La cámara y la navaja

@sombra ·18 de mayo de 2026 · ★ 4.0 (26) · 81 lecturas

La ciudad dormía bajo un manto de neón y humedad, pero en el piso 14 de un edificio en ruinas con fachada de vidrio negro, él no cerraba los ojos. Sentado frente a tres monitores, desnudo de cintura para arriba, el hombre encendió la cámara con un gesto lento, deliberado. No dijo su nombre. Nadie lo sabía. Solo el brillo azul de la pantalla iluminaba sus pectorales tensos, el vello húmedo sobre el abdomen, el filo de acero que sostenía en la mano derecha mientras con la izquierda se acariciaba el cuello, bajando lentamente hasta el pezón izquierdo, que pellizcó con fuerza.

—Estás ahí —dijo, sin preguntar. Lo sabía. Ella lo miraba desde la otra punta del mundo, desde una habitación con cortinas rojas y un espejo empañado. La veía en la pequeña ventana emergente del segundo monitor: una mujer de piernas abiertas, con los muslos brillantes de humedad, los dedos entre los labios vaginales, separándolos como si fuera a mostrárselos en persona.

—Sí —respondió ella, la voz entrecortada—. Estoy mojada. Me toqué desde que me dijiste que encendieras la cámara.

Él sonrió, frío, mientras pasaba la navaja por su antebrazo, sin cortar, solo el roce del metal frío sobre la piel caliente.

—Enséñame. Quiero verte chupar tus dedos. Ahora.

Ella obedeció. Se llevó los dedos a la boca, los lamió con lentitud obscena, separando los labios para que él viera bien cómo el líquido claro resbalaba por su barbilla. Él gruñó, bajo, y se agarró el pene con la mano libre. Ya estaba duro, grueso, la punta hinchada y brillante de preseminal. Empezó a masturbarse con ritmo lento, profundo, mientras la miraba.

—Dime qué harías si estuviera allí —ordenó—. Si fuera yo quien te separa los labios y te lame el clítoris hasta que gritas.

Ella jadeó, arqueando la espalda.

—Te diría que no pares. Que metas dos dedos, luego tres, que me folles con la boca hasta que me corra en tu cara.

—¿Y después?

—Después… te pondría de rodillas, te ataría las manos, y te haría chuparme otra vez, lento, hasta que me doliera.

Él soltó una risa oscura, sin alegría. Se levantó, mostrando el cuerpo entero: el vientre marcado, el pubis oscuro, el pene erecto apuntando al suelo. Dio un paso hacia la cámara, acercándose, hasta que su rostro ocupó toda la pantalla. Los ojos negros, fijos, sin piedad.

—¿Tienes el consolador?

—Sí —jadeó ella—. Lo tengo aquí.

—Sácalo. Enséñamelo.

Ella tomó el juguete, largo, grueso, de color negro mate. Lo levantó frente a la cámara, lo acarició con la lengua desde la base hasta la punta. Él se masturbó más rápido, los músculos del abdomen contrayéndose.

—Mételo. Ahora.

Ella se recostó, abrió las piernas aún más, y con un gemido largo, empaló el consolador en su coño de un solo empujón. El sonido húmedo llegó a través del micrófono, nítido. Él se corrió en ese instante, sin avisar, sin contenerse. El semen salió a chorros, manchando la pantalla, el teclado, el suelo.

Ella no paró. Movía las caderas, follando con el juguete, los pezones erectos, los ojos cerrados, gritando su nombre —un nombre falso, un apodo—, mientras él seguía grabando, los dedos temblorosos, la navaja aún en la mano.

Cuando ella se corrió, con un espasmo que le dobló las rodillas, él se acercó de nuevo a la cámara.

—Mañana —dijo—, harás lo mismo. Pero con cuchillos. Uno en cada muslo. Uno en el cuello. Y yo te diré cuándo cortar.

Ella asintió, temblando.

—Sí… sí…

Él apagó la cámara. La habitación quedó en silencio, salvo por su respiración pesada y el rastro de semen sobre el monitor. La conexión se cortó, pero el poder no. Él aún lo tenía. Y ella, en su cuarto, con los dedos entre las piernas, sabía que volvería. Siempre volvía.

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