El WhatsApp que no sabía que me iba a hacer temblar

El WhatsApp que no sabía que me iba a hacer temblar

@la_viajera ·8 de junio de 2026 · ★ 4.9 (28) · 21 lecturas · 7 min de lectura

Luisa apretó el botón de grabación del audio en WhatsApp, respiró hondo como si se lanzara al vacío, y susurró: —¿Te acuerdas de aquella vez que nos vimos en Guadalajara? Pero esta vez… esta vez soy yo quien te invita a subir a su habitación.

Se mordió el labio inferior mientras esperaba. La pantalla del celular brillaba en la oscuridad del cuarto del hotel, iluminando su rostro con tonos cálidos. Afuera, la ciudad de Guadalajara parpadeaba entre luces de neón y faroles antiguos, pero dentro —en ese espacio reducido entre sábanas de algodón egipcio y el olor a lavanda del ambientador— solo existía ella, el silencio cargado de expectativa y el eco de su propia respiración acelerada.

Diez segundos. Veinte. Treinta.

Y entonces, el timbre del mensaje nuevo.

—Claro que me acuerdo —escribió él—. Pero esa vez fuiste tú quien bajó. Hoy… hoy subo yo.

Luisa sonrió. No era la primera vez que hablaban. Había sido una casualidad en el evento de marketing digital en Guadalajara, dos semanas atrás: una coincidencia entre un café mal hecho, una presentación de PowerPoint que se congeló, y una risa que no se pudo contener. Al final del día, intercambiaron números con la ligereza típica de quienes saben que algo puede quedar en eso: una anécdota entre tragos de tequila sour.

Pero no fue así.

Dos días después, él le mandó una foto de una puesta de sol desde la azotea de su casa en Zapopan. Ella le respondió con una selfie tomada desde el balcón de su departamento, el pelo recogido en un moño deshecho, los labios pintados de rojo oscuro y una sonrisa que decía más que las palabras.

Y luego… los mensajes empezaron a cargar.

No con imágenes explícitas —eso vendría después—, sino con detalles: el peso de sus pechos cuando se inclinaba sobre el teclado, el modo en que se mordía el labio al leer algo que él escribía, el sonido de su voz cuando hablaba despacio, como si cada palabra fuera una caricia que se dejaba caer con cuidado en la superficie del agua.

—¿Estás sola? —le había preguntado él esa mañana.

—Sí. Pero no por mucho. —Ella había escrito con el dedo tembloroso.

—¿Te gusta esperar?

—Me gusta más cuando sé que va a pasar.

Ahora, sentada en el borde de la cama con los pies descalzos apoyados en el suelo de mármol fresco, Luisa miró la pantalla. Él ya no escribía. Había subido el audio.

Ella pulsó.

Y la voz de Álvaro llegó a sus oídos, grave, lenta, con ese tono de quien ya sabe lo que va a pasar: —Subí las escaleras. La puerta no está cerrada. La abrí despacio. Como si temiera que desaparezcas si hago ruido. Pero estás aquí. Sentada en la cama, con ese vestido que se sube un poco cuando cruzas las piernas… y esos ojos que ya no son de día.

Luisa cerró los ojos.

Sintió el calor subirle por el cuello, acelerársele el corazón. No era la primera vez que alguien le hablaba así, pero sí la primera vez que lo hacía desde otro cuarto, desde otra ciudad, desde otro cuerpo que aún no había tocado.

—¿Y ahora qué hago? —preguntó él en el audio.

—Te acercas. Te sientas a mi lado. Me tomas de la mano… y me preguntas si quiero que te quedes.

—¿Y si no quieres?

—Entonces te vas. Pero… —ella suspiró— …sé que voy a querer.

Álvaro no respondió con palabras.

Sino con una foto.

Una de su mano, con la muñeca tatuada de una serpiente entrelazada con una rosa, apoyada sobre la madera clara de la puerta del cuarto del hotel. La habitación estaba a su izquierda: 304.

Luisa contuvo el aliento.

—Ya subí —escribió ella.

—Ya la vi.

—¿Y?

—Pensé que sería más alto el pasillo.

Ella reía en voz baja mientras se levantaba, se ajustaba el vestido negro que le quedaba ajustado en las caderas, y caminaba hacia la puerta. El taconazo le sonaba en los oídos, como si fuera el latido de alguien más.

—¿Te pongo algo? —preguntó él cuando ya estaba frente a la puerta.

—Sí. Pon algo suave. Que no se oiga la música desde fuera.

—¿Quieres que suba la mano?

—No… —ella susurró, con la palma pegada al madera— …quiero que subas la mano… y luego la boca.

Álvaro abrió la puerta con calma.

Ella no se movió.

Lo vio aparecer en el marco, alto, con camiseta negra y jeans claro, el pelo un poco despeinado como si acabara de salir de una ducha o de un viaje en taxi. Sus ojos, oscuros y fijos en los de ella, no mentían: estaba excitado.

—Hola, Luisa —dijo, con esa voz que ahora sí escuchaba de cerca.

—Hola, Álvaro.

Él dio un paso. Ella no retrocedió.

—¿Te acordabas de cómo se veía mi mano?

—Sí. Pero no de cómo se siente.

Él le tomó la mano. La piel de él era cálida, un poco áspera en los nudillos. Ella sintió el temblor en los dos: el suyo por anticipar lo que vendría, el suyo por querer que viniera.

—¿Te gusta cuando te toco así? —preguntó él, frotando el pulgar contra su muñeca.

—Sí… pero prefiero que lo hagas de otra forma.

—¿Cuál?

—Con la boca.

Él la miró fijo, sin parpadear. Luego, lentamente, la atrajo hacia él. No con fuerza, pero con intención. Sus pechos rozaron el pecho de él, y ella sintió la verga dura contra su muslo, a través de los dos pantalones.

—Estás mojada —susurró él, sin soltarla.

—Tú me hiciste eso con palabras.

—Y ahora voy a hacerlo con más.

La besó.

No fue un beso de despedida ni de bienvenida. Fue un beso de reclamación. De quien lleva días soñando con el sabor de alguien y por fin lo encuentra.

Luisa se aferró a su camiseta, le metió los dedos entre el pelo, y abrió la boca para que él entrara más. Él le lamía el labio inferior, luego el superior, luego la lengua, con una pausa entre cada movimiento, como si estuviera aprendiendo su sabor, como si no quisiera perderse ni un segundo.

—Vamos a la cama —dijo él, separándose apenas para respirar.

Ella asintió, sin soltarlo.

Se sentaron uno al lado del otro, con las piernas entrelazadas, las manos buscándose como si temieran que desaparezcan si suenan los dedos.

—¿Te gusta que te toque aquí? —Álvaro le pasó la mano por la cintura, luego por el estómago, y finalmente se detuvo sobre el muslo, rozando el borde del vestido.

—Sí… pero no ahí.

—¿Dónde, entonces?

—Más arriba.

Él le subió el vestido despacio, hasta los muslos. Sus nalgas quedaron al descubierto, la tela negra del braga ceñida, el tejido casi transparente bajo la luz tenue del cuarto. Álvaro se quedó viéndola un segundo, con la respiración cortada.

—Tienes un culo perfecto —murmuró.

—Y tú tienes una verga dura —respondió ella, con una sonrisa traviesa—. ¿No vas a tocarla?

Él no se lo dijo dos veces.

Le quitó el braga con una sola mano, sin romper el contacto visual, y luego se puso de rodillas frente a ella.

—Déjame verla —dijo.

Ella se separó un poco, cruzó las piernas por un instante, y luego las abrió.

Su coño estaba húmedo, los labios rosados y ligeramente hinchados, el clítoris ya erecto, como una cereza que pedía ser comida. Álvaro exhaló un “joder” suave, y se inclinó.

Su lengua fue lenta al principio: un trazo corto, de abajo hacia arriba, apenas rozando. Luego, más fuerte. Presionó el clítoris con la punta de la lengua, mientras con los dedos abría los labios para exponer todo.

—Ahí —gimió ella, arqueando la espalda.

Él sonrió contra su piel, y volvió a hacerlo. Esta vez, con más profundidad. Metió dos dedos dentro de ella, curvados hacia arriba, y empezó a moverlos con un ritmo constante, mientras su lengua no dejaba de jugar con su clítoris.

Luisa se mordió el puño para no gritar.

—Álvaro… —susurró— …no aguanto mucho.

—Entonces no aguantes

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@la_viajera

Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.

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