Entre el deseo y la brisa de Medellín — Parte 1
Yo soy Adriana Vélez, pero aquí, en mi barrio, en mi mundo, me dicen *Adriana_v*, como si la *v* fuera de vicio, de victoria, de vaina. Tengo treinta y dos años bien llevados, piel canela que el sol de Sabaneta le puso brillo, y un cuerpo que no se disculpa por existir. Trabajo como arquitecta paisajista, diseño jardines que parecen sueños húmedos, llenos de sombras y caminos secretos. Vivo sola en una casa antigua de teja roja, con rejas forjadas y un patio donde crece un buganvilla tan salvaje que a veces siento que me espía.
Pero esta historia no empieza conmigo, sino con él.
Se llama Santiago, aunque todos le dicen *Santi*, y llegó al barrio hace tres semanas, mudándose a la casa de al lado. Dicen que es escritor. Yo no sé si es verdad, pero tiene pinta: pelo despeinado como si acabara de levantarse de una hoja en blanco, ojos grises que parecen leer más de lo que dicen, y un aire ausente que no sé si es genio o tristeza. Lleva camisas abiertas hasta el tercer botón, y cuando camina descalzo por el jardín, como si el concreto no le quemara los pies, me dan ganas de gritarle: “¡Cuidao, que te vas a quemar las almas!” Pero no digo nada. Solo lo miro desde mi ventana, como una tonta.
La primera vez que hablamos fue por culpa del perro. Un mestizo grande, negro, que yo llamo *Bolívar*, pero que él ahora insiste en llamar *Boli*. Resulta que mi perro se escapó y se metió a su patio, y cuando fui a buscarlo, lo encontré sentado en una silla de patio, descalzo, con un libro en una mano y la otra acariciándole la cabeza a *Boli*, que parecía en éxtasis.
—Tu perro tiene mejor gusto que la mayoría de la gente —dijo sin levantar la vista—. Le gusta *Borges*.
Yo me quedé allí, con el sol de la una pegándome en la espalda, sudando un poco, el corazón en la garganta.
—Pues sí —le respondí—, pero no es mi perro, es mi terapia. Y usted, ¿quién es, don poeta?
Entonces sí me miró. Lento. Como si me estuviera midiendo con los ojos, centímetro a centímetro, desde los pies descalzos hasta el pelo recogido en una coleta desordenada.
—Soy el vecino —dijo—. El que ahora tiene que lavar el sillón porque su terapia le dejó pelo por todos lados.
Nos reímos. Fue una risa tonta, de esas que salen cuando uno no sabe qué hacer con la electricidad que hay en el aire. Y hubo electricidad. De esas que hacen que el aire se espese, que el tiempo se ralentice. Él se paró, se estiró la camisa, y yo vi, por un segundo, el vientre tenso, el comienzo de un pito que se adivinaba bajo el algodón ligero. No fue mucho. Pero fue.
Desde entonces, nos saludamos. Un “buenos días”, un “¿cómo va el día?”, un “¿le presto un café?”. Nada más. Pero todo lo que no se dice pesa más. Yo siento que algo se mueve entre nosotros, como una brisa que no se atreve a convertirse en viento.
Hasta anoche.
Anoche llovió como si el cielo se hubiera cansado de aguantar. Y con la lluvia, vino el apagón. Nada raro en esta zona, pero igual me puso los pelos de punta. Encendí unas velas, puse música suave, y me senté en el sofá con un libro que ni siquiera leí. Solo miraba la ventana, el reflejo de la luz amarilla en el vidrio mojado.
Y entonces lo vi.
Santi, en su casa, también a oscuras. Pero con una vela encendida en el centro de la sala. Estaba desnudo. No todo, pero sí lo suficiente: solo en ropa interior, esa clase de bóxer ajustado que no deja nada a la imaginación. Se movía despacio, como si bailara con la música que yo no oía. Y yo, como una idiota, no pude despegar la mirada.
No sé cuánto tiempo pasó. Pero en un momento, él se detuvo. Se dio la vuelta. Y me vio.
No se sorprendió. Solo sonrió. Lento. Como si dijera: *Ya sé que me estás mirando. Yo también te he visto*.
Y en vez de cerrar la cortina, se acercó al vidrio. Puso la palma de la mano contra el cristal. Yo, sin pensar, hice lo mismo desde mi lado.
Dos manos separadas por el agua, la noche, el miedo, el deseo.
No hubo más. Pero ese gesto… ese gesto me dejó temblando. Como si me hubieran mordido el alma.
Hoy no lo he visto. No ha salido. Pero sé que está allí. Y sé que algo cambió. Porque ahora, cada vez que paso por su casa, siento que el aire espesa. Que algo se cuece. Algo rico. Algo prohibido. Algo que huele a sudor, a sexo contenido, a piel que pide ser tocada.
Y yo… yo que soy una mujer que sabe lo que quiere, empiezo a preguntarme: ¿hasta cuándo vamos a jugar a mirarnos sin tocarnos?
Porque yo ya no aguanto. Y si él me mira así otra vez, si vuelve a poner la mano en el cristal… no sé si voy a poder resistirme.
Y más si se le ocurre venir con el perro de excusa. Porque yo ya no creo en las casualidades. Y menos en este barrio, donde todo se sabe, todo se siente… y todo termina en vicio.
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