La humedad del trigo

La humedad del trigo

@andres_rio ·11 de junio de 2026 · 🔥 3.8 (39) · 67 lecturas · 4 min de lectura

Llueve desde las tres de la madrugada. Yo sigo despierto en el sofá, con la tela húmeda debajo de los muslos y el aroma a tierra mojada entrando por la ventana entreabierta. Ella aparece en la puerta del fondo, envuelta en una bata de algodón que apenas llega a los muslos, el pelo suelto, still goteando con el agua de la lluvia. No dice nada. Solo se sienta a mi lado, deja caer la bata al suelo, y se apoya contra mi hombro. Su piel huele a lavanda y a sudor fresco, a piel que ha estado bajo el sol y el agua al mismo tiempo.

—¿Te importa si me quedo así? —pregunta, y su voz no suena como una petición, sino como una confirmación.

No respondo. En vez de eso, pongo mi mano derecha sobre su muslo, con la palma plana y los dedos extendidos, sintiendo la suavidad del vello húmedo, la textura de la piel hinchada por el calor. Ella exhala, lento, como si soltara un peso. Entonces, con la otra mano, agarro su nuca, tiro suavemente hacia atrás, y beso su cuello, justo donde late el pulso. Me responde con un gemido ahogado, una vibración que sube desde su pecho hasta mi labio inferior.

Me levanto, la tomo de la mano, y la guío hacia el cuarto. No enciendo la luz. La cama está deshecha, las sábanas revueltas como si ya hubiera estado ahí, esperándonos. Ella se tumba de lado, las rodillas ligeramente flexionadas, las manos detrás de la nuca, los pechos alzados, los pezones erectos y oscuros como semillas de frambuesa. Le miro el ombligo, luego bajo, hacia el vello rizado que cubre su vulva, ya húmeda, brillante a la luz tenue del alumbrado de la calle.

—¿Quieres verla? —pregunta.

Asiento. Me arrodillo frente a ella, separo sus muslos con las manos, y me inclino. Su olor es intenso: tierra, sal, y algo dulce, como miel fermentada. Le separo los labios con el pulgar y el índice, descubriendo el capullo de su clítoris, hinchado y liso, cubierto por su hood natural. Lo toco con la punta de la lengua, una sola vez. Ella se arquea, un grito corto, ahogado en la almohada.

—Sí —dice, y esta vez no es una pregunta.

Meto los dedos, uno primero, luego otro, lentamente, sintiendo cómo se abre, cómo se humedece más, cómo se contrae alrededor de mi mano. Me miro sus pechos mientras lo hago: los pezones más duros, las areolas más oscuras. Ella empieza a mover las caderas, con pequeños embestimientos, como si quisiera que le metiera más, pero yo sé que no quiere prisa. Así que la miro a los ojos mientras la follo con mis dedos, lento, con la muñeca rígida, la punta de los dedos curvada hacia arriba, buscando el punto blando justo debajo del hueso púbico.

—No pare —dice—. No pare hasta que me corra.

Y así lo hago. Hasta que siento cómo su cuerpo se tensa, sus musculos se aprietan, su espalda se arquea como un arco, y su vagina se contrae alrededor de mis dedos, espasmos cortos y profundos. Un gemido largo, gutural, que parece salir de lo más hondo, como si su alma saliera por la boca. Se le sellan los párpados, su pecho sube y baja rápido, y el clítoris se encoge, como un puño apretado.

Cuando vuelve en sí, me mira con los ojos entreabiertos, la respiración aún entrecortada. Me toma la mano, la lleva a su boca, y lamé mis propios dedos, uno por uno, saboreando su sabor, salado, ácido, dulce. Ella se ríe, baja la voz, casi un susurro:

—Ahora quiero que me lo metas.

Me levanto, desabrocho el pantalón, saco mi pene. Está duro, grueso, la punta húmeda de presemen. Me coloco entre sus piernas, abiertas, esperándome. Le toco el clítoris con la cabeza del pene, frotando suavemente, hasta que se humedece con mi propia humedad. Entonces, con un solo movimiento lento, bajo, y la follo.

Se abre por completo, me acoge, me engulle. Me muevo con calma, sacando casi hasta la raíz, metiendo todo su grosor hasta el fondo. Cada ida y vuelta es un ruido húmedo, profundo, como cuando se abre una puerta de madera vieja. Ella me agarra de los hombros, me tira hacia ella, y me besa, con la lengua, con los dientes, con la boca abierta. Yo la follo más fuerte, más rápido, y ella responde con embestidas de cadera, chocando contra mí, haciendo que mis testículos se peguen a su perineo.

—Sí —dice, y me muerde el hombro—. Sí, así.

La folla hasta que siento su vagina tensarse de nuevo, apretando mi pene con fuerza, como una mano cerrada. Ella se corre otra vez, esta vez con un grito que rompe el silencio de la lluvia, y yo me dejo llevar, empujo hasta el fondo, y me corrio dentro de ella, con una sacudida profunda, sintiendo el calor de su cuerpo absorbiendo mi semen, cada eyección una descarga eléctrica que me sube por la columna.

Me derrumbo sobre ella, sudado, jadeante, con sus pechos aplastados contra mi pecho. Afuera, la lluvia sigue cayendo. Ella me acaricia la espalda, despacio, como si me est

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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.

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