La botella de tequila y la correa de cuero
6 minLa botella de tequila y la correa de cuero
La botella vacía de tequila reposaba boca abajo sobre la mesa de madera oscura, goteando el último trago residual en un charco ambarino que se extendía como una mancha de sangre seca. En el suelo, entre los restos de cristales rotos y la alfombra de piel de serpiente sintética, estaba ella: Manuela, de 32 años, rodillas en tierra, espalda arqueada, nalgas separadas, culo brillante por el sudor y el aceite de menta que Joaquín le había untado antes de mandarla a rodar. Tenía los ojos cerrados, los dientes apretados, pero no por frío —porque la habitación estaba caliente, sí, pero también por la punta fría del látigo de cuero que Joaquín le acercaba al ano, rozándolo con delicadeza, como si ya le estuviera leyendo la mente.
—Aguántala, chingada —le dijo Joaquín, sin voz de enojo, pero con el tono firme de quien no está pidiendo, sino anunciando—. No la sueltes hasta que yo te diga.
Manuela bufó, pero no se movió. Sabía cuánto le gustaba a Joaquín que obedeciera sin chistar, sin hacerse la idiota con esas preguntas de “¿y si me duele?” o “¿y si no puedo?”. Ella no era tonta. Había estado en otras fiestas, en otros cuartos oscuros, con otros hombres que la rechinaban los dientes con la verga, pero Joaquín era distinto. No le exigía sumisión por debilidad, sino por poder —porque él tenía algo que los demás no: paciencia para hacerla sudar, para hacerla esperar, para hacerla *pensar* en lo que iba a pasarle cuando él decidiera que ya había aprendido la lección.
La correa de cuero era ancha, con un nudo doble en el centro, y Joaquín la flexionó una vez, lentamente, dejando que el sonido resonara como un trueno en el silencio. Manuela sintió el zumbido en los huesos de la cadera, anticipando el primer golpe. No se volvió. No quería verlo venir. Quería sentirlo como una sorpresa, como una descarga eléctrica que le quemara la piel antes de que su cerebro tuviera tiempo de resistirse.
—Mira —le dijo Joaquín, agarrándole del pelo con fuerza y obligándola a levantar la cabeza. Ella lo hizo, con los ojos entrecerrados, las pestañas mojadas—. Sabes qué pasó la última vez que me mintiste, ¿verdad?
Ella asintió. Había dicho que no le gustaba el calor, que no le agradaba el látigo, que no le gustaba *él*, en ese orden. Joaquín le había hecho repetir cada frase, una por una, mientras le clavaba un alfiler en el muslo, sin romper la piel, solo presionando hasta que ella lloraba. Le había enseñado que el cuerpo no miente, que el dolor es la verdad más clara que existe, y que el silencio, cuando él lo permite, es un regalo.
—Entonces no me mientas ahora —dijo Joaquín, soltándole el pelo y agarrándole la mandíbula con los dedos húmedos de tequila—. ¿Te gusta esto?
—Sí —murmuró ella.
—¿Qué te gusta?
—El látigo.
—¿Qué más?
—Que me digas qué hacer.
—¿Y si te digo que te levantes?
Ella dudó. Sólo un segundo. Pero lo suficiente para que Joaquín le propinara un golpe seco en la nalg izquierda, con la punta del látigo, sin soltar la correa. El impacto le hizo soltar un grito ahogado, pero no se movió. Él asintió, satisfecho.
—Levántate. Despacio. Si te caes, te devuelvo a donde te saqué.
Ella se puso de pie, temblando. Tenía los muslos sudados, las tetas colgándole un poco por el sostén roto que Joaquín le había quitado antes de obligarla a arrodillarse. Llevaba pantalones ajustados, pero ya no; los había dejado en el suelo con el resto de sus prendas, excepto las medias de red, que aún le subían hasta la rodilla, con los agarres de encaje apretando la piel. Joaquín la observó como si la estuviera despidiendo de un tren que ya sabía que no la llevaría a ninguna parte.
—A cuatro patas.
Ella obedeció. Se puso sobre manos y rodillas, con la frente pegada al suelo, el culo en alto, el culo que Joaquín ya conocía de memoria: redondo, firme, con una pequeña marca de nacimiento en la nalg derecha que él llamaba “la marca del diablo”, y que cada vez que la veía, le daba ganas de morderla hasta que sangrara.
—Mira esto —dijo él, acercándose y abriendo su jeans. Sacó la verga, dura, gorda, con el glande morado y brillante, cubierto de pre-cum que se deslizaba por la punta. Se la sostuvo frente a las narices de Manuela, hasta que ella inhaló el olor a sudor y sal y tequila. Lo sintió. Lo olió. Lo reconoció.
—Aguántala.
Ella extendió la mano, titubeó. Él no le dio tiempo.
—No. Con la boca. Abre.
Ella abrió. Él le metió la verga hasta la base, sin cuidado, sin pedir permiso, y Manuela tosió, pero no se retiró. Él la sujetó del pelo y comenzó a sacarla y meterla, lento al principio, luego con más fuerza, hasta que ella sintió que el fondo de su garganta se quemaba, que sus ojos lagrimeaban, que su nariz se tapaba con el olor de su propia sudoración y el de él.
—Ya basta —dijo Joaquín, y sacó la verga con un chasquido húmedo—. Acomódate.
Ella se acomodó, respirando con la boca abierta, la lengua fuera, la saliva goteándole por el mentón. Joaquín se arrodilló detrás de ella, le abrió las nalgas con las manos, y con la punta de la verga, la empujó dentro del ano. Ella se tensó. Él no la forzó. La esperó.
—Respira —dijo él—. No te agarres. Déjate cargar.
Ella hizo un esfuerzo. Soltó el músculo. Y entonces la verga entró, un centímetro, dos, tres. Joaquín se detuvo, le besó la nuca, le chupó una cicatriz antigua de un corte de navaja que ella se había hecho en una pelea con su ex.
—Te tengo —dijo—. Te tengo desde que entraste a esta casa. Sabía que ibas a venir. Que ibas a querer esto.
Ella asintió, con la frente still contra el suelo, las manos agarrotadas contra la alfombra. Él comenzó a moverse, lento, profundo, con un ritmo que no era de desesperación, sino de posesión. Cada empujón le arrancaba un quejido, no de dolor, sino de rendición. Sus nudillos se pusieron blancos. Sus pies se arquearon. Y cuando Joaquín le agarró las tetas, le apretó los pezones con los pulgares y los índices, ella gritó.
—Tú me quieres, ¿verdad? —le preguntó Joaquín, sin detenerse—. ¿Me quieres o me odias?
—Te quiero —respondió ella, sin pensarlo—. Te quiero chingar hasta que no puedas más.
Él se rió, bajo, grave, y le dio un golpe en la nalg derecha, fuerte, con la palma abierta. Ella gritó de nuevo, pero esta vez con placer. Él le metió dos dedos en la vulva, sin freno, sin pausa, moviéndolos como si le estuviera sacando un secreto, como si le estuviera exfoliando el clítoris con la uña, hasta que ella se descontroló.
—Mierda —dijo ella—. Mierda, Joaquín, mierda.
Él le metió el pellejo de la nalg izquierda con los dientes, le chupó el ombligo, le lamió el culo como si fuera un postre que se había demorado en preparar, y entonces, con una última embestida profunda, se corrió dentro de ella, con un gruñido que salió de lo más hondo, como si le estuviera arrancando una confesión.
Se derritió sobre su espalda, la verga aún dentro, el sudor de ambos mezclándose, y Manuela, aún agarrada al suelo, con el culo lleno de su semilla, con la boca seca y la garganta quemada, le susurró:
—Otra vez.
Joaquín le acarició el pelo, le besó la sien.
—Mañana —dijo—. Hoy te he dado lo que pediste. Mañana, te daré lo que necesitas.
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