La fiesta de los vecinos del piso de arriba

La fiesta de los vecinos del piso de arriba

@renata_sol ·18 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (20) · 10 lecturas · 4 min de lectura

Los vecinos del piso de arriba nunca hacían ruido, o eso creía Lucía hasta esa noche de viernes, cuando el sonido de risas agudas y susurros ahogados empezó a filtrarse por las grietas del techo. Ella, sentada en su sofá con una copa de vino tinto y una novela abierta en las piernas, levantó la vista al escuchar el primer grito contenido, seguido de un gruñido profundo. No era el típico ruido de una pelea. Era algo más… intenso. Más lento. Más sexual.

Curiosa y sin vergüenza, se acercó al intercomunicador y pulsó el botón sin pensarlo. —¿Todo bien ahí arriba? —preguntó, con una sonrisa pícara que se le dibujó apenas recibió la respuesta.

—¡Lucía! —exclamó Mateo, su vecino del cuarto—. ¡Sube! Estamos celebrando el cumpleaños de Lucía —dijo, y se corrigió enseguida—: ¡De *ella*! La nueva. La que llegó hace dos semanas.

Lucía bajó las escaleras de dos en dos, el corazón palpitando con fuerza. Cuando abrió la puerta del departamento del piso superior, fue recibida por una escena que le hizo palidecer y sonreír al mismo tiempo: cuatro personas en el centro de la sala, desnudas, enroscadas en una manta gigante, rodeadas de botellas de champán y frutas cortadas. En el centro, una mujer de cabello oscuro y pechos grandes y flacos —la nueva vecina— estaba a cuatro patas sobre una mesa baja, mientras un hombre alto, de espalda ancha y pene grueso y tieso, la embestía con movimientos lentos, casi rituales. Cada golpe hacía que su cuerpo temblara, sus pechos rebotando con cada empuje, su boca entreabierta en un suspiro constante.

—¡Lucía! ¡Bienvenida! —gritó otra mujer, morena y con el pelo rapado, que estaba sentada sobre las rodillas de un hombre rubio, subiendo y bajando sobre su pene como si fuera un caballo. Se volvió hacia Lucía y le guiñó un ojo—. ¿Quieres entrar a jugar o solo vas a mirar?

Lucía soltó su bolso en el suelo y se despojó de la blusa con un movimiento fluido. —Si juegan así, prefiero participar.

Se quitó los pantalones y los calcetines, y se acercó al grupo. A su izquierda, un hombre de aspecto serio pero con los ojos brillantes le ofreció una copa de champán. —Para calentar —dijo, y ella la tomó sin dudar.

Mateo, que ya tenía el pantalón bajado y el pene al descubierto, grueso y con el glande rosado, se puso de rodillas frente a ella. Con una mano le apartó el pelo de la nuca y con la otra le acarició el muslo interior. —¿Te gusta lo que ves? —murmuró, mientras su dedo rozaba el borde de su bragas—. ¿Quieres que te lo meta donde quieras?

Lucía asintió, y él ya estaba deslizando sus manos por sus caderas, tirando de la tela de sus bragas hasta que las bajó con lentitud, exponiendo su vulva hinchada y húmeda. Ella ya estaba mojada, solo por la cercanía, por el olor a sudor y sexo que llenaba la habitación.

Mientras Mateo la giraba para colocarla frente al sofá, la mujer del pelo oscuro se acercó y le metió un dedo en la boca. —Chupá —ordenó—. Quiero que te sientas como yo.

Lucía lo hizo, chupando con fuerza, sintiendo el sabor salado de su piel, mientras Mateo le separaba las nalgas y le lubrificaba el ano con la punta de su pene. Sin pedir permiso, sin esperar, se metió dentro de ella con un solo empuje, rompiendo su resistencia y haciendo que gritara.

—¡Sí! ¡Sí! —gritó ella, agarrándose al respaldo del sofá.

A su alrededor, el grupo continuaba: el hombre rubio ya estaba con la morena boca abajo, metiéndole la lengua en la vulva mientras la empotrába contra la pared; la nueva vecina, ahora boca arriba, tenía dos dedos de otro hombre dentro de su vagina, mientras con la otra mano se frotaba el clítoris hasta que su cuerpo se tensó y gritó su orgasmo.

Lucía sintió el pene de Mateo latiendo dentro de ella, cada golpe más profundo, más duro, hasta que él soltó un grito ahogado, empujó con fuerza y se corrió dentro de su cuerpo, inyectándole su semilla con un temblor en los hombros.

Se quedaron así unos segundos, él aún dentro de ella, ella con la frente apoyada en el sofá, respirando pesado, mientras el resto del grupo seguía follando sin pausa, sin vergüenza, sin prisa.

Nadie habló. Solo se oyeron los sonidos del cuerpo, el sudor, el sexo, el placer puro.

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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.

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