La fiesta de la semana pasada
La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del departamento mientras yo ajustaba el cinturón del bathrobe que me había prestado Sofía. Apenas había cruzado el umbral, aún con las botas empapadas, y el olor a vela de vainilla y vino tinto me envolvió como un abrazo cálido. No era la primera vez que visitaba ese piso en el centro de la ciudad, pero sí la primera vez que lo hacía con esa excusa: una pequeña reunión íntima, solo cinco personas, todos conocidos, todos consentidores. Todos adultos. Todos dispuestos.
—Te esperaba —dijo Lucía desde el sofá, los pies descalzos sobre la manta de lana, una copa de vino en la mano. Su vestido de seda negra, ajustado en la cintura pero holgado en las caderas, dejaba al descubierto los hombros y la curva de su espalda baja. Tenía el pelo suelto, ondulado, con mechas que le rozaban la nuca. Me sonrió y me señaló el espacio junto a ella. —¿O prefieres primero darte una ducha?
—Una ducha —confesé, sintiendo cómo el calor del ambiente me comenzaba a hacer sudar suavemente, aunque no por el clima.
El baño era pequeño, de mármol gris, con espejos redondeados y luces bajas. Dejé la ropa húmeda en la canasta y me quedé frente al espejo mientras el agua se calentaba. Me observé: piel morena, cicatriz pequeña en la clavícula por un accidente de bicicleta hacía años, pechos firmes, pezones oscuros y sensibles. Me toqué con cuidado, apenas rozando, anticipando lo que vendría. Sabía que luego no estaría sola en la piel. Sabía que el tacto iba a ser compartido, repetido, explorado.
Cuando salí envuelta en la toalla blanca, con el cabello húmedo aún colgando en gotas por los brazos, el resto ya estaba ahí. Sofía estaba tendida boca abajo sobre el sofá, con la cabeza apoyada en sus brazos, las nalgas alzadas, la falda subida hasta la base de la espalda. Un dedo de Mateo le rozaba la columna, trazando líneas lentas desde la nuca hasta la cintura. Lucas estaba de pie junto a la ventana, con una lata de cerveza vacía en la mano, observando la ciudad iluminada bajo la lluvia. Y Lucía, que ahora me miraba con una sonrisa que no prometía, sino que aseguraba.
—Vienes tarde —dijo Sofía, girando la cabeza hacia mí—. Pero justo a tiempo.
Mateo se levantó entonces, sin prisa, y se acercó. Me pasó la mano por el brazo, desde el codo hasta la muñeca, y me pidió permiso con la mirada. Yo asentí. Entonces bajó la toalla lentamente, dejándola caer a mis pies. Sentí el aire frío del aire acondicionado rozando mi piel, pero también el calor de los otros cuerpos a mi alrededor. Lucía se puso de pie y se acercó por detrás, sus pechos suaves contra mi espalda, su aliento en mi oreja.
—Huele a lavanda —susurró—. A ti.
Mateo me tomó de la mano y me guió hacia el sofá. Me senté entre Lucía y Sofía, y Mateo se colocó a mi espalda, apoyando las manos en mis muslos. Lucas dejó la lata en la mesa y se unió, sentándose frente a mí, con las piernas abiertas, invitando. Me incliné hacia adelante, con las rodillas entre sus muslos, y él me acarició la nuca mientras Lucía desabrochaba lentamente el cierre del vestido de Sofía.
—¿Te gusta así? —me preguntó Lucía, tirando suavemente de la seda negra hasta que el vestido se deslizó por los hombros de Sofía y cayó al suelo—. ¿O prefieres verla?
—Ambas —respondí, y Lucía sonrió.
Sofía giró sobre sí misma y se sentó, cruzando las piernas, con las manos apoyadas en las rodillas. Tenía el cuerpo moreno y atlético, con marcas suaves de where el sol tocaba la piel, y los pechos pequeños pero firmes. Se inclinó hacia adelante, con las manos entre las piernas, y me ofreció su entrepierna. Me acerqué, sin prisa, y aparté el trozo de tela de sus bragas con la yema de los dedos. Ya estaba húmeda. El olor a ella: dulce, salado, familiar. Me incliné y besé el clítoris, apenas un roce, pero suficiente para que ella soltara un suspiro largo y quebrado.
—Sí —murmuró—. Sí, por favor.
Lucía me empujó suavemente hacia atrás y se colocó frente a Sofía. Tomó sus muslos y los abrió más, y entonces metió la lengua dentro de ella, con una profundidad que hizo estremecer a Sofía. Mateo me tomó de la cintura y me volvió hacia él. Me senté sobre sus piernas, con la entrepierna apoyada en su erección ya firme. Me desabroché la braga yo misma, lentamente, y me senté sobre él, bajándome con una lentitud que nos hizo a ambos gemir al mismo tiempo.
—Cuidado —susurró Mateo, con la frente contra la mía—. Estoy muy sensible.
—Y yo —respondí, apoyando las manos en sus hombros—. También.
Subí y bajé, con los ojos cerrados, sintiendo cómo su piel se humedecía contra la mía, cómo su corazón latía con fuerza, cómo el aire se volvía más denso. A un lado, Lucas observaba, con las manos en los muslos, y Lucía seguía con Sofía, que ahora tenía la cabeza echada hacia atrás, los labios entreabiertos, los dedos enredados en el pelo de Lucía. El sonido del viento y la lluvia se mezclaba con los gemidos, con las respiraciones entrecortadas, con los murmullos.
—Ahora tú —dijo Lucía, sin mirarme, pero con la voz cargada de deseo.
Mateo me levantó con suavidad y me puso de pie. Me tomó del mentón y me besó, profundamente, saboreando mi boca mientras sus manos me apretaban las caderas. Luego me giró y me empujó hacia Lucas, que ya estaba desabrochándose el pantalón. Me senté sobre el borde del sofá, con las piernas abiertas, y Lucas se colocó frente a mí, con la erección en la mano. Me pasó el dedo por el clítoris, una y otra vez, hasta que me sentí temblar. Entonces se colocó entre mis piernas y me empujó hacia adentro con un solo movimiento lento y seguro.
—Casi no te siento —susurró—. Como si fueras hecha de humo.
Lucía se acercó por detrás y me besó el cuello, mientras Mateo me rodeaba con los brazos y me acariciaba los pechos. Sofía, ya vestida con el vestido de nuevo pero sin bragas, se sentó a mi lado y me pasó la mano por el muslo, subiendo lentamente hasta rozar el borde de mis bragas.
—Estás tan húmeda —dijo—. Se te nota en el aire.
Lucía me besó la oreja y luego me dijo al oído:
—Quiero que te vengas con él, pero con nosotros.
Y así fue. Lucas empezó a moverse, lento, constante, mientras Mateo me chupaba los pechos, uno a uno, con la lengua y los labios, y Lucía me acariciaba la cara, los cabellos, el cuello. Sofía se puso de rodillas frente a mí y me besó el clítoris mientras Lucas me empujaba con más fuerza. Me sentí colgando del borde del mundo, con las manos agarrando el respaldo del sofá, los pies descalzos en la manta de lana, el corazón latiendo como si quisiera salirme del pecho. Y cuando llegué, fue con un grito que no reconocí como mío, con los ojos cerrados, con la boca abierta, con las piernas temblando, y con los dedos de los tres hombres que me sostenían: Lucas dentro de mí, Mateo agarrándome las caderas, Lucía pasándome la lengua por el labio superior.
Fue breve, pero intenso. Como todo lo que merece la pena.
Cuando todo terminó, nos quedamos así: desordenados, sudados, con las respiraciones pesadas. Sofía me pasó una toalla húmeda para limpiarme. Lucas se recostó en el sofá, con la cabeza sobre el regazo de Lucía. Mateo me besó en la frente. Y yo me sentí, por primera vez en mucho tiempo, completamente libre. Y completamente deseada.
La lluvia seguía cayendo. Pero dentro de ese departamento, todo era calor, tacto, y silencios compartidos.
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