La fiesta en casa de Iván

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca pensé que una simple fiesta de cumpleaños iba a cambiarme la vida como lo hizo. Fue en la casa de Iván, un amigo de la universidad al que había perdido de vista como cinco años. Cuando me mandó la invitación por WhatsApp, con esa carita de “va a ser bien padre, trae ganas”, no dudé ni un segundo en confirmar. Hacía tiempo que necesitaba salir de la rutina, de mi departamento solitario, de las noches viendo series con una cerveza y la mano derecha como única compañía.

La casa era una casona en la Condes, con terraza, alberca y una iluminación tenue que ya desde afuera prometía mala vida. Cuando llegué, la música sonaba fuerte, pero no estridente; un *lo-fi remix* de viejos éxitos del reggaetón, con un toque elegante. Iván me recibió con un abrazo de esos que te hacen sentir bienvenido de verdad. Alto, bronceado, con el pelo un poco despeinado y esa sonrisa de dientes perfectos que nunca se me había notado antes. “¡Diego, cabrón, ¡qué padre que viniste!”, me dijo al oído, y sentí un cosquilleo raro en el estómago.

Estábamos tomando tequila con sangrita cuando llegó ella. Llevaba un vestido rojo ajustado, tacones que marcaban el arco de sus nalgas como si las hubieran esculpido a mano, y una mirada que no necesitaba decir nada. “Ésta es Lorena, mi novia”, dijo Iván, y yo sólo pude asentir, tragando saliva. Ella me miró de arriba abajo, sin pena, y soltó una risita. “Así que tú eres el famoso Diego… el que se robaba los exámenes en la facu, ¿no?”, dijo, y su voz era ronca, como si hubiera estado fumando sin parar.

No me quité los ojos de encima en toda la noche. Y yo a ella tampoco. Hubo coqueteo, claro, con miradas, roces al pasar, un “¿me alcanzas el shot?” que me obligó a inclinarme cerca de su escote. Pero todo cambió cuando Iván, ya bien pasado de tragos, me dijo: “¿Y sabes qué, viejo? A mí me encanta ver cómo disfruta Lorena… y me di cuenta de que tú también la miras como si quisieras comértela. ¿Por qué no dejamos que pase?”.

Me quedé helado. “¿Qué dices, cabrón?”, le dije, riendo nervioso. Pero él no se inmutó. “Hablo en serio. No soy celoso. Al contrario. Me pone. Y si tú estás de acuerdo… ella también quiere.”

Lorena se acercó, sin decir nada, y me tomó de la mano. Sentí el calor de sus dedos, su pulgar acariciando mi palma. “Vamos arriba”, dijo, y no necesitó más palabras.

El cuarto era amplio, con una cama king size y luces tenues. Pero lo que más me impactó fue que no hubo apuro. Lorena se quitó los tacones, luego el vestido, dejando al descubierto un tanga negro que apenas cubría sus nalgas prietas, redondas, que parecían rebotar con cada movimiento. Iván cerró la puerta y se sentó en una butaca, sin quitar la mirada. “Empieza tú”, le dijo a ella.

Lorena se acercó a mí. Me tomó del cuello y me besó. Fue un beso lento, profundo, con lengua, con ganas. Sentí su cuerpo pegado al mío, sus pechos duros contra mi pecho, su entrepierna buscando la mía. Me desabrochó la camisa, uno por uno, como si estuviera descubriendo un tesoro. Luego bajó la cremallera del pantalón. Yo ya tenía la verga dura, marcando la ropa interior. Ella sonrió. “Sí… ya estás listo”, dijo.

Me bajó los calzoncillos con cuidado, como si fuera un ritual. Mi verga saltó libre, tiesa, palpitante. Lorena la tomó con suavidad, me acarició la punta con el pulgar, y luego se arrodilló. Iván no decía nada, pero su respiración se había vuelto más pesada. Y entonces, Lorena me metió la verga completa hasta la garganta. No hubo asco, no hubo pausa. Sólo placer. Sentí su lengua, sus labios, el calor húmedo de su boca. Me agarró las nalgas con fuerza, como si no quisiera que me fuera, y empezó a chupar con un ritmo que me hacía gemir sin control.

“¿Te gusta?”, preguntó Iván, y yo sólo pude asentir, con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás. “Pues espera”, dijo.

Lorena se paró, se quitó el tanga y se subió a la cama. Se acostó boca arriba, abrió las piernas y me miró. “Ven”, dijo. Me acerqué, me puse entre sus piernas, y empecé a besarla. Primero los muslos, luego el interior, luego su coño, que ya estaba mojado, caliente, palpitante. Empecé a lamerla despacio, con círculos, con la lengua, con los dedos. Ella gemía, se arqueaba, me jalaba del pelo. “Sí, cabrón… así… no pares…”

Iván se acercó. Se quitó la ropa y se paró al lado de la cama. Su verga era gruesa, larga, con una vena marcada que me hizo querer probarla. Pero no tuve que decidir. Lorena me jaló de la cabeza y me separó de su coño. “Ahora quiero a los dos”, dijo.

Iván se acostó a un lado, y ella se puso a cuatro. Me miró por encima del hombro. “Por detrás”, dijo. Me paré detrás de ella, tomé mi verga con una mano, y la puse en la entrada de su coño. Empujé despacio, con cuidado, hasta que entré completo. Ella gritó, pero de placer. “¡Sí, cabrón, así! ¡Más fuerte!”

Empecé a cogerla con ritmo, con fuerza, sintiendo cómo su coño se ajustaba a mi verga. Pero entonces, Iván se acercó por delante. Ella abrió la boca, y él se metió la verga hasta el fondo. Vi cómo lo chupaba, cómo sus mejillas se hundían, cómo sus ojos se cerraban de placer. Y yo seguía cayendo, una y otra vez, hasta que no pude más.

“Quiero sentirte adentro también”, dijo Iván, y yo, sin pensarlo, me salí de Lorena y me paré frente a él. Me agaché, tomé su verga con la mano, y la metí en mi boca. Sabía a sal, a sudor, a hombre. Empecé a chuparlo como si fuera lo más natural del mundo. Y mientras yo lo hacía, Lorena regresó, se puso detrás de mí, y sentí sus manos en mis nalgas, luego su lengua, luego sus labios… y después, su dedo mojado entrando en mi culo. Grité, pero no de dolor. De sorpresa. De placer. De locura.

No duró mucho. Entre el ritmo, el deseo, el tequila y el humo de marihuana que flotaba en el aire, sentí que iba a explotar. Y cuando Iván me dijo “ahora, cabrón”, supe lo que quería. Me paré, me di media vuelta, y vi a Lorena acostada otra vez, con las piernas abiertas. Iván y yo nos miramos. Y sin decir nada, los dos nos acercamos.

Él entró primero. Yo lo vi deslizarse dentro de ella, lento, profundo. Y cuando estuvo hasta el fondo, me acerqué por detrás. Guié mi verga, la puse en su culo, y empujé con cuidado. Ella gritó, pero no se detuvo. Y así, los tres juntos, empezamos a movernos. Un ritmo lento, luego más fuerte, más rápido. Sus gemidos, nuestras respiraciones, el crujido de la cama. Hasta que no aguanté más.

Llegué primero, con un gemido ronco, largo, que salió desde el fondo del pecho. Mi verga se vació dentro de ella, y sentí cómo se estremecía. Iván no tardó. Un par de embestidas más, y él también explotó, gritando mi nombre.

Nos quedamos así un rato, sudados, respirando con dificultad, abrazados en la cama. Nadie dijo nada. No hacía falta.

A veces, las mejores cosas de la vida pasan cuando menos las esperas. Y esa noche, en casa de Iván, aprendí que el placer no tiene reglas. Sólo tiene corazón. Y ganas. Muchas ganas.

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