La fiesta en la casa del lago

La fiesta en la casa del lago

@andres_rio ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

El sol se hundía tras los pinos, pintando el cielo con tonos dorados y púrpura mientras la brisa del lago arrastraba el olor a resina y tierra mojada. En la terraza de madera de la casa de veraneo, cuatro personas compartían vino tinto en vasos grandes, rodeadas de cojines desordenados y la música suave de jazz acústico que salía del altavoz colgado bajo el porche.

Camila, con el cabello castaño recogido en un nudo torcido, se inclinó para ajustarse la correa del bikini, el tejido azul marino contrastando con su piel morena y clara. Sentada frente a ella, Sofía —rubia, de piernas largas y sonrisa fácil— le sonrió mientras movía las puntas de los dedos sobre el borde de su vaso, como si ya sintiera el ritmo que se acercaba. A su izquierda, Lucía, de cabello negro y cejas marcadas, observaba sin juicio, con una mano apoyada en el muslo de Mateo, sentado al otro lado del sofá de mimbre.

Mateo no decía mucho, pero su mirada era clara, tranquila, como si ya hubiera decidido entregar ese momento sin reservas. Sus manos, anchas y con venas levemente visibles, descansaban sobre sus muslos, los nudillos rozando a veces la tela del pantalón corto. El calor no era agobiante, pero todos sentían la piel más sensible, como si cada partícula de aire se convirtiera en un roce imperceptible.

—¿Alguien más necesita vino? —preguntó Lucía, levantándose despacio, con una flexibilidad que denotaba costumbre de yoga y quietud.

—Sí, por favor —respondió Camila, y mientras Lucía se alejaba hacia la cocina, Camila se inclinó hacia adelante, acercándose a Mateo—. ¿Te ha gustado la música que puse? —le susurró, casi pegada a su oreja, con el aliento cálido.

Mateo no respondió con palabras. En vez de eso, dejó caer una mano sobre su rodilla, con la palma plana, y la mantuvo ahí, fija, como una promesa silenciosa. Camila respiró hondo, sintiendo el calor de su mano a través de la tela del bikini.

Lucía regresó con la botella y cuatro vasos nuevos. Se sentó esta vez entre Sofía y Mateo, apoyando los codos en las rodillas. Sofía, sin perder el hilo de la conversación —que ahora giraba sobre recuerdos de viajes, playas solitarias y momentos compartidos sin prisas—, comenzó a deslizar los pies descalzos sobre la madera, extendiéndolos hacia el centro del círculo. Su dedo del pie rozó casual, intencionadamente, la pantorrilla de Lucía.

Lucía no retiró la pierna. En cambio, giró su cuerpo hacia ella, dejando que el borde de su vestido de verano —uno suelto, de algodón blanco— se deslizara un poco más alto en el muslo. Sus dedos encontraron la mano de Sofía y la atrajeron hacia su regazo, con una suavidad que no dejaba lugar a dudas.

Camila y Mateo observaban, sin interrumpir. Él soltó la rodilla de Camila y puso ambas manos sobre sus caderas, empujándola suavemente hacia atrás, hacia su pecho. Ella se dejó llevar, recostándose contra él, con la cabeza apoyada en su hombro. Respiró su olor: sudor salado, madera y algo más, algo que no sabía nombrar pero que le hizo sentirse completa.

Entonces, Lucía tomó el vaso de vino de Sofía y lo llevó a sus labios, sin soltar su mirada. Tragó un trago lento, y antes de handedérselo, besó suavemente el borde del vaso, como si lo compartiera. Sofía sonrió, tomó el vaso y bebió, dejando que una gota resbalara por el ángulo de su boca. Lo limpió con la lengua, sin apartar los ojos de Lucía.

No hubo palabras. Solo manos que buscan, respiraciones que sincronizan, miradas que se dicen lo que el cuerpo ya sabe. Camila se volvió hacia Mateo, y esta vez fue ella quien lo besó: primero en la mejilla, luego en los labios, suave, con los ojos cerrados, como si recordara un sueño antiguo. Él respondió con un giro de cadera, acercándola más, con una fuerza que no era brusca, sino necesaria.

Y así, bajo el cielo que ya se volvía oscuro, con el viento llevándose las risas y las sombras alargándose sobre el lago, los cuatro se encontraron en el centro del círculo, sin prisa, sin miedo, con la piel que hablaba antes que las palabras, y el deseo que florecía como una flor que late en la oscuridad.

También en: Romántico

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