La lengua del diablo
6 minLa lengua del diablo
El aire en la habitación olía a sudor, cuero quemado y un toque amargo de licor barato. Camila estaba de rodillas sobre la alfombra desgastada, las manos atadas con una cinta negra de nailon detrás de la espalda, los codos flexionados hacia afuera, los hombros tironeados por la tensión. Sus muslos temblaban ligeramente, no por miedo, sino por la anticipación aguda que le subía por la columna vertebral como una corriente eléctrica. A sus pies, apoyado en el respaldo de una silla de cuero, estaba Joaquín. Sin camisa, la piel tersa y oscura marcada por cicatrices antiguas, el vello del pecho ralo pero denso en los costados, las costillas marcadas bajo la piel estirada. Tenía una vara de madera gruesa en la mano izquierda, la derecha colgaba floja, con el dedo índice apoyado en el labio superior, observando.
—No te muevas —dijo, voz ronca, baja, sin urgencia.
Camila asintió. Ya no hablaba. Había aprendido que las palabras sobraban cuando el cuerpo ya sabía la verdad.
Joaquín se acercó lentamente, los pasos pesados, el peso de su cuerpo arrastrando la silla con un chirrido metálico. Se detuvo frente a ella, entre sus hombros y la pared. La miró fijamente. Sus ojos eran grises, fríos, sin pestañas visibles bajo la luz tenue del techo. No parpadeaba. La miraba como si ya la hubiera desollado mil veces y aún le quedara piel por arrancar.
—Levanta la cabeza —ordenó.
Ella obedeció. El mentón le tembló, pero lo alzó con firmeza. Sus labios estaban entreabiertos, la respiración superficial. Su cabello rubio oscuro, sucio de polvo y gotas de sudor, le pegaba a las sienes. Tenía las mejillas rojas, los ojos húmedos, pero no por lágrimas. Por el esfuerzo de no gemir, de mantenerse quieta, de no mover un solo músculo que no fuera ordenado.
Joaquín se agachó. No se arrodilló. Se puso de cuclillas, con las rodillas separadas, el muslo derecho apoyado en el suelo, el izquierdo flexionado, el pie plano. Se inclinó hacia adelante, su entrepierna quedando a centímetros de su rostro. El pene, aún flácido, colgaba entre sus piernas, oscuro, grueso, la cabeza ancha y ligeramente hinchada, cubierta por un prepucio terso que apenas dejaba entrever el borde húmedo de la glándula.
—Sabes lo que quiero —dijo.
Ella asintió de nuevo. Sí. Sabía. Lo había estado esperando desde que él le había quitado la venda de los ojos esa mañana y le había dicho, sin más: *hoy te toca la boca*.
—Entonces no lo hagas esperar.
Joaquín no la empujó. No la obligó. Simplemente se inclinó más, empujando suavemente su mentón con el dorso de la mano, forzándola a abrir la boca. Ella lo hizo sin rechazo, la lengua pegada al paladar, los dientes separados. Él se frotó el prepucio contra sus labios, una vez, dos, con lentitud deliberate, como si puliera una piedra. Luego, con un movimiento brusco, tiró de su cabello, jalándola hacia arriba, y empujó la punta de su pene entre sus labios.
La boca de Camila se estrechó automáticamente, los músculos se contrajeron, los dientes se alinearon como si fueran a morder. Pero Joaquín no lo permitió. Con la vara, le golpeó suavemente la mandíbula inferior, dos veces, una pausa entre cada golpe, hasta que ella relajó los músculos, abrió más la boca, dejó que el prepucio se deslizara entre sus labios como una llave en una cerradura.
—Así es —murmuró, sin soltar su cabello.
Entonces, con una presión firme pero controlada, empujó. La cabeza del pene atravesó los labios, rozó los dientes superiores, se hundió en la boca húmeda. Camila no se asfixió. Respiraba por la nariz, con pequeñas aspiraciones rápidas, los ojos cerrados, la frente arrugada. Su lengua salió, temblorosa al principio, luego con más seguridad, rozando el prepucio, bajando por el glande, acariciando el surco ventral. Joaquín gimió, una vez, corto y áspero, como un gruñido contenido.
—Sí —dijo, voz más grave—. Toma más.
Ella abrió más la boca, la garganta se relajó, los músculos del cuello se estiraron, y él empujó hasta que el pubis le rozó la barbilla, hasta que su nariz se hundió en el vello púbico. Su lengua trabajaba con ritmo, no rápido, no lento, sino con precisión: arriba, abajo, girando, presionando contra el glande, luego deslizándose por el cuerpo del pene, ahora medio erecto, más grueso, más caliente. Joaquín soltó su cabello. Se levantó con lentitud, sin apartar la vista de ella, de su rostro hundido entre sus piernas, de sus labios rojos, brillantes, tensos alrededor de su miembro.
—No te detengas —dijo.
Ella no lo hacía. Su lengua ahora subía y bajaba con fuerza, chupando suavemente el prepucio, luego soltándolo para absorber el glande con la boca entera, creando un vacío suave, un sellado perfecto. Los sonidos que salían de su garganta eran apenas audibles: un *glup*, un *huh*, un susurro húmedo. Joaquín se apoyó en la pared, los brazos abiertos, la cabeza inclinada hacia atrás, los ojos cerrados. Su respiración se aceleraba, los dedos se cerraban y abrían contra el muro, las uñas rasparan la pared de yeso.
—Mierda —murmuró—. Tú sabes lo que me gusta.
Camila no respondió. No podía. Pero cambió el ritmo. Ahora, con el pene fuera de su boca, lo sujetó con ambas manos —las muñecas libres por un instante, la cinta se aflojó— y empezó a frotarlo contra su pecho, contra su labio inferior, contra su lengua. Luego, con un movimiento fluido, se lo volvió a meter, esta vez hasta la raíz, la punta rozando su epíglotis. Ella tosió, una tos seca, rápida, pero no se retiró. Sostuvo el impulso, la presión, la sensación de asfixia leve, de plenitud.
Joaquín la miró fijamente. Sus ojos se habían oscurecido. Ya no eran grises. Eran negros, profundos, sin fondo. Le agarró la nuca, no con fuerza, pero con firmeza, y la empujó hacia adelante, una y otra vez. Ella no resistía. Se dejaba llevar, su garganta se relajaba, su cuerpo se curvaba, sus hombros bajaban, sus caderas se separaban del suelo, como si ella también estuviera siendo penetrada. Su lengua ahora trabajaba contra la base del pene, contra el escroto, rozando sus testículos con la punta, masajeándolos suavemente mientras él la empujaba hacia abajo.
—Sí —dijo, voz rota—. Toma todo. Tómalo todo.
Camila cerró los ojos. Respiró por la nariz. Abrió la boca. Y él se lo metió de nuevo, con fuerza. Esta vez no tosió. Aguantó. Sintió el calor, el olor salado del cuerpo de él, el sabor agrio de su semen. Sintió el temblor en sus muslos, la rigidez en sus brazos. Sintió cómo su cuerpo respondía, cómo sus pezones se endurecían contra el suelo, cómo su vagina se humedecía, sin que nadie la tocara, sin que nadie la mirara, solo con el sonido de su propia respiración y el de él, jadeante, agitado, cada vez más cerca.
Joaquín se detuvo. Se retiró lentamente, el pene saliendo de su boca con un sonido húmedo, deslizante. La miró. Su rostro estaba mojado: saliva, sudor, lágrimas contenidas. Sus labios estaban hinchados, brillantes, entreabiertos. Ella lo miró de vuelta, sin vergüenza, con los ojos entrecerrados, esperando.
—No me lames —dijo, voz dura—. No hoy.
Ella asintió.
Joaquín se puso de pie. Se sacudió los pantalones, se ajustó la bragueta. Se acercó a ella, la desató con un movimiento rápido, sin mirarla. Le quitó la venda de los ojos, la cinta de los muñecas. Le pasó la punta del dedo por la comisura de la boca, limpiando el exceso de saliva, el rastro de su cuerpo.
—Levántate —ordenó.
Ella se puso de pie. Temblaba. No por frío, sino por la descarga que le recorría el cuerpo, la descarga de haber entregado algo, de haber cumplido, de
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