La Cuenta Pendiente
La lluvia de Medellín caía espesa y caliente, como si el cielo se hubiera abierto para lavar los pecados de la ciudad. En un apartamento del Poblado, con las persianas bajas y el aire acondicionado zumbando como un testigo incómodo, dos cuerpos se enfrentaban en silencio. Él, desnudo de cintura para arriba, con el pito tieso y sudoroso dentro del pantalón de tela oscura. Ella, de rodillas, con los ojos clavados en el bulto que se le marcaba en la bragueta, respirando profundo como si estuviera a punto de hundirse en aguas profundas.
—Levantate —ordenó Diego con voz grave, sin mirarla.
Yuli obedeció. Se puso de pie con las piernas temblorosas, los muslos brillando por la humedad del aire y el miedo. Tenía el pelo mojado pegado a la cara, los pechos pequeños pero firmes, con los pezones parados como si estuvieran de pie de guerra. Llevaba una falda corta de cuero que apenas le tapaba el culo, y unas medias rotas que le daban un aire de puta barata, justo como a él le gustaba.
—¿Y ahora qué, Diego? —preguntó con la voz quebrada.
Él no respondió. Caminó hacia ella despacio, con los ojos entrecerrados, como un jaguar midiendo a su presa. Le agarró el pelo con una mano y le dio una nalgada fuerte con la otra. El golpe sonó seco, como un látigo en la noche.
—¡Ahh! —gritó ella, pero no se movió.
—No me hables así —le dijo al oído—. No me digas “qué”, como si no supieras. Tú sabes muy bien lo que te espera.
Yuli bajó la mirada. Hacía cinco años que no lo veía. Cinco años desde que lo dejó plantado en el aeropuerto, con la maleta en la mano y el corazón hecho trizas. Ahora, después de una nota anónima, de una foto subida a un grupo cerrado, de un mensaje cifrado que decía *“sabes dónde y cuándo”*, ella había vuelto. No por amor, no por perdón. Volvió porque le dolía el hueco entre las piernas. Porque nadie la había dominado como él. Porque nadie le había hecho gritar como un animal en celo como Diego Salas.
Él la empujó contra la pared. Le subió la falda de un jalón y le arrancó la tanga de encaje negro.
—Estás mojada —dijo, metiéndole dos dedos de golpe.
Yuli se arqueó, apretó los dientes, pero no se quejó. Sentía cómo los dedos de Diego le separaban el coño, cómo le buscaban el punto hondo, cómo le doblaban el alma. Él movió los dedos en círculos, luego los sacó y se los llevó a la boca.
—Rica —dijo—. Siempre tan rica, hijueputa.
Luego le dio otra nalgada, esta vez más fuerte, en el otro cachete. El culo le quedó rojo, marcado. Yuli gimió, pero esta vez fue un gemido largo, de placer y dolor mezclados.
—¿Te gusta? —preguntó él, mientras le agarraba el cuello con una mano.
—Sí… —respondió ella, con la voz entrecortada.
—¿Qué sí, coño? Habla como persona.
—Sí, patrón… me gusta —dijo, bajando la cabeza.
Diego sonrió. Le gustaba que le dijera “patrón”. Le gustaba que supiera cuál era su lugar. Le soltó el cuello, le dio una última nalgada y luego se desabrochó el pantalón. El pito salió disparado, grueso, oscuro, con la cabeza hinchada y brillante de preseminal. Lo agarró con fuerza y lo movió frente a la cara de Yuli.
—Abre la boca —ordenó.
Ella obedeció. Abrió la boca como una niña buena, y Diego le metió la punta, apenas un poco, apenas para que ella lo probara. Yuli lo chupó con devoción, con hambre, con desespero. Le lamía la cabeza, le mordía suave el frenillo, le lamía el huevo que se le asomaba por debajo del prepucio.
—Así, así, como una puta bien entrenada —decía Diego, empujando más.
Pero no se la metió entera. No todavía. La apartó de un empujón y la hizo girar. Le puso las manos en la pared y le separó las piernas con la bota.
—Hoy te voy a dar por el culo —anunció—. Como la primera vez.
Yuli tembló. Recordaba esa primera vez como si fuera ayer. Ella tenía diecinueve, él veintiséis. Un cuarto de motel en Cali, un frasco de lubricante, y él encima, diciéndole “no te muevas, te voy a partir en dos”. Y lo hizo. Le partió el culo a lamidas primero, luego con un dedo, luego con dos, luego con el pito. Ella gritó como una loca, pero al final se vino tres veces antes de que él terminara.
Ahora, cinco años después, el recuerdo le encendía el cuerpo. Pero también le daba miedo. Porque Diego no era de los que perdonan. Y ella no sabía si su cuerpo aguantaría lo mismo.
Él le escupió en el ano y le metió un dedo sin aviso. Yuli gritó, pero no se movió. El dedo entró hondo, giró, buscó, encontró. Luego metió otro. Y otro. Hasta que tuvo tres dedos dentro, abriéndole el esfínter como si fuera mantequilla.
—Estás floja —dijo con desprecio—. Te has dejado meter muchos pitos por aquí, ¿verdad?
—No… —dijo ella—. Solo tú.
—Mentira —dijo él, y le dio un azote fuerte en el muslo—. Te conozco. Eres una puta que no puede estar sin polla. Pero hoy no es tu noche de suerte. Hoy te vas a portar bien, o te voy a dejar sangrando.
Luego sacó los dedos y se puso un condón. Le escupió encima, lo untó bien, y sin más preparación, le metió la punta.
Yuli gritó. Un grito largo, agudo, desgarrador. Sentía cómo el pito de Diego le abría el culo a la fuerza, cómo le estiraba el ano, cómo le subía por el intestino. Él no se detuvo. Fue metiéndolo poco a poco, centímetro a centímetro, hasta que todo el pito estuvo dentro.
—¡Ahh, coño! —gritó ella—. ¡Duele!
—Calla —dijo él—. Aguanta. Eres mía.
Y empezó a moverse. Lento al principio, luego más rápido, más fuerte. Cada embestida le sacudía el cuerpo, le hacía temblar las piernas, le hacía soltar gemidos que eran mitad dolor, mitad placer. Diego le agarró las caderas con fuerza, le clavó los dedos en la carne, y siguió follando, follando como si quisiera matarla.
—¿Quién te domina? —preguntó entre embestidas.
—¡Tú! —gritó ella—. ¡Tú, patrón!
—¿Y quién te hace venir como nadie?
—¡Tú! ¡Solo tú!
Diego sonrió. Le gustaba oír eso. Le gustaba saber que, después de todo, ella seguía siendo su puta. Aceleró el ritmo. Le dio nalgadas fuertes, una tras otra, hasta que el culo le quedó rojo y hinchado. El sonido de la carne chocando contra carne llenaba el cuarto, junto con los gemidos de Yuli, que ya no sabía si lloraba o reía.
De pronto, Diego se salió. Yuli cayó al suelo, jadeando, con el culo abierto, goteando. Él le dio la vuelta y le separó las piernas.
—Ahora te voy a meter por el coño —dijo—. Pero primero, quiero verte llorar.
Le agarró los pechos, le mordió los pezones hasta que sangraron. Le metió dos dedos en la boca y le dijo que los chupara. Luego le metió los mismos dedos en el coño, le buscó el punto G, le hizo gritar otra vez.
—¿Quieres más? —preguntó.
—Sí… por favor —dijo ella.
—¿Por favor qué?
—Por favor, patrón… métemela.
Diego se quitó el condón, lo tiró al suelo, y se arrodilló. Le abrió las piernas, le separó los labios del coño, y le dio una lamida larga, desde el culo hasta el clítoris. Yuli gritó como si la estuvieran matando. Luego él le metió la lengua, hondo, le chupó el interior, le lamió el punto caliente. Hasta que ella se vino, temblando, con espasmos que le recorrían todo el cuerpo.
—Ahora sí —dijo Diego, poniéndose de pie—. Ahora te voy a partir.
Se subió encima, le separó las piernas, y le metió el pito de una sola embestida. Yuli gritó otra vez, pero esta vez fue un grito de placer puro. Sentía cómo el pito de Diego le llenaba el coño, cómo le estiraba, cómo le daba lo que tanto había extrañado.
Él empezó a follarla con fuerza, con rabia, con dominio. Le agarró el cuello, le dijo que era su puta, que nunca se iba a ir, que iba a ser su esclava para siempre. Yuli asentía, gritaba, le pedía más. Le mordió el hombro, le arañó la espalda, le dijo que lo amaba.
—No me digas eso —dijo él—. No me digas amor. Dime patrón.
—¡Patrón! —gritó ella—. ¡Patrón, por favor, bájame el pantalón!
Diego no entendió al principio. Luego vio que ella le señalaba la cintura. Bajó la mano, buscó en el bolsillo del pantalón, y sacó una navaja pequeña. La abrió con destreza y le cortó la camisa, le cortó el sostén, le dejó los pechos al aire. Luego le cortó la falda, le cortó las medias. Hasta que ella quedó completamente desnuda, con el cuerpo marcado, sudoroso, brillante.
—Eres mía —dijo Diego, follando más fuerte—. Desde hoy, no sales de aquí. Vas a vivir en esta casa. Vas a dormir en el suelo. Vas a comer cuando yo te dé. Y vas a abrir las piernas cada vez que yo diga.
—Sí… patrón —dijo ella, con lágrimas en los ojos.
Y entonces, Diego sintió que se venía. Le agarró las caderas, le metió el pito hasta el fondo, y le llenó el coño de leche. Gritó como un animal, con los dientes apretados, con el cuerpo tenso. Yuli sintió el calor, el chorreo, el poder.
Cuando él salió, cayó al suelo, respirando agitado. Yuli se acercó, le quitó el condón usado, y se lo llevó a la boca. Lo chupó como si fuera un caramelo, como si fuera lo más rico del mundo.
—¿Y ahora? —preguntó él.
—Ahora —dijo ella, sonriendo—, me porto bien. Pero si me porto mal… ¿me vuelves a castigar?
Diego la miró. Le dio una nalgada suave, y le dijo:
—Claro, hijueputa. Y la próxima vez, te voy a atar al techo.
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