Esa vez que regresó mi ex del pasado
La noche caía lenta sobre la Ciudad de México, con ese aire tibio que se cuela por las ventanas abiertas y huele a asfalto mojado y deseo. En un departamento pequeño de la Roma, con las luces bajas y una copa de vino tinto en la mano, Lucía esperaba a que sonara el timbre. No lo esperaba con ansiedad, sino con esa mezcla de miedo y lujuria que solo traen los reencuentros prohibidos.
Hacía ocho años que no veía a Diego. Ocho años desde que se habían cogido por última vez en la cama de su primer departamento, en la Narvarte, con las sábanas revueltas y los besos sudorosos. Él se había ido a trabajar a Guadalajara, luego a Monterrey, y después, como tantos, se fue a Estados Unidos. Pero ahora estaba de vuelta, y le había escrito un mensaje simple: *“¿Puedo verte? Tengo ganas de ti.”*
No se lo pensó dos veces. Lo quería. Y aunque llevaba tres años casada con un hombre que apenas la tocaba, supo que esa noche sería distinta.
Cuando sonó el timbre, se ajustó el vestido corto de encaje negro, se miró al espejo y sonrió. A sus treinta y cuatro, tenía el cuerpo más firme que nunca: tetas redondas, nalgas prietas, piernas largas. Abrió la puerta y allí estaba él, más bronceado, más hombre, con esa mirada de lobo que nunca olvidó.
—Hola, Lucía —dijo, sin sonreír, con la voz gruesa.
—Pasa, cabrón —respondió ella, cerrando la puerta de un empujón.
No hubo preámbulos. Diego la tomó de la cintura, la pegó contra la pared y le hundió la lengua en la boca. Ella gimió, sorprendida por la intensidad, y sintió cómo le subía el vestido con una mano, mientras con la otra le apretaba el culo.
—Siempre quise cogerte así —murmuró él entre dientes, mordiéndole el cuello—, como una perra en celo.
—Pues cógeme —jadeó ella—, pero no me falles como la última vez.
Se fueron al cuarto, tropezando entre besos, arrancándose la ropa. Diego se quitó la camisa con furia, mostrando un torso marcado por el gimnasio y el trabajo duro. Lucía se desabrochó el sostén con una mano, dejando caer los senos libres, pesados, con los pezones duros. Él no dudó: se arrodilló y le chupó un pezón, luego el otro, mientras le bajaba las bragas con los dientes.
—Qué rico sigue tu culo —dijo, dándole una nalgada fuerte que la hizo gritar—. Lo recuerdo bien.
Ella se sentó en la cama, abrió las piernas y lo miró con deseo.
—¿Y tu verga? ¿Sigue tan grande como la recuerdo?
Diego se bajó el pantalón y la ropa interior de un jalón. Su verga, larga y gruesa, con esa vena que le corría por un lado, se alzó como un mástil.
—¿Y tú qué crees? —preguntó, con sorna.
—Creo que voy a chupártela hasta que me la metas —dijo ella, acercándose.
Se arrodilló frente a él y le tomó la verga con la mano. La olió, la besó en la punta, y luego la metió entera en la boca. Chupó con hambre, con saña, como si quisiera vengarse de todos los años sin él. Diego le agarró el cabello y empezó a joderle la boca, entrando y saliendo con fuerza.
—Así, cabrón —murmuró ella, con la boca llena—, así me gusta.
Cuando sintió que estaba a punto de correrse, la apartó con cuidado.
—No, no, mi reina. Esto no se acaba así.
La empujó suavemente hacia la cama, le abrió las piernas y se colocó entre ellas. Le acarició los muslos, el interior de las rodillas, los labios hinchados de tanto deseo acumulado.
—Estás mojada —dijo, metiéndole un dedo—. Jodidamente mojada.
—Porque te quiero a ti —gimió ella—. Desde que me escribiste, no he pensado en otra cosa.
Diego se puso un condón y, sin más preámbulos, la penetró de una estocada. Lucía gritó, sorprendida por el tamaño, por el calor, por el recuerdo que volvía.
—¡Sí, cabrón! ¡Así! —chilló, arqueando la espalda.
Él empezó a moverse con ritmo lento al principio, luego más fuerte, más rápido, cogiéndola como si fuera la última vez. Le agarró las nalgas, le separó las nalgas y le metió un dedo al ano, mientras seguía entrando y saliendo.
—¿Te acuerdas cuando te cogí así por primera vez? —preguntó él, jadeando.
—Sí… —gimió ella—, y quiero que me hagas lo mismo.
No pasó mucho tiempo antes de que los dos llegaran al límite. Lucía se corrió con un grito agudo, sintiendo cómo el orgasmo le recorría el cuerpo como una descarga. Diego, con un gruñido profundo, se corrió dentro del condón, derrumbándose sobre ella.
Se quedaron así, sudorosos, jadeantes, con el corazón acelerado.
—No fue solo sexo —dijo Lucía, acariciándole el rostro.
—No —respondió él—. Fue un reencuentro.
Y ambos supieron que esto no terminaba ahí.
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