La empleada doméstica y el dueño de casa

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La casa estaba en silencio, solo rota por el ruido sordo del cepillo contra el piso de madera. Lucía, la empleada doméstica de cuarenta y tres años, se inclinaba con esfuerzo para alcanzar el rincón bajo la mesita del comedor, donde el polvo se acumulaba como si tuviera vida propia. Llevaba puesto un delantal azul claro sobre una blusa blanca y una falda corta que marcaba el contorno de sus nalgas redondas y firmes. Sus piernas, bronceadas y musculosas, brillaban ligeramente por el sudor del trabajo. El dueño de casa, Raúl, la observaba desde el marco de la puerta, sin decir nada, con los brazos cruzados y los ojos clavados en el movimiento de sus caderas al inclinarse.

No era la primera vez que la miraba así. Habían pasado tres meses desde que Lucía comenzó a trabajar allí, dos veces por semana, y en cada visita, Raúl notaba algo nuevo: la forma en que se mordía el labio al concentrarse, el leve suspiro cuando se enderezaba después de tanto rato agachada, la manera en que se pasaba la lengua por los dientes cuando le hablaba. Él tenía cincuenta y seis años, viudo desde hacía cinco, con el cuerpo aún fuerte, aunque con un leve abulto en el vientre que no ocultaba bajo camisas holgadas. Pero sus ojos, oscuros y profundos, aún ardían con deseo.

—Ya casi termino, don Raúl —dijo ella sin voltear, sintiendo su mirada como una caricia caliente en la espalda.

—No tienes que tutearme, Lucía —respondió él, acercándose con pasos lentos—. Aquí no soy tu patrón. Soy un hombre solo. Puedes llamarme Raúl.

Ella se detuvo, el cepillo en la mano, y levantó la vista. Él estaba a menos de un metro, con la camisa desabrochada hasta el tercer botón, mostrando un pecho canoso y unos pectorales que aún conservaban firmeza. Sus ojos no mentían: quería algo. Y no era solo limpieza.

—Como usted diga… Raúl —dijo ella, bajando el cepillo y poniéndose de pie con lentitud, como si midiera cada movimiento.

Él dio un paso adelante. Ella no retrocedió.

—Hace mucho calor —murmuró él, acercando una mano a su mejilla. El contacto fue suave, cálido, pero cargado de intención.

Lucía no se apartó. Solo cerró los ojos un instante, como si evaluara el momento. Luego los abrió, y en ellos había una mezcla de deseo y decisión.

—Sí —dijo—. Mucho calor.

Y entonces, sin más palabras, Raúl la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí. Su boca encontró la de ella con urgencia, una mezcla de ansiedad y necesidad acumulada. Sus labios se abrieron, sus lenguas se encontraron, húmedas, exploradoras. Lucía gimió bajo su beso, un sonido grave, profundo, que salió de lo más hondo de su garganta. Sus manos, antes quietas, ahora se movieron: una se aferró a su nuca, la otra bajó hasta su cadera, apretando el tejido de la camisa.

—Quítate eso —susurró Raúl entre besos, tirando del delantal.

Ella se lo quitó con un movimiento rápido, dejando al descubierto sus pechos llenos, con pezones oscuros y erguidos bajo la blusa. No llevaba sostén. Él no esperó más. Le desabrochó la blusa con dedos torpes, ansiosos, y cuando el tejido cayó al suelo, sus manos fueron directo a sus senos, apretándolos con fuerza, masajeándolos con avidez. Lucía jadeó, echando la cabeza hacia atrás, ofreciéndose.

—Tócame todo —dijo ella con voz ronca—. No pares.

Raúl bajó la boca a uno de sus pezones, lo tomó entre los labios y lo succionó con fuerza, mientras con la otra mano masajeaba el otro. Lucía arqueó la espalda, clavando las uñas en su hombro. El placer era intenso, crudo, como si cada terminación nerviosa de su cuerpo se hubiera encendido al mismo tiempo.

—Joder… sí —gimió—. Así, más fuerte.

Él obedeció. Le mordió el pezón con suavidad, luego con más fuerza, arrancándole un gemido agudo. Sus manos bajaron entonces, desabrochando la falda con rapidez. La tela cayó al suelo, seguida de la ropa interior: una tanga negra que apenas cubría su monte. Raúl se arrodilló frente a ella, besó el borde de su cadera, luego el otro, y finalmente hundió la nariz en su entrepierna, respirando su aroma, su humedad, su calor.

—Hueles a deseo —murmuró, antes de apartar la tela con los dientes.

Lucía abrió las piernas, apoyándose en sus hombros. Raúl no perdió tiempo. Pasó la lengua por su sexo con lentitud, desde el perineo hasta el clítoris, una sola pasada larga, húmeda, que hizo que ella soltara un gemido gutural. Luego volvió, más rápido, más profundo, lamiendo con avidez, chupando sus labios, hundiendo la lengua entre ellos como si buscara algo más adentro.

—¡Ay, Dios! —gritó Lucía, con las piernas temblando—. No pares, no pares…

Él no paró. Siguió hasta que ella se corrió, con un espasmo fuerte que la hizo doblarse sobre sí misma, con los dedos enterrados en su cabello, suplicando más. Cuando el orgasmo pasó, Raúl se levantó, con los labios brillantes, la mirada encendida.

—Ahora quiero sentirte dentro —dijo ella, con la voz entrecortada—. Quiero tu polla.

Él no necesitó más invitación. Se desvistió con rapidez, quitándose la camisa, los pantalones, los calzoncillos. Su pene emergió, grueso, venoso, con una cabeza rosada que ya goteaba. Lucía lo tomó en su mano, lo acarició con lentitud, desde la base hasta la punta, haciendo círculos con el pulgar sobre la hendidura.

—Joder… qué buena tienes —susurró, bajando la boca.

Y entonces, con una lentitud deliberada, se lo metió en la boca. Primero la punta, luego más, hasta que su garganta se relajó y lo tragó entero. Raúl soltó un gemido ronco, agarrando su cabeza con ambas manos, moviéndose con suavidad, follando su boca con cuidado, pero con necesidad.

—Así… sí… chupa fuerte —decía entre dientes.

Lucía lo complació, chupando con fuerza, con succión, con los ojos cerrados, disfrutando del sabor salado, del peso de su sexo en su lengua. Lo llevó hasta el fondo, una y otra vez, hasta que él sintió que no aguantaría más.

—Para, para —dijo, retirándose con suavidad—. Si no, me voy a correr.

Ella sonrió, con los labios hinchados, los ojos brillantes.

—No quiero que te corras en mi boca —dijo—. Quiero que te corras dentro de mí.

Raúl la tomó de la mano y la llevó al sofá. La hizo sentar, luego se arrodilló entre sus piernas. Le abrió las rodillas con las manos y, sin más preámbulos, guió su pene hacia su entrada. Lucía jadeó cuando la punta tocó su sexo, mojado, caliente, hambriento.

—Voy a entrar lento —dijo él.

—No —dijo ella—. Entra fuerte. Quiero sentirte.

Y él entró. De un solo empujón, su pene se hundió en ella hasta el fondo, llenándola por completo. Lucía gritó, un sonido entre dolor y placer, y sus uñas se clavaron en sus brazos. Pero no pidió que se detuviera. Al contrario, levantó las caderas, atrayéndolo más adentro.

—¡Sí! ¡Así! —gritó—. ¡Fóllame fuerte!

Raúl comenzó a moverse con cadencia, retirándose casi por completo para luego volver a entrar con fuerza. El sonido de sus cuerpos chocando llenó la habitación: el jadeo de ella, el gruñido de él, el crujido del sofá bajo sus movimientos. Lucía movía las caderas al ritmo de sus embestidas, abriendo más las piernas, buscando que entrara más profundo.

—Joder, Lucía… estás tan apretada… tan caliente —decía Raúl entre dientes.

—Sí… sí… más fuerte —respondía ella, con la voz rota.

Él la tomó de las caderas, la levantó un poco y la penetró con más fuerza, con más velocidad. Cada embestida la hacía gritar, cada retirada la hacía gemir. Sus pechos rebotaban con cada movimiento, sus muslos temblaban. El sudor brillaba en sus cuerpos, mezclándose en el aire caliente.

—¿Te gusta? —preguntó Raúl, con la voz ronca.

—Me encanta —jadeó ella—. Me encanta tu pija dentro de mí. Fóllame hasta que no pueda más.

Él obedeció. Aumentó el ritmo, embistiéndola con furia, con pasión, con necesidad. Sus testículos golpeaban contra su culo, cada impacto enviando oleadas de placer a su columna. Lucía sentía que iba a explotar, que algo en su interior se rompía, se liberaba.

—Voy a correrme —dijo ella de pronto—. ¡Voy a correrme contigo dentro!

—Hazlo —dijo él—. Correte conmigo.

Y entonces, con un grito agudo, Lucía se vino. Su sexo se contrajo alrededor del pene de Raúl, apretándolo con fuerza, arrancándole un gemido gutural. Él no aguantó más. Con tres embestidas más, profunda, salvaje, se corrió dentro de ella, llenándola con su semen caliente, con su deseo acumulado.

Los dos se quedaron quietos, jadeando, sudorosos, abrazados. Raúl no se retiró de inmediato. Permaneció dentro de ella, sintiendo cómo su sexo palpitaba aún con los últimos espasmos del orgasmo.

—Joder… —murmuró—. No esperaba que fuera así.

Lucía sonrió, acariciándole la espalda.

—Yo tampoco —dijo—. Pero no me arrepiento.

Él se retiró con suavidad, y ambos se miraron, sudorosos, exhaustos, satisfechos. Lucía se levantó, se puso la ropa con calma, sin prisa. Raúl la observó, sin ocultar su admiración.

—¿Volverás la próxima semana? —preguntó.

Ella se detuvo, con la blusa en la mano.

—Claro —dijo, con una sonrisa—. Pero no limpiaré tanto.

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