo que pasó, pasó. Y valió cada segundo.
Porque hay amores que no necesitan futuro. Solo necesitan un aguacero, un cuarto con vista al mar, y el coraje de decir “hola” después de diez años.
Y yo, aunque esté casado, aunque tenga hijos, aunque mi vida sea ordenada y gris, sé que cada mayo, cuando empiece a llover en Acapulco, voy a mirar el mar, y voy a sonreír.
Porque en alguna parte, bajo esa lluvia, tú estarás pensando en mi verga, en cómo te llenó, en cómo te hizo gritar.
Y yo, como un pendejo fiel a lo prohibido, voy a desear que el cielo se nuble otra vez.
¿Te ha gustado? Valóralo