La instructora de yoga
El aire del estudio olía a eucalipto y sudor suave, ese aroma denso de cuerpos maduros en movimiento, piel que ya no es tersa pero que aún arde. Raúl, de cincuenta y ocho años, camiseta pegada al pecho velludo, terminó la clase con la respiración entrecortada. Se incorporó lentamente del suelo, los muslos tensos, las rodillas crujientes. Ella, Valeria, estaba de pie junto al reloj de arena, recogiendo su esterilla con movimientos precisos. Treinta y nueve años, cintura estrecha, senos firmes bajo la tela negra, cabello castaño atado en un moño deshecho.
—Buen trabajo, Raúl —dijo sin mirarlo, mientras enrollaba la esterilla.
Él asintió, la voz atrapada en la garganta. Llevaba seis semanas yendo a esa clase todas las tardes. No por el yoga, sino por ella. Por cómo se mordía el labio al doblarse hacia adelante, por cómo sus nalgas redondas se tensaban en la postura del perro boca abajo. Por cómo, cada vez que él la miraba, ella fingía no darse cuenta.
Hoy no había nadie más. Clase privada. O eso le había dicho ella por mensaje: *Última sesión, horario libre. Trae ropa cómoda*.
—Ya todos se fueron —dijo Raúl, pasándose una toalla por el cuello.
Valeria se acercó, descalza, el suelo frío bajo sus pies. Llevaba un pantalón deportivo ajustado, sin ropa interior. Lo sabía porque, en la postura del triángulo, la tela se le había separado entre las nalgas, dejando ver el surco húmedo del sexo.
—Te vi mirando —dijo ella, tranquila, los ojos fijos en los de él.
Raúl no negó. Solo tragó saliva.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó, ronco.
Ella sonrió. Dio un paso. Puso una mano en su pecho, bajó lentamente. Sentía el vello grueso, el sudor, el calor.
—Quiero que no te contengas más —dijo.
Le desabrochó el pantalón con dos dedos, sin ceremonia. La bragueta cedió. El pene de Raúl, grueso, venoso, con la piel oscura y el glande hinchado, saltó libre. Ella lo tomó con la palma abierta, lo acarició desde la base hasta la punta, una, dos veces.
—Maduro, pero bien armado —susurró.
Raúl gimió. Le puso las manos en las caderas, la atrajo. Ella se dejó, abrió las piernas. Sintió el pene contra su sexo.
—No aquí —dijo—. Arriba.
Subieron las escaleras al departamento de arriba, el estudio privado. Una cama baja, iluminada por velas. Valeria se desvistió con calma. Camiseta al suelo, sostén negro desabrochado. Los senos, firmes, con pezones oscuros y duros. Luego el pantalón, lento, hasta quedar desnuda. El vello del pubis recortado en línea fina, el monte de Venus hinchado, brillante de humedad.
Raúl se quitó todo. Su cuerpo era el de un hombre de su edad: panza suave, pecho velludo, piernas fuertes. Pero su pene, erguido, palpitante, no mentía.
—Ven —dijo ella, acostándose boca arriba, piernas abiertas.
Él se arrodilló entre sus muslos. Le separó los labios con los dedos. La carne hinchada, rosada, chorreaba. Lamió, profundo, desde el ano hasta el clítoris. Ella gritó.
—Sí, así, como un hombre —jadeó.
Él no paró. Lamía, chupaba, mordía suavemente el capullo hinchado. Le metió dos dedos, los movió en círculos, los sacó, los volvió a meter. Ella se retorcía, las tetas saltando, la boca abierta.
—Ahora —gritó—. Entra.
Raúl se alzó, tomó su pene, lo puso en la entrada. Empujó.
La vagina se abrió, caliente, húmeda, apretada. Entró entero, de una estocada. Ella gritó, clavó las uñas en su espalda.
—Dale, cabrón, dale —gemía.
Él empezó a moverse. Lento al principio, luego fuerte, profundo. Cada embestida hacía sonar el lecho, sus cuerpos sudorosos chocando. Ella le mordía el cuello, le jalaba el pelo, le decía obscenidades al oído: *más duro, no pares, córreme dentro*.
Raúl sentía el orgasmo subir, lento, como un río creciendo. Pero no quería acabar rápido. Se retiró, la giró, la puso a cuatro patas. Le separó las nalgas, le lamió el ano. Luego, sin aviso, entró por detrás.
Ella chilló, el cuerpo arqueado, las manos en la almohada.
—Sí, por el culo, sí —gritó.
Él entraba y salía, el pene lubricado por el sexo, por el sudor, por el deseo. Le agarró los senos, los apretó, siguió follando, más fuerte, más rápido.
Cuando Valeria se corrió, fue con un grito agudo, el cuerpo temblando, la vagina chorreando. Raúl no aguantó más. Se corrió dentro, de tres embestidas profundas, el semen caliente llenándola.
Cayó encima de ella, jadeando.
Nadie habló. Solo el sonido de la respiración, el olor a sexo, el sudor, la piel un
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