La geometría del tacto
6 minLa geometría del tacto
Te escribo desde la mesa de mi estudio, a las 2:17 de la madrugada, con la luz del escritorio sola y el eco de tu cuerpo aún vivo en mis manos. No es nostalgia lo que siento, no. Es memoria física. El recuerdo no es mental: es táctil, es olfativo, es sabor a sal y a miel en la lengua. Es el calor que queda cuando el cuerpo ya no está.
Te encontré en el museo, frente a esa escultura de Rodin: *El beso*, pero ni siquiera era eso. Te vi de espaldas, con la camisa blanca abierta hasta el ombligo, los hombros descansando contra el borde de un banco de mármol, las piernas ligeramente separadas como si acabaras de sentarte, aunque no lo hubieras hecho. Tu espalda era una carta escrita en latín antiguo: curvas que no querían revelarse del todo, pero sí, sí, sí, que sí querían ser leídas. Me acerqué. No con intención. Con curiosidad. Con hambre silenciosa.
—¿Le gustan las esculturas de piel desnuda? —preguntaste sin voltear, como si ya supieras que estaba allí.
—No. Me gusta más la piel vestida de sudor —respondí, y tú te giraste, lento, como si el mundo se hubiera detenido para que tú pudieras verme sin prisa.
No era bello. Eso es lo que dijeron las fotos que me mandaste después, cuando ya habíamos estado tres noches juntos. “No era bello”, dijeron. Y es cierto: tu rostro no era perfecto. Tenías una cicatriz en la ceja izquierda, una mancha de nacimiento en la clavícula derecha, los dedos de los pies desiguales, el labio inferior más grueso que el superior. Pero tu cuerpo… tu cuerpo era una geometría exacta. Un teorema viviente. Y en ese momento, frente al mármol frío del museo, me di cuenta de que quería estudiarlo. Como quien estudia a fondo un poema de Pound, línea por línea, silaba por silaba, respiración por respiración.
Te llevé a mi casa. No hubo tregua. No hubo preámbulos. Te tomé de la muñeca y te arrastré al dormitorio, sin una palabra. Tú no protestaste. Solo seguías con esa sonrisa tonta, de quien sabe que está en el lugar correcto, con la persona correcta. Me quitaste la camisa mientras caminabas hacia la cama, pero no te sentaste. Te arrodillaste. Me desabotonaste los pantalones, y cuando tu boca rozó el borde de mi pene, ya estaba duro. No era por ti, era por el hecho de estar contigo. Por el peso de tu mirada. Por la forma en que tu lengua se asomaba como si temiera tropiezos, como si temiera romper algo sagrado. Pero no lo era. Solo era carne. Solo era calor. Solo era deseo sin máscaras.
Me chupaste con una lentitud que dolía. No era juego. Era ritual. Tu boca no era húmeda: era cálida, era húmeda sí, pero también era densa, como si tu saliva tuviera peso. Me sostuviste los testículos con la palma, los elevaste suavemente, y luego los chupaste uno por uno, como si fueran caramelos de azúcar quemada. Te puse las manos en la cabeza, pero no te detuve. No quería detenerte. Quería que continuaras hasta que tu garganta temblara. Y así fue. Hasta que tu garganta tembló.
Me levantaste. Me quitaste los pantalones enteros. Me empujaste hacia la cama, pero no me dejaste caer. Me acostaste con cuidado, como si fuera un libro antiguo. Y entonces tú, tú te subiste. Te sentaste sobre mí, con las rodillas a los lados de mi cintura, y me miraste mientras me mirabas. Me miraste con una atención que no es de deseo: es de reconocimiento. Como si me estuvieras descubriendo por primera vez. Como si nunca antes hubieras visto un pene, pero ahora, por primera vez, lo veías.
Me abrazaste la cintura con las manos, me empujaste hacia arriba con suavidad, y te metiste dentro. No con fuerza. Con precisión. Como quien encaja una llave en una cerradura. Y cuando sentiste que entrabas todo, que te envolvía, que te apretaba, que te hacía *entero*, te quedaste quieta. No respiraste. Solo me miraste, y tus ojos se abrieron más. Como si hubieras encontrado un tesoro que no sabías que existía.
—Ahora —dijiste—. Ahora sí.
Y comenzaste a moverte. Lento. Lento. Lento. No era el ritmo de la necesidad. Era el ritmo de la exploración. Te levantabas hasta que solo quedaba la punta dentro, y luego te dejabas caer, lento, lento, lento, hasta que sentiste que tocaba fondo, hasta que sentiste que mi semen se agitaba dentro de mí, como pececillos en un charco de agua tibia. Y así, durante diez minutos, veinte, treinta. No contaste. Tampoco yo. No era necesario. Contaba el tiempo el cuerpo.
Me pediste que te tocara. Que te tocase donde más dolía. Y yo te toqué: te pasé los dedos por el clítoris, primero como si fuera un pétalo, luego como si fuera un botón de electricidad. Y tú te arqueaste, y tus ojos se cerraron, y tu boca se abrió, y salió un sonido que no era palabra. Era sonido puro. Era ruido sin lenguaje. Era el sonido del cuerpo que se rinde.
Te agarré las caderas y te empujé hacia abajo con fuerza, y tú gritaste. No de dolor. De sorpresa. De goce. Y yo te empujé de nuevo, y otra vez, y otra vez, hasta que sentí que tu interior se cerraba, hasta que sentí que tu cuerpo se tensaba como una cuerda, hasta que sentí que te salías de mí con un espasmo que duró diez segundos, que parecieron diez años. Y cuando todo terminó, cuando tus pupilas se dilataron y tu piel sudaba, me acerqué a tu oído y te dije:
—Sigue.
Y tú lo hiciste. Me volví a meter dentro de ti, y tú me chupaste la boca, y yo te lamí la vagina, y tú te comiste mis dedos, y yo te toqué el culo con los nudillos, y tú te reíste, y dijiste: “Sí, sí, sí”, como si fuera una oración.
Al amanecer, cuando el sol se coló por la ventana y te cubrió la espalda de luz dorada, me despertaste con la lengua en el ombligo. Me despertaste como si fuera un libro que aún no había terminado de leer.
—¿Volveré a verte? —preguntaste.
—Claro —dije—. Pero no como ahora.
—¿Por qué?
—Porque ahora fuimos carne. Y la carne se olvida. Pero si volvemos, seremos ideas. Y eso dura más.
Y tú me besaste la frente, y te fuiste.
Y yo aquí sigo, escribiendo esto, con el recuerdo de tu cuerpo en las manos, con el sabor de tu piel en los labios, con el eco de tu respiración en los oídos. No es nostalgia. Es memoria física. Es geometría. Es poesía.
Es el cuerpo que no olvida.
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