La casa de las hiedras
Nunca imaginé que volver a verla me haría temblar tanto. No era miedo, no era inseguridad. Era algo más profundo, como si el tiempo hubiera estado conteniendo el aliento desde la última vez que nuestros cuerpos se rozaron, y ahora, al fin, pudiera exhalar. Cuando abrí la puerta de la vieja casa de la abuela, y ella estaba allí, de pie en el umbral con el sol cayéndole por el hombro como una caricia dorada, supe que no había vuelto por las paredes descascaradas ni por el olor a madera vieja y jazmines. Había vuelto por ella. Por Valeria.
Habían pasado doce años. Doce años desde que nos despedimos en esta misma puerta, sin besos, sin promesas, solo un abrazo que duró demasiado y palabras que no alcanzaron a decir lo que sentíamos. Yo tenía veinte, ella veintitrés. Estudiábamos juntas, vivíamos en la misma ciudad, compartíamos el mismo departamento durante un verano que parecía eterno. Y un día, sin más, se fue. Un mensaje corto: *Me voy, no me busques. No es por ti, es por mí*. Y desapareció.
Ahora, con treinta y dos, el tiempo había dibujado surcos sutiles en su rostro, pero sus ojos seguían siendo los mismos: oscuros, profundos, con esa chispa que encendía algo en mi vientre cada vez que me miraba. Llevaba el pelo más corto, castaño claro, casi rubio por el sol, y un vestido ligero de algodón que ondeaba con el viento del atardecer. No dijo nada al principio. Solo me observó. Y yo, paralizada, dejé que sus ojos me recorrieran como si volvieran a memorizarme.
—No pensé que volverías —dijo al fin, con una voz más grave de lo que recordaba.
—Tampoco yo —respondí, y era verdad. Había venido por el testamento, por la herencia de la casa. Pero al verla allí, supe que no era casualidad. Ella había estado aquí todo el tiempo. Había cuidado del jardín, de las hiedras que trepaban por las paredes, del viejo piano desafinado que mi abuela dejó en el salón.
Entramos sin apuro. El aire dentro era espeso, cálido, con olor a tierra mojada y a flores abiertas. Dejé la maleta en el suelo y cerré la puerta tras de mí. Ella se quedó de espaldas, mirando por la ventana del comedor. El silencio no era incómodo. Era pesado, denso, como si cada segundo contuviera mil palabras que no se atrevían a salir.
—¿Por qué no me avisaste que estabas aquí? —pregunté, sin reproche, solo curiosidad.
—No sabía si querrías verme —dijo, girándose lentamente—. Y no quería forzarte.
Me acerqué. Paso a paso, como si el suelo ardiera. A un metro de ella, me detuve. Su perfume era distinto, más terroso, más maduro. Pero su piel… su piel era la misma. Cálida, suave, con ese brillo que solo tiene quien ha vivido bajo el sol sin prisas.
—¿Y si te digo que sí quise verte? —susurré.
Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, triste, verdadera.
—Entonces habría venido a buscarte.
No pude contenerme. Alargué la mano y toqué su mejilla. Fue un contacto leve, apenas la yema de los dedos rozando su piel. Pero fue suficiente. Ella cerró los ojos. Y en ese instante, supe que todo lo que habíamos vivido no había muerto. Solo había estado dormido.
—Valeria —dije, y su nombre en mi boca sonó como una oración.
Abrió los ojos. Y esta vez, fue ella quien se acercó. Su mano encontró la mía, entrelazó nuestros dedos. No dijimos nada más. No hacía falta. Caminamos juntas al dormitorio principal, el que había sido de la abuela, con la cama grande y las cortinas de lino blanco. La luz del atardecer entraba por la ventana, dibujando cuadrados dorados en el piso de madera.
Me quitó la chaqueta con lentitud. Sus dedos temblaban un poco. Yo también temblaba. Me desabrochó los botones de la blusa uno por uno, sin prisa, como si estuviera desvelando un misterio. Cuando la tela cayó al suelo, sus ojos recorrieron mi cuello, mis hombros, el comienzo de mis senos. No llevaba sostén. Nunca lo usé en esta casa. Aquí, todo era libre.
Se inclinó y besó mi clavícula. Un beso suave, casi reverente. Luego otro, más abajo, en el hueco entre mis pechos. Sentí que el aire se me escapaba. Sus manos subieron por mi espalda, bajaron hasta mis nalgas, me atrajeron hacia ella. Nuestros cuerpos se encontraron al fin, pecho contra pecho, piel contra piel. El calor que despedía era como el de un fuego lento, constante, profundo.
—Te extrañé —susurró contra mi cuello—. Más de lo que pude soportar.
—Yo también —respondí, y era cierto. No un día había pasado sin que pensara en ella.
Me tumbó con suavidad sobre la cama. Se quitó el vestido sin dejar de mirarme. Su cuerpo era distinto, más firme, más marcado por el sol y el trabajo en el jardín. Sus senos, más pequeños, pero con pezones oscuros que se endurecieron al contacto con el aire. Me senté para besarlos. Primero uno, luego el otro. Ella gimió, bajito, como si el sonido tuviera miedo de escapar.
Mis manos exploraron sus muslos, su vientre, el rastro de vello que bajaba desde su ombligo. Ella me detuvo con suavidad, me miró a los ojos.
—Quiero verte —dijo—. Quiero verte entera.
Me desvistió por completo. Me recostó de nuevo y se arrodilló entre mis piernas. Me miró como si fuera la primera vez. Como si nunca hubiera visto nada tan hermoso. Y entonces, bajó la cabeza.
Su lengua fue precisa, cálida, húmeda. Me abrió con lentitud, como si estuviera redescubriendo el mapa de mi placer. No tenía prisa. Saboreó cada rincón, cada pliegue, cada gemido que se me escapaba. Sentí que el tiempo se detenía. Que el mundo se reducía a ese punto exacto donde su boca me tocaba. Sus dedos se unieron, uno, luego dos, entrando con el ritmo justo, mientras su pulgar acariciaba mi clítoris con círculos lentos, insistentes.
—Valeria… —gemí, y su nombre era una súplica.
No me dejó correrme tan rápido. Se detuvo cuando sentía que estaba al borde, me miró con ojos brillantes, sonrió.
—No todavía —dijo—. Quiero que dure.
Me hizo girar, me puso de rodillas. Sentí su cuerpo pegado a mi espalda, sus senos contra mi espalda, su mano acariciando mi cuello, bajando hasta mis pechos. Con la otra, me abrió de nuevo. Esta vez, fue más intensa, más profunda. Sentí que me deshacía. Que todo lo que había guardado durante años salía en oleadas de calor, de gemidos, de sudor.
Cuando al fin me dejó correrme, lo hice con un grito ahogado, con espasmos que me recorrieron desde los dedos de los pies hasta la nuca. Ella no paró. Siguió moviendo los dedos, siguió lamiendo, hasta que sentí que no podía más.
Luego, me abrazó por detrás, me acostó sobre ella. Nos quedamos así, piel con piel, sudor con sudor, respiración con respiración. No hablamos. No hacía falta.
Al anochecer, encendimos velas. Comimos queso y uvas en la terraza. Reímos por cosas que solo nosotras entendíamos. Y cuando volvimos a la cama, fue con la calma de quienes saben que no hay prisa. Que esta vez, no se van a ir.
Porque esta vez, no fue un reencuentro. Fue un regreso. A casa.
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