La fiesta de los vecinos del 4B
6 minLa fiesta de los vecinos del 4B
Esa noche, cuando el sol ya se había metido tras las montañas y el calor del verano mexicano se volvía más suave, sentí cómo el corazón me latía fuerte en el pecho. No era miedo, no. Era eso que se siente cuando sabes que algo bueno, algo *buenísimo*, va a pasar, y no puedes hacer nada más que esperar, con los ojos medio cerrados y la piel vibrando.
Todo empezó porque mi vecina del 4B, Leticia —la morena alta que siempre camina en chancletas y lleva el pelo recogido en un nudo suelto— me dejó una nota pegada con una cinta roja en la puerta del elevador. *“Ellos vienen. ¿Te animas?”*. No puse ninguna objeción. No cuando llevaba semanas notando cómo me miraba cuando bajaba al super, cómo se mordía el labio cuando le ayudaba a cargar las bolsas, cómo su cuerpo se estiraba cuando se agachaba a recoger algo del suelo.
Cuando sonó el timbre, abrí sin pensarlo. Y ahí estaban: ella, con un vestido ceñido de tirantes negros que dejaba ver el contorno de sus pechos firmes y redondos, y dos hombres a sus espaldas: Daniel, su novio desde hace dos años, alto, moreno, de mirada seria pero con una sonrisa que ahora me dedicaba como si fuera *solo mía*; y Mateo, su primo, el que siempre había sido el tímido de la familia, con esos ojos claros que ahora me devoraban sin disimulo.
—Vamos —dijo Leticia, tomando mi brazo con fuerza, pero suave, como si temiera que me fugara—. Ellos ya están dentro.
El departamento era pequeño, pero lo suficientemente grande para lo que teníamos planeado. Las luces bajas, la música latina sonando suave en el fondo —una mezcla de Cumbia y bossa nova—, y el aroma a tequila, limón y sal. En la mesa del comedor, botellas abiertas, vasos medio llenos, y una bandeja con rodajas de naranja y una pizca de sal.
—¿Te gusta así? —me preguntó Mateo, acercándose por detrás, tan cerca que sentí su aliento en la nuca—. ¿O quieres que la encienda un poco más?
—Ya está encendida —le respondí, girando con lentitud, y viendo cómo se le endurecía la verga contra el jean antes de que se diera cuenta.
Rió, bajo, con la boca pegada a mi oreja: —Entonces, ¿por qué me miras así?
No le respondí con palabras. Le tomé de la camisa y lo acerqué a mí hasta que nuestro sexo se rozó: él ya estaba duro, y yo sentí cómo se me humedecía el slip al instante.
Daniel nos miró desde el sofá, tomando un trago de su tequila, con los ojos fijos en Leticia, que ya se había quitado los zapatos y se masajeaba los tobillos mientras se estiraba como una gata perezosa.
—¿Te gusta verme así? —le preguntó ella, sin quitarle los ojos de encima.
—Me vuelve loco —admitió él, sin vergüenza—. Es que nunca te he visto tan… *libre*.
—Pues hoy lo somos todos.
Leticia se acercó a mí, tomó mi vaso de tequila y lo vació de un trago. Luego, con lentitud, se pasó la lengua por los labios, y me ofreció el vaso vacío: —Prueba. Está buenísimo.
Lo tomé, y mientras lo hacía, ella me atrajo hacia su cuerpo con una mano en la nuca y la otra apretando mi nalga derecha. Me besó con intensidad, con esa seguridad que solo da la costumbre del deseo, y sentí cómo su lengua exploraba mi boca como si ya la conociera desde siempre. Me di cuenta de que no había dudas entre nosotros: todos queríamos lo mismo, todos habíamos esperado demasiado.
Daniel se puso de pie. —Vengan —dijo—. Que ya no quedan ganas de charla.
Leticia me soltó con un suspiro, y se acercó a él. Lo desabrochó la camisa con movimientos pausados, y cuando ya no quedaba nada entre ellos, lo besó en el pecho, luego en el estómago, y finalmente se arrodilló frente a su verga ya parada. No tuve que ver más: Mateo me tomó de la mano y me guió hacia la habitación.
La cama era grande, pero no lo suficiente. El colchón crujía con cada movimiento, con cada gemido, con cada vez que alguien cambiaba de lugar, se acercaba o se alejaba. Yo estaba sobre la cama, boca arriba, con el vestido subido hasta la cintura, mientras Mateo me lamía el clítoris con una intensidad que me hacía gritar. Daniel se le unió, metiéndole un dedo por detrás mientras Leticia me besaba el cuello y me mordía suavemente el hombro.
—Dime qué quieres —me susurró Daniel, con la verga en la mano, untada con la baba de Leticia.
—Quiero sentirte dentro —le dije, sin dudar—. Pero no solo. Quiero sentirlos a todos.
Y así fue. Primero Mateo, que entró despacio, con cuidado, como si no quisiera perder ni un segundo de ese momento. Sentí su calor, su grosor, la forma en que su cuerpo se pegaba al mío mientras se movía con lentitud, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Luego se retiró, se volvió de lado, y se puso de cuclillas, mientras Daniel se acercaba. Yo me incliné, tomé su verga y la guié yo misma hacia mi boca, y lo chupé con gusto, saboreando cada gota de preseminal que le brotaba antes de que se metiera dentro de Leticia, que ya estaba lista, con los muslos abiertos y el cuerpo arqueado.
—¡Ay, cariño! —gimió ella cuando lo sintió entrar.
—¿Así te gusta? —le preguntó él, moviéndose con fuerza.
—Sí, sí, ¡chinga me! —le respondió, sin pena, con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás.
Mateo regresó, se puso detrás de mí, y esta vez no fue lento. Me tomó por las caderas y me metió la verga hasta el fondo, con una fuerza que me sacó un grito. Al mismo tiempo, Daniel comenzó a follar a Leticia con ritmo, y cada golpe suyo hacía que ella jadeara, que sus pechos se moveran con el impulso, que sus uñas se clavaran en las sábanas.
—¡Ay, mijo! ¡No pare! —le gritó ella a Mateo—. ¡Estás haciendo que me vaya muy fuerte!
—Entonces vete —le respondió él, sin soltarla—. Que yo no voy a parar hasta que me lo pida.
Y yo, entre los dos, sintiendo el calor de ambos, el sudor en la frente, el sabor de su sal en la lengua, me dejé llevar. Me dejé llevar por el ritmo, por el sonido de sus cuerpos chocando, por el olor a sexo que ya no era vergüenza, sino placer puro.
Leticia vino primero, con un grito ahogado en la almohada, y justo después, Mateo se tensó, se estremeció, y me corrió dentro con fuerza, mientras yo lo apretaba con las piernas y le decía entre jadeos: —Sí, sí, así, que me la dejes toda.
Daniel se vino al instante después, cuando Leticia lo abrazó con fuerza y le mordió el cuello. Se derramó dentro de ella, y ella lo besó mientras él aún temblaba, con la frente pegada a la suya.
Nos quedamos así un rato, entre abrazos, besos, risas y el sonido de la música que seguía sonando.
—¿Lo viste? —me dijo Leticia, tumbada sobre mí, con el cuerpo aún caliente—. Que no pensaba venir, pero tú me llamaste la atención desde el primer día.
—Y yo a ti —le respondí, acariciándole el pelo—. Solo esperaba que me hicieras la nota.
—Pues aquí la tienes —dijo, y me dio un beso lento, con sabor a tequila y a ella.
Y aunque esa noche fue intensa, única, lo que más me quedó fue eso: la certeza de que el deseo, cuando es honesto, no tiene límites ni vergüenza. Solo cuerpo, piel, deseo, y el calor de Míchacua, que se mete hasta en los sueños.
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.