La habitación del quinto piso
7 minLa habitación del quinto piso
Yo no planeé nada. Solo subí al quinto piso del Hotel del Norte con la llave magnética que el recepcionista me entregó con una sonrisa neutra y una mirada rápida que no decía nada pero lo dejaba todo entreabierto. La habitación 507 tenía vista al mar, pero yo no iba a ver el océano. Iba a mirar —y ser mirada— por la ventana.
Llevaba una hora sentada en la cama, con los muslos abiertos a un ángulo de treinta grados, los pies descalzos sobre el suelo frío de mármol, los calcetines de algodón descartados en el suelo como hojas secas. Me había vestido con un vestido negro ceñido hasta las caderas, de manga larga y cuello alto, que subí hasta la cintura apenas cerré la puerta. Debajo, solo un suspensorio negro con tirantes finos y una tira central de gasa que dejaba al descubierto la vulva, sin nada debajo. El pelo lo había recogido en un moño suelto, con algunas hebras sueltas que se pegaban al sudor de mis axilas.
La habitación tenía dos camas gemelas, dos mesitas, un baño de mármol y esa ventana gigante que ocupaba media pared. Detrás de ella, el edificio de enfrente —más bajo, más viejo—, y en su quinto piso también, la habitación 507 del otro lado. Yo la conocía. O más bien, conocía a quien la habitaba.
Se llamaba Mateo. Un hombre de treinta y tantos años, periodista freelance, con barba de tres días y manos grandes. Lo había visto varias veces en el ascensor, en el comedor, incluso una vez en la piscina, siempre con esa mirada que no miraba de verdad, solo rozaba. Ayer, en el bar del hotel, mientras me servía un gin tonic con hielo derretido, él se acercó a la barra, pidió lo mismo, y dijo, sin mirarme: —¿También estás esperando que algo suceda? Yo no respondí. Solo levanté mi vaso, lo choqué contra el suyo, y le dije: —Ojalá.
Fue suficiente. Hoy, al cruzar la calle, vi cómo él abría la puerta de su habitación, se quitaba la camisa, dejaba los pantalones sobre la silla del balcón y se sentaba en una silla frente a su ventana, con las piernas separadas, las manos en los muslos, los codos hacia afuera. No llevaba ropa interior. Lo vi exhalar lento, como quien se prepara para algo grande. Y entonces, como si sintiera mi presencia, alzó la mirada. Directo a mí.
Yo ya estaba en mi sitio.
Me levanté de la cama. Caminé despacio hacia la ventana, con las uñas de los pies hundiéndose en el mármol. Me detuve a un metro, sin tocar el cristal, y bajé lentamente las manos. Me desabroché el vestido por detrás, sin mirarme al espejo, sin pausa. El tejido se deslizó por mis hombros, bajó por mis brazos, se encerró en mis caderas y cayó al suelo en un círculo perfecto. Quedé de pie, sola, con el suspensorio negro, los pechos altos y firmes, los pezones ya duros bajo la luz tenue del cuarto.
Mateo no apartó la vista.
Me acerqué al cristal. Puse una mano plana contra él, los dedos abiertos, como si pudiera tocarlo a través del vidrio. El otro lado era el mismo color de piel que yo: bronceado, con pecas en los hombros, una cicatriz en el codo de un corte viejo, la vena azulada en la muñeca palpable. Él me miraba fijo, los ojos oscuros, la boca entreabierta. No sonreía. Solo observaba.
Me agaché lentamente, con las rodillas flexionadas, la columna recta, las manos apoyadas en las caderas. El suspensorio subió un poco, dejando al descubierto la entrada de mi vagina, ya húmeda, los labios mayores ligeramente abiertos, los más pequeños rojos y hinchados, como si me hubiera estado tocando toda la tarde. Yo me toqué. Me pasé el índice por encima, desde el clítoris —que ya palpitaba como un corazón pequeño— hasta la entrada, con cuidado, sin forzar, solo explorando.
—¿Te tocas así cada noche? —preguntó él, por fin.
Su voz llegó clara, aunque no sabía cómo. Tal vez la ventana estaba abierta. Tal vez el viento lo llevó. Tal vez lo escuché porque yo también lo estaba deseando.
—No —respondí, sin dejar de mover el dedo, apenas un roce—. Solo cuando sé que me están mirando.
Él se puso de pie. Lentamente. Se llevó las manos a la entrepierna. Se desabrochó el pantalón. Lo bajó con calma, sin soltar la mirada. Sus calzoncillos eran grises, de algodón, y ya tenían una mancha oscura en la entrepierna. Me los quitó con una mano, dejando al descubierto su pene, colgando pesado, grueso, la punta ya brillante de presemilla, el glande hinchado y oscuro.
—¿Lo ves? —dijo, con voz ronca.
—Sí —respondí, sin desviar la mirada—. Es hermoso.
Me acerqué más al cristal. Puse la palma de la mano contra su reflejo. Él hizo lo mismo. Las yemas de nuestros dedos se tocaron a través del vidrio. Yo sentí el calor de su piel, aunque sabía que era una ilusión.
—¿Quieres que te toque? —preguntó.
—Sí —dije—. Con la mano. Con la lengua. Con todo. Pero aquí. En esta habitación. Mirándote.
Él se sentó en la silla frente a la ventana. Se cruzó de piernas. Se puso una mano detrás de la nuca, como si estuviera cómodo, como si no estuviera a punto de correrse. Pero yo sabía que no. Yo sabía que eso era solo el principio.
Me arrodillé frente a mi ventana. Colocué las rodillas sobre el mármol, frío y liso. Separé los labios de mi vagina con ambas manos, como si le mostrara un regalo. Me incliné hacia adelante, el pecho contra las piernas, la cabeza apoyada en mis antebrazos. La vulva quedó expuesta, brillante de humedad, el clítoris erecto, casi oculto bajo su capuchón.
—Mira —le dije—. Mira cómo me gusta que me mires.
Él se puso en cuclillas frente a su pene, lo agarró con la mano derecha, y comenzó a acariciarse desde la base hasta la punta, con una presión firme, lenta. Cada tirón hacía que sus testículos se elevasen, cada deslizamiento hacía que el glande rozara su propio prepucio, abriéndose y cerrándose como un pétalo vivo.
—Estoy tan dura —murmuré, con la voz ahogada por la posición—. Tantos días sin hacer esto. Tanta ganas de que alguien me mire.
Él no respondió. Solo continuó moviendo la mano, con más velocidad ahora, con más fuerza. Su respiración era entrecortada. Las venas de su pene se marcaban, azules, como raíces bajo la tierra.
—¿Quieres verme correrme? —preguntó.
—Sí —dije, sin dejar de separar mis labios—. Quiero ver cómo se abre tu uretra. Quiero ver cómo sale. Quiero sentirlo aunque esté lejos.
Él soltó un gruñido bajo. La mano se movió más rápido. La base del pene se tensó. Los músculos del estómago se contrajeron. Y entonces, sin previo aviso, arqueó la espalda, los ojos cerrados, la boca abierta en un silencio que yo llené con mis propios jadeos.
Su semen salió en tres chorros espesos, blancos, brillantes, que se estamparon contra su abdomen, contra su pecho, contra la silla. Él se sacudió una, dos, tres veces, como si alguien lo estuviera golpeando suavemente por dentro.
Yo no me moví. Seguí viendo. Seguí sintiendo.
Y cuando él volvió a respirar, cuando bajó la mano, cuando miró otra vez hacia mí, yo me levanté con lentitud. Me acerqué a la cama, tomé una servilleta de papel del bolso (que siempre llevo, por si acaso), la mojé con agua del baño y me limpié. Luego, me senté en la cama, con las piernas separadas, los pechos altos, el pezón rígido y oscuro, y le sonreí.
—Gracias —dije—. Ahora me voy.
—¿Nos veremos mañana? —preguntó.
—Depende —respondí, mientras me ponía el vestido—. Si tú vuelves a la habitación 507.
Él asintió.
—Volveré.
Yo me di la vuelta. Salí de la habitación sin mirar atrás. El ascensor bajó lento. Y mientras descendía, sentí el rastro de su mirada en mi espalda, el eco de su pene en mi vagina imaginaria, el sabor salado de su semen en mi lengua.
No era amor.
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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.