La bailarina del antifaz
Yo no creía en las obsesiones hasta que conocí a la mujer del antifaz. Fue en uno de esos eventos privados a los que uno llega por invitación, por boca de amigo, por saber mantener la boca cerrada. En un departamento del centro de la Ciudad de México, con cortinas cerradas y música baja, pero con el corazón acelerado como si fuera un concierto de rock. Nadie gritaba, pero todos sentíamos el mismo pulso: el del deseo contenido, el de la piel que pide más.
Yo entré con el ceño fruncido, desconfiado. No soy de esos que se dejan llevar por curiosidades baratas. Pero ese lugar… era distinto. No por lo que se hacía, sino por cómo se hacía. Todo era lento, calculado, elegante. Como si el sexo no fuera un acto, sino un ritual. Y en medio de todo, ella. Con su antifaz negro, de terciopelo, apenas cubriendo los ojos, dejando al descubierto una boca roja como si hubiera estado chupando fresas con vino. Llevaba un vestido rojo, ceñido, pero sin transparencias baratas. Todo en ella era sugerencia. Nada era explícito. Y eso me volvió loco.
Me miró. No fue una mirada cualquiera. Fue como si supiera lo que yo pensaba, lo que yo quería, lo que yo temía. Y sin decir palabra, se acercó. Su perfume era dulce, con un toque de canela y humo. Caminaba despacio, con una cadencia que no era solo andar, sino bailar. Llevaba tacones rojos, altos, delgados como agujas. Y cuando pasó junto a mí, rozó mi brazo con su cadera. Un roce mínimo, apenas un segundo. Pero bastó para que se me erizara la piel.
—¿Te gusta mirar? —me dijo al oído, con voz baja, casi un susurro. —Depende de qué —respondí, tratando de no sonar afectado. —Yo no soy lo que crees —dijo—. Yo soy lo que tú necesitas.
Y se alejó. No me dio tiempo a responder. Se fue hacia un rincón donde había una especie de tarima baja, con luces tenues. Y allí, frente a todos, comenzó a moverse. No era un baile vulgar. Era otra cosa. Como si cada músculo de su cuerpo tuviera una historia que contar. Giraba despacio, levantaba un brazo, se tocaba el cuello, bajaba una mano por la cintura, se mordía el labio. Y todo, con el antifaz puesto. Como si su identidad fuera un secreto que no quería revelar ni a sí misma.
Yo no podía despegar la vista. Sentía la verga tensa dentro del pantalón, como si quisiera salir a buscarla. Pero no era solo eso. Era el misterio. Era el poder que ella tenía sin decir una palabra. Era la forma en que movía las nalgas, con un ritmo que parecía bailar con mi pulso. Cada vez que daba una vuelta, sentía que me miraba directo a los ojos, aunque no podía ver sus pupilas. Y cuando se agachó lentamente, como si fuera a recoger algo del suelo, el vestido se le subió apenas, mostrando un pedazo de piel blanca, lisa, perfecta. Y allí, en la parte baja de su espalda, tenía un tatuaje pequeño: una mariposa negra.
Eso me desarmó. No sé por qué. Tal vez porque era tan íntimo, tan personal. Como si me hubiera regalado un secreto sin querer. Y en ese momento, supe que quería más. No solo verla. Quería tocarla. Quería quitarle ese antifaz con los dientes. Quería chingarla lento, muy lento, hasta que me rogara que parara. Y entonces, justo cuando pensé eso, ella se detuvo. Se quedó de espaldas, con la cabeza baja, y luego, sin darme tiempo, caminó hacia mí.
—Tú —dijo, señalándome con un dedo. —¿Yo? —Sí. Tú. Ven.
Me tomó de la mano y me llevó a una habitación más pequeña, con una cama redonda y luces rojas. Cerró la puerta con llave. No me habló. Solo se sentó en la cama y me miró. Yo me quedé de pie, sin saber qué hacer. Ella sonrió.
—Quítate el saco —dijo. Lo hice. —Ahora la camisa.
Me desabotoné despacio, sin dejar de verla. Sentía el corazón en la garganta. Cuando me quité la camisa, ella se levantó y caminó hacia mí. Me tocó el pecho con una sola mano, con la yema del dedo, dibujando círculos. Luego bajó, bajó, hasta llegar al cinturón.
—¿Tienes miedo? —preguntó. —No —mentí. —Mientes bien —dijo—. Pero me gusta.
Me desabrochó el pantalón sin prisa. Me lo bajó junto con los calzoncillos, y mi verga saltó libre, dura, caliente. Ella no la tocó. Solo se arrodilló frente a mí y la miró. Como si fuera una obra de arte. Y entonces, sin previo aviso, me tomó los testículos con una mano y los apretó suave, apenas un poco. Sentí un calambre que me subió desde las entrañas hasta la nuca.
—Te gusta, ¿verdad? —dijo. —Sí —dije, con la voz ronca. —No lo digas. Muéstramelo.
Se paró, se quitó los zapatos, y se acostó en la cama boca abajo. Me miró por encima del hombro.
—Ven. Ayúdame con el vestido.
Fui hacia ella. Me arrodillé a su lado. El cierre estaba en la espalda, arriba. Pero en lugar de subirle el vestido, lo bajé despacio, centímetro a centímetro, descubriendo su piel. Cuando llegó a la cintura, se detuvo. Ella se movió un poco, como si se acomodara, y entonces vi sus nalgas. Redondas, firmes, separadas por una tira delgada de encaje negro. No era ropa interior completa. Era un tanga, apenas un hilo. Y allí, en la parte baja de la espalda, la mariposa tatuada parecía moverse con su respiración.
—Tócame —dijo. Puse una mano en su nalga. Estaba caliente. La apreté. Ella gimió bajito. —Más fuerte.
La apreté más. Luego la otra. Y entonces, sin pensarlo, bajé la mano y pasé un dedo por el hilo del tanga, por el surco entre sus nalgas. Ella se arqueó.
—Otra vez —dijo.
Lo hice. Una y otra vez. Sentía cómo se humedecía, cómo el encaje se pegaba a su piel. Me quité los zapatos, los pantalones, todo. Me acosté sobre ella, sin entrar. Solo con la verga rozándole el culo. Sentía su calor, su sudor, su olor. Me mordió el hombro.
—¿Quieres cogerme? —preguntó. —Sí —dije—. Pero quiero verte la cara.
Hubo un silencio. Largo. Ella se quedó quieta.
—No —dijo al fin—. No todavía.
Y entonces, me empujó suavemente y se dio vuelta. Quedó boca arriba, con las piernas abiertas, el tanga a un lado, la concha al descubierto. Mojada, brillante, con un vello fino, cuidado. Pero el antifaz seguía puesto.
—Hazlo —dijo—. Pero no me quites el antifaz.
Entré despacio. Muy despacio. Como si estuviera entrando en un templo. Ella gritó bajito, como un gemido contenido. Se aferró a mis brazos. Y yo comencé a moverme. Lento, rítmico, con cuidado. Sentía cómo me apretaba, cómo se ajustaba a mí. Cada embestida era un descubrimiento. Cada jadeo, una caricia. Y todo, con el misterio de su rostro oculto.
Pero entonces, algo cambió. Empecé a querer más. No solo su cuerpo. Quería su nombre. Quería su historia. Quería saber por qué usaba ese antifaz. Y sin pensarlo, levanté una mano y la puse en el borde del terciopelo.
—No —dijo ella, agarrándome la muñeca—. No lo hagas.
Pero yo seguí. No con fuerza, pero con decisión. Y cuando estuve a punto de quitárselo, ella se movió rápido, me empujó, y quedó encima. Ahora ella me montaba. Con las piernas abiertas, con la concha apretándome, con el antifaz intacto.
—Si me quitas el antifaz —dijo—, se acaba todo.
Y aunque quería, aunque moría por verla, entendí. Era parte del juego. Era parte de la obsesión. Y yo ya estaba obsesionado. Con su voz, con su olor, con la forma en que se mordía el labio cuando llegaba al borde del orgasmo. Con la mariposa en su espalda. Con el antifaz.
Así que dejé de intentar. Me dejé llevar. Ella subía y bajaba, lento, con maestría. Cada movimiento era una tortura deliciosa. Sentía que iba a correrme en cualquier momento, pero me aguantaba. Quería que durara. Quería que fuera eterno.
—Dime tu nombre —le pedí, jadeando. —No —dijo—. No necesitas saberlo.
Y entonces, sin más, se corrió. Con un grito ahogado, con el cuerpo tenso, con las uñas clavadas en mis hombros. Y yo, al sentirla, no pude aguantar más. Me corrí dentro de ella, fuerte, largo, como si fuera la primera vez. Me quedé dentro, con la respiración agitada, con el corazón desbocado.
Ella se dejó caer sobre mí. Nos quedamos así, abrazados, sin hablar. Pasaron minutos. Horas, tal vez. No sé. Cuando quise hablar, ella ya no estaba. Solo quedaba el antifaz, sobre la almohada. Y el perfume. Y la mariposa en mi memoria.
Nunca volví a verla. Pero cada vez que cierro los ojos, la siento. En el roce del terciopelo, en el taconeo lejano, en el sabor de sus labios que nunca besé. Y entiendo que el fetichismo no es solo por el objeto, sino por lo que representa: el misterio, el deseo, lo prohibido. Y a veces, lo más erótico no es lo que se ve, sino lo que se imagina.
Porque yo sigo imaginándola. Cada noche. Con el antifaz puesto. Y con la certeza de que, si alguna vez me muestra su rostro, dejará de ser perfecta. Y yo prefiero que siga siéndolo.
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