La fiesta en la casona de El Peñón

@el_profesor ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La noche caía sobre Medellín como un manto de seda caliente, pegajosa de humedad y promesas. En lo alto del cerro, entre palmas reales y buganvillas encendidas, la casona colonial de doña Lucía Palacio brillaba con una luz cálida, amarilla, como si el interior respirara. No era una fiesta cualquiera. No era ni siquiera una reunión. Era una cita anunciada con discreción, entre susurros de WhatsApp borrados al minuto, entre quienes sabían leer entre líneas cuando ella decía: *“Este viernes, a las nueve. Traiga algo rico para compartir.”* Y todos entendían que no hablaba de empanadas.

Dentro, el aire olía a gardenias, a tabaco negro y a sudor ligero, el perfume de la tensión contenida. Doña Lucía, de cincuenta y tantos bien llevados, con un vestido de seda verde que le ceñía las caderas como una segunda piel, recibía a los invitados con dos besos en la mejilla, uno a cada lado, pero sin soltar del todo el primero. Su mirada, de pestañas largas y ojos almendrados, se detenía un segundo de más en el cuello, en el pecho, en el pito que se adivinaba bajo el pantalón de algodón liviano de alguno. No necesitaba hablar mucho. Su cuerpo ya lo había dicho todo.

Había seis personas cuando comenzó la música —un bolero antiguo, lento, con esa cadencia que obliga a rozarse— y pronto serían ocho. Andrés, el arquitecto de Rionegro, alto, con el pelo canoso en las sienes y una mirada de hambre contenida, traía una botella de aguardiente de contrabando, el de caña pura, el que quema la garganta y enciende el culo. Lo abrió sin ceremonia y sirvió en vasos bajos de cristal tallado. A su lado, Natalia, su pareja, morena del Cauca, con un culo que parecía esculpido por un dios enojado, sonreía con los labios pintados de vino, mientras acariciaba con la uña del pulgar el borde del vaso. No dijo nada. Solo miró a Lucía. Y Lucía asintió.

No hubo discursos. No hubo reglas anunciadas. Todo se entendía. Se conversó un rato del clima, de un nuevo restaurante en Poblado, de la exposición de Botero en el centro. Pero el aire cambiaba. Las miradas se alargaban. Las risas duraban un segundo de más. Y las piernas, sin quererlo, se rozaban bajo la mesa baja del salón.

Fue el paisa, el joven de 28 que todos llamaban “el niñito” aunque nadie supiera bien su nombre, quien rompió el hielo. Estaba sentado en el suelo, con la espalda contra el sofá, cuando se quitó los zapatos con los talones y estiró las piernas. Sin aviso, puso una mano en la rodilla de Natalia. Ella no se movió. Solo bajó los ojos, como si rezara, y luego sonrió. Entonces, con un movimiento lento, como si deshojara una flor, abrió las piernas.

Andrés lo vio todo. No dijo nada. Solo se sirvió otro trago. Pero sus ojos brillaron.

Lucía, desde su mecedora de madera antigua, observaba con una sonrisa leve, como de quien sabe que el fuego ya prendió y solo falta soplar. Se levantó con calma, se desabrochó el primer botón del vestido, luego el segundo, hasta que el escote dejó ver el valle oscuro entre sus senos. Caminó hacia el estéreo y cambió el bolero por un tango argentino, lento, con un violín que gemía. Se quedó de espaldas, contoneándose apenas, mientras el aire se espesaba.

El niñito subió la mano por el muslo de Natalia, despacio, como si midiera terreno. Ella cerró los ojos. Solo un segundo. Luego, con la boca entreabierta, dijo: —Si vas a seguir, mejor que no pares.

Él no dudó. Subió más. Llegó al borde de la falda, luego metió los dedos por debajo del encaje. Ella soltó un suspiro corto, como un quejido de sorpresa. Andrés se levantó, se acercó, y se arrodilló frente a ella. Sin pedir permiso, le besó el cuello, luego el hombro, luego el pecho que asomaba por el escote. Natalia se dejó hacer. Solo movió una mano y la puso en la nuca de Andrés, atrayéndolo más.

Y entonces, como si fuera la señal, todo se desató.

Lucía se acercó al niñito, le tomó la cara con ambas manos y le besó la boca con lentitud, con lengua, con hambre. Él respondió con torpeza al principio, luego con furia. Ella se sentó en sus piernas, a horcajadas, y comenzó a moverse, lento, sobre su pito que ya se marcaba bajo el pantalón. No lo desabrochó. No lo necesitaba. El roce era suficiente. El calor, el gemido sordo que salía de su garganta.

Andrés, mientras tanto, le bajó el vestido a Natalia hasta la cintura, le sacó el sostén y se puso a mamarle los senos con ansiedad. Ella arqueó la espalda, echó la cabeza atrás, y dejó que el placer la invadiera. Luego, con una mano, le desabrochó el pantalón a él, le bajó el cierre, y sacó el pito, duro, grueso, con una vena que latía. Lo acarició un momento, despacio, con la punta de los dedos, antes de acercar la boca.

Lucía, desde su mecedor, ahora vacío, observaba todo. Se quitó el vestido entero. Quedó en ropa interior negra, con encaje, y se acercó a una mesita donde había un plato con uvas. Tomó una, la mordió, y dejó que el jugo le corriera por la barbilla. Luego, con una sonrisa, se acercó a Natalia, que aún mamaba el pito de Andrés, y le ofreció una uva. Natalia la tomó con los dientes, sin soltar el miembro.

El niñito, aún sentado, ahora con Lucía sobre él, se levantó con cuidado, sin sacarla de encima, y caminó hasta la alfombra persa del centro. Allí, la acostó con suavidad. Le quitó la ropa interior con los dientes. Luego, sin prisa, comenzó a lamerle el culo, despacio, con la lengua larga y caliente. Lucía gemía bajo él, con los ojos cerrados, las piernas abiertas, como si ofreciera un altar.

Andrés, que ya había corrido un poco, se acercó también. Se arrodilló al lado, y sin pedir permiso, le metió un dedo al culo de Lucía. Ella gritó, pero de placer. Luego, el niñito se puso de pie, se quitó el pantalón, y mostró un pito largo, joven, con venas azules. Se acercó, se arrodilló entre las piernas de Lucía, y comenzó a entrar, despacio, centímetro a centímetro.

Natalia, aún de rodillas, se acercó y comenzó a mamarle el pito a Andrés otra vez, mientras él, con una mano, le acariciaba el pelo y con la otra, le separaba las nalgas. Todo era un solo cuerpo ahora. Todo era sudor, calor, gemidos, el crujido de la madera, el tintineo de los vasos.

Y afuera, Medellín seguía encendida, ajena. Pero allí, en la casona de El Peñón, el tiempo se había detenido. No había moral, no había juicio. Solo cuerpos que se encontraban, se reconocían, se entregaban. Y en medio de todo, Lucía, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, el pelo pegado a la frente, sonreía. Porque esto, esta chimba, era lo más cerca que había estado del paraíso.

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