La habitación 307 del Camino Real

La habitación 307 del Camino Real

@la_viajera ·17 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (8) · 10 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba con insistencia las ventanas del Camino Real Inn, ese hotel de paso en la carretera a Puebla que olía a limpieza industrial y café barato. Daniela se quitó la chaqueta mojada y la colgó con cuidado en el perchero de madera, bajo la luz tenue del pasillo. Tenía el pelo castaño oscuro empapado, pegado a las orejas y el cuello, y las puntas de sus dedos le temblaban ligeramente —no solo por el frío. Había salido de Guadalajara con una maleta pequeña, un cuaderno en la mochila y la promesa de que, esta vez, no volvería a escribir sobre hombres que no la miraban.

La habitación 307 era sencilla: cama doble, una mesita con una lámpara de pantalla verde, un televisor antiguo y, sobre todo, una puerta que daba a una terracita cerrada con vidrio, donde se veía la ciudad iluminada bajo el aguacero. Se sentó en la orilla de la cama, se quitó los zapatos y estiró las piernas. La pantalla del celular se iluminó: 20:14. Apenas empezaba la noche.

No esperaba a nadie. Pero cuando敲敲敲 llamaron a la puerta a los veinte minutos, supo que algo iba a cambiar.

—¿Sí? —preguntó, con voz apenas firme.

—Disculpe, soy el nuevo recepcionista —dijo una voz grave desde el otro lado—. Creo que le dejaron una botella de tequila en la habitación de al lado por error.

Ella abrió la puerta con una sonrisa educada que se desvaneció en cuanto lo vio. Alto, de cabello negro corto, barba bien recortada, camisa blanca abierta hasta el pecho, los brazos musculosos y las manos grandes. Tenía los ojos oscuros, profundos, y una leve cicatriz en la ceja derecha que le daba un toque de peligro dulce.

—¿Tequila? —repitió ella, intentando sonar más segura de lo que se sentía.

—Sí. Y si no le importa, me llamo Adrián. Yo no lo dejé, pero me ofrecí a traérselo.

Ella lo dejó entrar, sin pensarlo mucho. El olor a lluvia y a jabón de sándalo que traía consigo la precedió. Él se quitó la chaqueta y la colocó sobre la cama, dejando ver una playera negra ajustada que marcaba los músculos del pecho y los hombros. Daniela se mordió el labio inferior sin querer.

—Gracias —dijo, tomando la botella. Estaba fría. —¿Y por qué te ofreces tan generoso?

—Porque no me dejaron otra opción —sonrió, y ese gesto le dio a Daniela un escalofrío en la nuca—. Me despidieron ayer de la cafetería del aeropuerto. Me dijeron que era “demasiado intenso”. Me pareció raro, pero aquí estoy.

Ella rió, suavemente, y se apartó una mecha húmeda del rostro. Adrián se acercó un poco más. No la tocó, pero el calor que emanaba de su cuerpo la alcanzó.

—¿Te importa si me quito la camisa? —preguntó, con un tono que no era una pregunta, sino un aviso—. Me sudó todo el cuerpo subiendo las escaleras.

—No me importa —dijo ella, y lo dijo sin timidez, como si ya hubiera estado allí antes.

Él se desabotonó lentamente, cada botón como un pequeño acto de confianza. Cuando se la quitó, Daniela sintió el aire del cuarto moverse alrededor de su pecho, y el leve latido de su corazón se le hizo audible. Tenía marcas en los costados, cicatrices antiguas, y un tatuaje pequeño en el antebrazo: una mariposa con alas rotas.

—¿Y tú? —preguntó Adrián, señalando su cuaderno—. ¿Qué escribes?

—Relatos. Cosas de viajes. De encuentros que no duran nada.

—¿Nada?

—Nada. O casi.

Adrián se acercó entonces, y por fin la tocó. Con la yema de los dedos, trazó el borde de su mandíbula, bajó por el cuello, deteniéndose donde su pulsera de plata descansaba. Ella inspiró hondo. Sus pechos se movieron ligeramente bajo la blusa blanca que llevaba puesta.

—¿Y si este encuentro durara un poco más? —susurró él.

Ella no respondió con palabras. Se inclinó hacia adelante y besó su cuello, justo donde latía más fuerte. Él jadeó, leve, y sus manos subieron hasta su cintura, apretándola contra sí. Daniela sintió la dureza de su verga a través de los dos pantalones, y se le hizo agua la boca.

Se separaron un instante para mirarse. Él le sonrió, esta vez sin malicia, solo con una calma que la hizo sentir segura.

—¿Te gusta? —le preguntó, pasándole una mano por la nuca.

—Mucho —confesó.

Él la tomó de la mano y la guió hasta la cama. Se sentaron juntos, lado a lado, sin apuro. Él le quitó los zapatos, luego los calcetines, y le masajeó lentamente las plantas de los pies. Daniela cerró los ojos. Le gustaba que la tocara como si supiera cuánto necesitaba eso.

—¿Me dejas quitarte la blusa? —susurró.

Ella asintió.

Con calma, él le desabotonó la blusa por delante, y la apartó con cuidado, dejando al descubierto el sostén de encaje negro que no llevaba ala, solo copas suaves que le abrazaban los pechos. Adrián bajó la cabeza y lamió su pezón a través de la tela. Ella gimió, bajito, sin vergüenza.

—Aúpa —dijo él—, ya te veo.

La giró sobre sus rodillas, la sentó frente a él, y le quitó el sostén con un movimiento suave. Sus pechos salieron a la luz, redondos, firmes, con pezones oscuros y hinchados por la期待. Él los tomó en sus manos, los apretó con delicadeza, y pasó la lengua por uno, luego por el otro, como si les estuviera contando una historia antigua.

Daniela le desabotonó el pantalón, bajó la cremallera, y sacó su verga. Estaba dura, gruesa, con la punta húmeda y brillante. La tocó con la palma, sintiendo el calor, el latido. Él soltó un gruñido, bajito, y la miró con los ojos medio cerrados.

—Tú manda —le dijo—. Esta noche eres tú quien decide.

Ella se levantó, se deshizo de los pantalones y la ropa interior, y se puso de pie frente a él. Se inclinó, lo tomó con ambas manos y lo llevó a su boca. Lo lamío lento, desde la base hasta la punta, sintiendo cómo se le ponía más grueso, más sensible. Él le metió los dedos en el pelo, no con fuerza, pero con urgencia.

—¿Quieres que te meta la verga? —preguntó él, con la voz rota.

—Sí —respondió ella, sin titubear—. Pero con lento, ¿ok?

Él asintió, se levantó, y la tomó de la cintura. La acostó sobre la cama, le abrió las piernas con las rodillas, y se colocó entre ellas. Se untó un poco de saliva en la punta y rozó su clítoris, haciendo que ella arqueara la espalda.

—Estás mojada —dijo él, y Daniela sintió que sus nalgas se apretaban.

—Chingada —murmuró ella, sonriendo—. Y tú también.

Él entró en ella con lentitud, dejando que su cuerpo se acostumbrara al grosor, a la calidez. Daniela gimió, apretando las uñas en sus brazos. Cuando estuvo toda adentro, se quedaron quietos. Él besó su cuello, su oreja, su frente, mientras ella lo sentía latir dentro de ella.

—Eres hermosa —le dijo.

—Eres el primer hombre que me dice eso en un año —respondió ella, con la voz un poco quebrada.

Él empezó a moverse. Lentamente, con profundidad, con cuidado. Cada embestida era un latigazo de placer que subía por su columna y le derritió los huesos. Ella le agarró las nalgas, tirando de él, pidiéndole más. Él entendió. Aumentó el ritmo, pero sin perder el control, sin apresurarse. Sus cuerpos se unieron como si ya hubieran estado juntos mil veces.

—Voy a llegar —dijo él, jadeando.

—Yo también —respondió ella—. Chinga me fuerte.

Él le tomó el rostro, la miró a los ojos, y la penetró con más fuerza. Daniela gritó su nombre. Él la cogió con las dos manos, la levantó un poco, y se metió hasta lo más profundo. Ella sintió el calor, el peso, la urgencia de su cuerpo. El orgasmo le llegó como un tren que no se podía detener: le temblaron los pies, le arqueó la espalda, y sus pechos saltaron con cada sacudida.

Adrián la siguió segundos después, con

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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.

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