El Zapato de Tachuelas
7 minEl Zapato de Tachuelas
Yo nunca supe por qué me encantaban los zapatos. No era la forma, ni la piel, ni siquiera el color —aunque admito que el cuero brillante, como el agua negra en el charco después de la lluvia, me hacía cosas raras en el estómago. Lo que me volvía loco era el sonido. El *clic-clic* de la suela dura contra el piso, el *chasquido* seco cuando se sacudía la tela de algodón del pantalón al quitármelo, y sobre todo ese olor: cuero curtido, sudor seco, y algo más… algo que no sabía nombrar, pero que me ponía duro solo con acercarme.
Todo cambió la primera vez que vi a Leticia con ese par de botas.
Era en una fiesta en Tlalpan, en la casa de un amigo común que siempre tenía cerveza fría y música alta. Ella entró como si el suelo le perteneciera: pelo negro trenzado hasta la cintura, blusa ajustada que dejaba entrever la curva de sus pechos y, sobre todo, esas malditas botas. Botas de charol negro con tacón de aguja, altas, con tachuelas plateadas que brillaban bajo las luces de neón. Se movía lento, casi con pereza, pero cada paso era una promesa. Yo ya estaba duro para cuando se paró frente a mí, tomó una cerveza del Plato de la Amistad (sí, el que siempre está en la mesa de los que no se conocen pero ya se están follando) y me sonrió con los ojos, no con la boca.
—¿Te gustan? —me preguntó, bajando la vista a sus piernas como si yo no estuviera mirando ya desde el primer segundo.
—Sí —dije, sin rodeos. No soy de los que juegan a la timidez—. Me encantan.
Echó la cabeza atrás y soltó una risa baja, profunda, de las que te entran por los oídos y te bajan直下 al páncreas. Me acercó el vaso, pero en vez de dármelo, lo puso sobre mi pecho, justo encima del corazón. Sentí el frío del cristal, el peso, y luego el calor de su piel cuando retiró la mano.
—Pues quédate conmigo un rato —susurró—, y te dejaré tocarlas.
No era una pregunta. Era un retador. Y yo, que ya tenía la verga pegada al pantalón, asentí como un idiota feliz.
La llevé a mi departamento. No al de la fiesta, no. A mi lugar, donde el aire huele a café recién hecho y a humedad de paredes viejas, donde el espejo del baño está roto en un rincón y la cama crujía como un perro viejo. Ella se quitó las botas apenas cruzamos la puerta, sin perderme de vista. Las puso una al lado de la otra, en fila india, como si fueran soldados listos para la guerra. Luego se sentó en el sofá, extendió las piernas y me miró con esa mirada de gato que ya sabe que va a jugar contigo, pero te dejará ganar… si mereces.
—Tú primero —dijo, agarrando una tachuela con los dedos y jalándola con un *chic* seco.
La primera que arrancó fue de la punta. Una pieza pequeña, plateada, que giró en el aire y cayó sobre el suelo con un tintineo que parecía una oración. Luego la siguiente. Y la otra. Cada una se iba como una promesa rota y refecho, y yo la seguía con la vista, con las manos sudadas, con el corazón que me latía en las sienes.
—¿Te gusta ver? —me preguntó, ya sin las tachuelas, pero con los dedos en los cordones—. O prefieres tocar.
—Quiero both —dije, sin vergüenza.
Ella se rio otra vez, pero esta vez con la boca abierta, con los dientes, y supe que estaba dentro. Que ya no había vuelta atrás.
Se quitó las botas lentamente. Cada pulgada de piel que se descubría era un milagro: tobillos finos, pantorrillas tensas, muslos que se abrían como un cierre invisible al estirar la pierna. Cuando por fin las sacó, las dejó a un lado, y se cruzó las piernas sobre el sofá, con una pierna sobre la otra, y me miró con los ojos medio cerrados.
—Toca —dijo.
Yo me arrodillé frente a ella, como un siervo. No por humillación, sino porque así lo sentía: era mi altar, y ella, mi diosa del cuero y el metal. Le tomé un pie, y sentí el calor de su piel, el peso de su cuerpo, el olor a sudor dulce y jabón de lavanda. Le acaricié la planta con la palma, despacio, desde el talón hasta los dedos, y ella soltó un suspiro que parecía un gemido contenido.
—Sí —musitó—. Así.
Le besé el empeine. Luego el dedo gordo. Luego el otro pie. Cuando por fin metí los dedos entre sus dedos, ella arqueó la espalda y soltó un *cariño* que sonó como una orden.
—Ahora la verga —dijo.
Me levanté, me quité la camisa, los pantalones. Ella me esperaba sentada, con las piernas abiertas, el jeans bajado hasta las rodillas, y debajo, nada. Un triángulo oscuro de vello, húmedo, ya abierto, ya esperando. Me acerqué, y ella me tomó la verga con la mano, fría, seca, pero con una presión que me hizo temblar las rodillas.
—Tú me quitaste las tachuelas… ahora te las pongo donde quiera —dijo, y metió una tachuela entre sus labios, como una joya, como una herramienta.
Me dio la espalda. Me pidió que me pusiera de pie, que le agarrara las caderas, que la empujara suave hacia adelante. Lo hice. Y entonces ella, con una lentitud que dolía, se bajó el jeans hasta las pantorrillas, se arrodilló sobre el sofá, y se pasó la tachuela por la vulva, desde arriba hacia abajo, como si la estuviera lamiendo con metal frío.
—Tú me coges como quieras… pero yo pongo las reglas —me dijo, sin voltear.
La cogí por detrás, la verga ya pegada a su entrepierna, el coño húmedo, abierto. La empujé. Un poco. Luego más. Y cuando la punta rozó su clítoris, ella soltó un *chingado* que resonó como un disparo en la habitación.
—Sí —gimió—. Ahí. Ahí mismo.
Entré de golpe. Hasta el fondo. Me sentí apretada, caliente, húmeda, y luego… una sensación nueva: el frío de la tachuela, que ella había puesto entre sus labios, que ahora rozaba mi perineo, que me lamía la base de la verga como si fuera un juguete más.
Ella se movió hacia atrás, contra mí, y yo la seguí, con las manos en sus caderas, con los dientes apretados para no correrme ya. Ella cogió otra tachuela y se la pasó por la punta de la verga, con lentitud, con mimo, y luego se la metió entre los labios, y la mordió, y la sacó, y me la puso en el glande, y se quedó quieto un segundo, con el metal frío contra mi piel ardiente.
—Estás rico —susurró—. Muy rico.
Cada embestida era un golpe contra su culo, contra su vulva, contra la tachuela que ya no era metal, sino parte de ella. Yo la cogía con fuerza, la verga le rozaba su clítoris, sus nalgas se abrían y se cerraban alrededor de mí, y ella gemía, no con palabras, sino con sonidos que salían de lo más hondo, como si cada uno fuera una oración de fuego.
Cuando sentí que iba a correrme, ella me agarró de la mano y me puso los dedos en su clítoris.
—Tú y yo —dijo—. Al mismo tiempo.
Y así fue.
Yo me corrí dentro de ella, con fuerza, con un grito que no salió de la boca, sino del pecho, de las entrañas. Ella se vino segundos después, con un *chingado* agudo, con las uñas clavadas en el sofá, con la tachuela que se le cayó al suelo, rodando como una moneda de la suerte.
Nos quedamos así, pegados, sudados, sin aliento. Ella se volteó, me miró con esos ojos que ya no eran de gato, sino de mujer que había hecho el amor y lo había disfrutado de verdad.
—Otra vez —dijo.
Y yo, con la verga que ya se me ponía dura de nuevo, le dije:
—Sí, chingada. Otra vez.
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