La noche que mi novia me presentó a su mejor amiga para que me la cogiera

La noche que mi novia me presentó a su mejor amiga para que me la cogiera

@el_anonimo ·6 de julio de 2026 · 🔥 4.6 (17) · 172 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que vi a Lucía, sentí ese calorcito en la nuca que te avisa: algo va a cambiar. Estábamos en el bar de la esquina, el mismo donde cada viernes reuníamos a un puñado de amigos —música baja, luces tenues, el tintineo de los vasos y el olor a cerveza y tabaco que se pegaba a la ropa. Mi novia, Valeria, me dio un codazo, me señaló con la barbilla a la chica que acababa de entrar. «Es Lucía —dijo, sonriendo—, mi mejor amiga desde la universidad. Hoy viene sola.»

Lucía no era del tipo llamativo. No llevaba falda ajustada ni tacones agujereados. Tenía el pelo recogido en un moño desordenado, una blusa blanca holgada, jeans y unas gafas de sol que se quitó al entrar, revelando unos ojos verdes que parecían saber demasiado. Su mirada se detuvo en mí un segundo más de lo necesario, y yo sentí algo que no sabía nombrar.

—¿Te parece bien si la invito a sentarse? —me preguntó Valeria, ya con la sonrisa más amplia, más juguetona—. Solo un rato.

—Claro —dije, y tal vez mi voz tembló un poco.

Lucía se sentó a mi izquierda, no muy cerca, pero lo suficiente como para que su muslo rozara el mío cada vez que se reía de algo que decía Valeria. Hablaron de trabajos, de viajes, de excusas para no ir a la oficina los lunes. Yo solo escuchaba, observando cómo Lucía se metía un pelo detrás de la oreja, cómo mordía el borde de su vaso de vino tinto, cómo se inclinaba hacia adelante cuando reía, y el leve movimiento de sus pechos bajo la tela suave de la blusa.

—¿Y tú? —me preguntó de pronto, como si hubiera leído mi silencio. —¿Yo qué? —¿Qué te gusta hacer cuando no estás con Valeria?

Le respondí con honestidad, sin pretensiones, y ella asintió, como si ya me conociera. Valeria, entre tanto, ya había terminado su segundo vaso y se inclinaba sobre la mesa, con las manos juntas y los codos apoyados, mirándonos con esa expresión que no era de celos, ni de curiosidad, sino de expectativa.

—¿Saben qué? —dijo, por fin—. Me encanta verlos charlando. Me gusta que Lucía te conozca. Me encanta que sepa quién eres.

Lucía la miró, levantó una ceja, y Valeria, sin perder el contacto visual con ella, me susurró al oído: —¿Te parece si vamos a casa en un rato? Yo conduzco. Tú puedes quedarte un rato más con ella.

La propuesta no sonó casual. Sonó intencional. Planificada.

Lucía no se inmutó. Solo se giró hacia mí y preguntó, con la voz baja y clara: —¿Te importa si te hago una pregunta? —Depende. —¿Cuánto tiempo llevas con Valeria? —Dos años. —¿Y siempre han estado… juntos?

Valeria rio, un ruido suave, casi íntimo. —Siempre. Aunque… —se volvió hacia mí, me pasó una mano por el muslo, por encima del jeans— …a veces soñamos con probar otras cosas.

Lucía me miró fijamente. No con desafío, ni con vergüenza. Con interés. Con evaluación.

—¿Y qué sucede cuando soñás con eso? —preguntó.

Valeria se acercó más a mí, dejó su cabeza sobre mi hombro, pero no me besó. No aún. —Depende de con quién sueñe.

La tarde se arrastró como cera derretida. El bar se vació. Nos quedamos solos en la mesa, con tres vasos medio vacíos y una botella casi terminada. Cuando por fin nos levantamos, Valeria me tomó de la mano y me pidió que esperara fuera. Ella y Lucía iban a despedirse un momento más.

Fuera, el aire era cálido. El sol ya se había ido, pero la ciudad seguía respirando. Me encendí un cigarro, con las manos algo temblorosas, y cuando volví a entrar, Valeria ya no estaba. Sólo Lucía, parada junto a la barra, con un nuevo vaso de vino en la mano.

—Se fue —dijo, sin preámbulos—. Dijo que nos esperaba en casa.

Me giré, sorprendido. —¿Y por qué no se fue contigo?

Ella me ofreció la copa. —Porque esta noche no es para ella. Es para ti.

No supe qué decir. No moví la mano. Ella se acercó. Tan cerca que sentí su aliento en el cuello, su perfume —jazmín y tabaco—, la suavidad de su piel al rozar mi manga.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

—No. —¿Estás seguro? —No.

Me sonrió. Una sonrisa de quien sabe que ya ganó.

—Entonces venga —dijo, tomando mi mano y guiándome hacia la salida—. A casa.

Valeria ya nos esperaba sentada en el sofá, con una manta sobre las piernas y una copa en la mano. Se levantó al vernos entrar, pero no dijo nada. Sólo nos miró a Lucía y a mí, como si estuviera observando algo que ya había planeado desde hace semanas.

—Pongamos esto en marcha —dijo Lucía, y me tomó de la mano otra vez—. No te preocupes. No vamos a forzarte a nada. Pero sí vamos a darte opciones.

Nos sentamos en el sofá, Valeria entre nosotros. Lucía me puso una mano sobre la rodilla. Valeria me pasó los dedos por el cuello. Y entonces, sin prisa, sin urgencia, como si estuviéramos descorriendo una cortina con lentitud, Lucía se inclinó hacia mí y me besó.

Fue un beso lento, húmedo, con sabor a vino y a promesa. No lo detuve. No dije que no. De hecho, con cada segundo, mi pene empezó a endurecerse contra la tela de mis pantalones. Valeria, al otro lado, me acariciaba el cabello, y luego bajó la mano, suavemente, hasta mi entrepierna. Apretó un poco, con cuidado, como si me estuviera probando.

—Estás excitado —dijo, en voz baja.

—Sí —respondí, con la voz ronca.

Lucía se separó del beso, pero no se apartó. Se quedó frente a mí, con las manos en mis muslos, y me preguntó: —¿Te gustaría que te quitara la ropa?

—Sí.

Valeria me ayudó a levantarme. Me desabotonó la camisa, uno a uno los botones, y luego me la quitó. Lucía me pasó las manos por el pecho, sintió los pezones endurecidos bajo mis dedos, y me los rozó con el pulgar, con lentitud, como si ya conociera esa piel.

—¿Te gusta que te toque? —preguntó. —Sí.

Valeria bajó su mano hasta mi pene, ya bien durito dentro del jeans, y me apretó suavemente, con la palma, con los dedos. —¿Querés que te saque la polla?

—Sí.

Lucía se puso de rodillas frente a mí. Valeria me tomó del pelo y me guió la cabeza hacia atrás, para que no tuviera que ver. Solo sentí la tela del jeans bajando, el aire frío sobre mi piel, y luego las manos de Lucía —cálidas, seguras— envolviendo mi polla, con la palma, con los dedos, con una suavidad que me hizo temblar.

—Está tan bonita —dijo Valeria, observándola—. Tan dura.

Lucía me miró por primera vez entre mis piernas, y me sonrió. —¿Querés que te lama? —Sí.

Se inclinó, y su lengua rozó la punta, con lentitud, como si ya supiera dónde estaba cada nervio, dónde se agolpaba el placer. Me temblaron las rodillas. Valeria me sujetó del brazo.

—No te muevas —dijo—. Déjala.

Lucía me lamía, con movimientos suaves, circulares, primero alrededor del glande, luego bajando por el frenillo, subiendo de nuevo. Me puse la mano en el pelo de Valeria, y ella me acarició la cara, me susurró al oído: —Estás hermoso así. Entregado. Mío.

Fue Lucía quien, por fin, me metió la polla en la boca. No con brusquedad, sino con confianza. Me miró a los ojos mientras lo hacía, con los labios entreabiertos, con la nariz rozando mi vello púbico. Y cuando me retiró, me preguntó: —¿Querés que te meta la polla entre los pechos?

Valeria asintió, sin dudar. Me puse de pie, y ella se sentó en el sofá, cruzó las piernas, se abrió la blusa con un movimiento suave, y se sacó los pechos. Eran grandes, firmes, con pezones rosados y duros. Lucía se puso detrás de ella, me tomó de la mano

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