Entre los dedos del viento
Lucía tenía los pies descalzos sobre el piso de madera tibio del balcón, y el viento del sur, ese que llega sin anunciar su nombre, le jugaba con las puntas del cabello. Eran casi las once de la noche, pero en verano, la ciudad no duerme: solo se detiene un instante, entre el eco de un trago y el primer suspiro. Estaba sola —o eso creía— hasta que escuchó el crujido de la puerta corrediza. —No toques la silla, que aún no he terminado de sacudirle el polvo al silencio —dijo sin volverse, sabiendo que solo uno hacía ese ruido tan particular al caminar: los zapatos con suela de goma, los pasos lentos, los ojos que ya la habían visto mil veces y seguían aprendiéndola.
Mateo entró con una botella de vino tinto, dos copas, y una sonrisa que no alcanzaba a cubrir del todo la curva de sus labios, ni la tensión que se le marcaba en las muñecas. Llevaba una camisa abierta hasta el ombligo, y en el bolsillo trasero, un pañuelo de seda azul oscuro: el mismo que ella le había regalado el año anterior, cuando él cumplió treinta y cinco y le dijo: *“Si alguna vez te sientes atrapado, recuerda que el aire siempre tiene una grieta por donde escapar”*.
—Pensé que no ibas a venir —dijo Lucía, tomando la copa que él le ofrecía.
—Yo pensaba lo mismo. Hasta que vi el cielo lleno de nubes bajas y supe que el tiempo nos prestaba un respiro.
No hubo abrazo inmediato. Primero, el vino: un Merlot suave, con notas a ciruela negra y tierra húmeda. Luego, los dedos de Mateo rozando el dorso de los suyos al tomar una uva del plato que ella había preparado. Un roce breve, intencional, como una nota musical que se sostiene más de lo esperado.
—¿Te acuerdas de aquella noche en la terraza del vecindario? —preguntó él, sentándose a su lado, pero no tan cerca como para asustarla.
—Claro que me acuerdo. El fuego en la calle, el olor a humo en la piel, y tú, con las manos temblorosas porque no sabías si besar mi cuello o desabrocharme la blusa.
—Me temblaban porque no sabía si ibas a aceptar que me quedara.
—Y ahora sí lo sabes —dijo ella, girándose hasta quedar frente a él, las rodillas casi tocándose—. Pero me interesa saber si, esta vez, vas a tener miedo.
—Sí —respondió él sin vacilar—. Tengo miedo de que cuando te toque, no basten mis manos para lo que quiero recordarte.
Entonces ella puso su mano sobre su pecho, sentió el latido rápido, desbocado, bajo la tela. Y le habló con la voz baja, como si confesara algo que nadie más debiera escuchar: —Entonces, no te apresures. Que el tiempo no sea el enemigo esta vez. Que cada segundo cuente, que cada respiración se alargue como un canto.
Mateo la besó entonces, pero no con urgencia, sino con deliberateza: los labios primero, como si probara su sabor, como si estuviera acostumbrándose a la forma en que se abrían. Luego, los dedos, que deslizaron suavemente la hebilla del cinturón, sin deshacerlo del todo, solo para sentir el peso del metal contra su muslo.
—Quiero verte —dijo él, y ella asintió—, pero no como solía hacerlo. No como cuando me moría por tenerte entera en mis manos. Esta vez, quiero verte descansar en la luz.
Ella se levantó, lentamente, como si cada movimiento fuera una decisión consciente. Se despojó de los zapatos, luego de la blusa, dejando que el aire rozara primero su espalda, después sus hombros, y finalmente, con cuidado, la curva de sus senos. No se ocultó. Se ofreció.
Mateo no la tocó de inmediato. Se puso de pie, la empujó con suavidad contra la baranda, y con los dedos, trazó líneas imaginarias sobre su columna: la primera desde la nuca hasta el omóplato, la segunda desde la base de la espalda hasta la cintura. Un mapa que solo él conocía, un topografía de confianza.
—¿Te acuerdas de la primera vez que me dijiste que me gustabas? —le susurró al oído, mientras sus labios rozaban su oreja—. No fue cuando te besé en el ascensor. Fue cuando me dijiste que me querías ver con los ojos cerrados.
—Sí —musitó ella—. Porque así supe que me querías con tu cuerpo, no solo con tus ojos.
Él la giró entonces, y la miró fijamente, los ojos semicerrados, como si la estuviera aprendiendo a leer con las yemas de los dedos. Bajó sus manos hasta sus muslos, los separó con suavidad, y con la frente apoyada en su hombro, respiró su cuello, lento, profundo.
—Hoy no voy a correr —dijo—. Hoy voy a jugar con el tiempo. Y tú, si quieres, puedes guiar mis manos.
Y así comenzó, no con el impulso, sino con el descubrimiento. Con la certeza de que lo que se toca con calma, se guarda con más fuerza.
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