El Vuelo de las Mariposas de Cera

El Vuelo de las Mariposas de Cera

@el_profesor ·5 de junio de 2026 · ★ 3.8 (26) · 39 lecturas · 10 min de lectura

La habitación olía a incienso de sándalo y a piel caliente, a sal y a algo más dulce, como miel derretida sobre hojas de té. Las luces eran tenues, apenas un resplandor naranja que se colaba por las rendijas de las persianas bajas y se deslizaba sobre el suelo de madera oscura, trazando cintas de luz sobre los muslos de Lía mientras se sentaba en el borde de la cama, con las piernas ligeramente separadas, los dedos de los pies apoyados con delicadeza en el suelo. Tenía el cabello suelto, castaño oscuro, con reflejos de miel bajo la luz del atardecer, y llevaba puesto un camisón de seda negra, corto, que apenas cubría la curva de sus nalgas y dejaba al descubierto la línea suave de su espalda baja, donde la piel se volvía más clara, casi translúcida, hasta perderse bajo la tela.

En el umbral, con las manos en los bolsillos de su pantalón de lino gris, estaba Mateo. Alto, de hombros anchos pero no musculosos de forma exagerada, con una barba de tres días que le daba un aire de peligro doméstico, de hombre que sabía lo que hacía y lo hacía con calma. No sonrió. Solo la miró, fijamente, como si estuviera leyendo algo escrito en su piel, en la curva de su cuello, en el ritmo de su pulso.

—Te vi desde la ventana —dijo, voz baja, grave—. Estabas en el jardín, arrodillada junto a los geranios, con las manos en la tierra. El sol te doraba los hombros. Parecías una estatua viva.

Lía no se movió. Solo giró la cabeza, lentamente, hasta encontrar su mirada. Tenía los ojos verdes, grandes, con pestañas largas que se movían como alas de mariposa cuando parpadeaba.

—¿Y qué viste?

—Vi cómo te levantaste. Cómo te sacudiste la tierra de los muslos. Cómo te llevaste una mano al cuello, como si sintieras calor… aunque la brisa no había cambiado.

Mateo dio un paso dentro de la habitación. Cerró la puerta tras él. El clic fue seco, definitivo.

—Te vi moverte como si llevaras algo dentro, Lía. Algo que te empujaba desde abajo. Como si tu cuerpo supiera que yo sabía.

Ella se levantó entonces. No con prisa. Se alzó como si cada vértebra se despertara una por una, primero los pies, luego los tobillos, las rodillas, las caderas que giraron con un movimiento interno, como si estuviera descubriendo su propia estructura, su propia gravedad. La seda se tensó sobre sus pechos, pequeños pero firmes, con pezones que ya se erizaron al notar el peso de la mirada de Mateo sobre ellos.

—¿Y qué sabes tú?

—Sé que hoy te vestiste pensando en esto —dijo él, avanzando hasta quedarse a solo un metro—. Sé que elegiste este camisón porque te gusta que se pegue a ti cuando sudas. Porque te gusta sentir la tela cuando te mojas.

Lía no bajó la vista. No necesitó. Sintió el calor de su propia humedad, un pulso suave entre sus muslos, como un latido que se retrasaba, como un tambor que se aceleraba a su propio ritmo, no al suyo.

—¿Y qué haces ahora?

—Te miro.

—¿Y después?

—Te toco.

Fue entonces cuando él extendió la mano. No hacia su rostro. Hacia su cuello. Y con la yema del pulgar, deslizó lentamente desde la base de su mandíbula hasta la curva de su clavícula, dejando tras de sí una línea de piel arrebolada, como si el calor le hubiera brotado debajo de la superficie. Luego, bajó más, hasta el borde del camisón, y con una presión mínima, tiró suavemente del tejido.

La seda cedió.

Se deslizó por sus hombros, bajó por sus brazos, y se arrastró hasta sus codos, donde se detuvo, como una cascada de agua negra que se queda quieta en el aire. Lía no lo detuvo. No se cubrió. Solo respiró, profundo, y dejó que la tela se desplomara hasta sus muñecas, atada allí por el puño, dejando sus pechos al descubierto, firmes, redondeados, con pezones ya duros, oscuros, como bayas maduras.

Mateo no los tocó aún.

En cambio, inclinó el cuerpo y apoyó la frente contra su estómago, justo encima del ombligo. inhaló. Un aliento largo, húmedo.

—Huelo tu piel —dijo, voz ahogada por el tejido—. Huelo a sal y a algo más. A algo que solo sale cuando estás cerca de mí.

Lía se inclinó, pasó una mano por su cabello, negra, suave, con mechones rizados que se erizaban al tacto. Lo apretó contra ella, sintiendo el calor de su cabeza contra su piel. Luego, con suavidad, lo empujó hacia atrás, hasta que sus ojos volvieron a encontrarse.

—Mira —dijo ella.

Y se quitó el camisón por completo. Lo dejó caer al suelo, donde se enrolló como una serpiente muerta. Ahora estaba desnuda, de pie, frente a él, con las piernas juntas, los brazos a los lados, los pies firmes. Sus pechos, pequeños pero firmes, con pezones oscuros y erguidos, se inclinaron ligeramente hacia adelante. Su vello púbico, castaño claro, recortado en una media luna perfecta, se alzaba suavemente sobre el monte de Venus. Entre sus muslos, el labio mayor estaba hinchado, oscuro, y entre él y el menor, ya se veía una humedad brillante, como laca sobre porcelana.

—Ahora —dijo ella—.

Mateo no dijo nada. Se quitó la camisa. La tiró al suelo, sin cuidado. Luego, desabrochó el cinturón y se desabrochó el pantalón, dejándolo caer hasta las rodillas, donde se quedó suspendido. Se inclinó, lo sacó del todo, y quedó en calzones de algodón gris, la tela ya marcada por una protuberancia firme, alta, que se veía claramente.

—Tú —dijo él—. Tú no llevabas nada dentro.

—No —asintió Lía, sonriendo ahora—. Solo te esperaba.

Él se acercó. La tomó de las muñecas, las levantó por encima de su cabeza, y las sostuvo con una sola mano. Con la otra, bajó una rodilla, luego la otra, hasta quedar de pie frente a ella, a la altura de su vientre. Apoyó su frente contra su ombligo otra vez, pero esta vez, con la otra mano, separó los labios de su vulva con los dedos índice y corazón.

—Mira —dijo ella.

Y él lo hizo.

Vio cómo se abría su piel, suave, húmeda, con los labios internos más oscuros, hinchados, como pétalos de rosa recién abiertos. Vio el clítoris, pequeño pero erguido, cubierto por su capucha, brillante de humedad. Vio cómo se contraía su cuerpo, como si respirara por la entrepierna.

—Está todo aquí —dijo ella—. Todo lo que quieres.

Mateo no esperó más. Bajó la cabeza y abrió la boca.

Su lengua entró en contacto con su clítoris. Un golpe seco, breve, seco. Luego, una presión constante, con la lengua plana, rozando el borde de la capucha, rozando el glande, rozando la piel sensible que lo rodeaba. Lía arqueó la espalda, soltó un gemido bajo, agudo, que se le escapó entre los dientes.

—Sí —susurró—. Sí, así.

Él la siguió, moviendo la cabeza con un ritmo lento, constante, como una sierra que corta madera con precisión milimétrica. Inclinó el cuerpo, separó más los labios con los dedos, y metió la lengua dentro de ella. La introdujo en su vagina, lentamente, como si entrara en un túnel oscuro, con la punta primero, luego el dorso, luego todo el órgano. La tocó con la punta del dedo, rozando su punto G, con una presión suave al principio, luego más firme, más húmeda.

Lía jadeó. Sus piernas temblaron. Soltó una mano, pero él la sostuvo con más fuerza.

—No —dijo él—. Mantente quieta.

Ella cerró los ojos. Dejó que el mundo se desdibujara. Solo sentía la lengua de Mateo dentro de ella, la presión constante de sus dedos, el calor de su boca en su piel, el roce de su vello púbico contra su monte de Venus.

—Estoy cerca —dijo.

—Sé que sí —murmuró él—. Siento cómo se aprieta.

—No pare.

—No voy a parar.

Y no lo hizo. La lengua siguió moviéndose, introduciéndose y saliendo, con un ritmo que se aceleraba, que se volvía más urgente, más carnal. La presión sobre su punto G se intensificó. Lía soltó un grito ahogado, una mezcla de dolor y placer, y su cuerpo se estremeció, como si una corriente eléctrica la hubiera recorrido de arriba abajo.

—¡Mateo!

—Dime.

—¡Estoy!

Y se vino.

Su cuerpo se tensó, los músculos del vientre se apretaron, sus musculos se contrajeron, y su vagina se encogió, como si intentara agarrar algo que no estaba allí. Sus pechos se elevaban con cada jadeo, sus pezones se endurecieron aún más, como si se volvieran piedras. Y entonces, con un último movimiento, Mateo metió dos dedos dentro de ella, los curvó hacia arriba, y les dio un giro seco, firme, como si estuviera abriendo una puerta.

Lía gritó.

Un grito largo, agudo, desgarrado, como si le estuvieran arrancando el alma por la boca. Su cuerpo se sacudió, sus piernas se estremecieron, y su humedad brotó, espesa, tibia, como leche tibia, sobre los dedos de Mateo, sobre su lengua, sobre su cara.

Él no se apartó. Dejó que se vaciara. Que se derramara. Que se deshiciera.

Cuando ella volvió a respirar, cuando sus músculos se relajaron y sus piernas ya no temblaban, Mateo se levantó.

La tomó de la cara.

La besó.

Fue un beso profundo, húmedo, con el sabor de su propia humedad en sus labios, con el sabor de su piel, con el sabor de su boca.

—Ahora —dijo Lía—. Ahora sí.

Él la soltó. Se volvió, dio un paso atrás, y se quitó los calzones.

Su pene quedó al descubierto. Grande, grueso, de color rojo oscuro en la cabeza, con un glande hinchado, cubierto de presemene. La vena que recorría su eje era alta, marcada, como una serpiente bajo la piel. Y colgaba, pesado, hacia adelante, como si estuviera cargando su propia gravedad.

Lía no lo miró con miedo. No lo miró con deseo. Lo miró con reconocimiento.

—Tú —dijo ella—. Tú no quieres nada dentro.

—Quiero esto —dijo él.

Y se acercó. Colocó la punta de su pene en su vulva, rozó el glande contra su clítoris, que aún estaba sensible, hinchado, como una uva madura. Luego, con una presión firme, la empujó hacia dentro.

Lía gritó.

No de dolor. De sorpresa. De plenitud.

Él la había empujado con fuerza, pero con control. Su pene se introdujo en su vagina, lento, constante, como una llave que encaja en una cerradura. La rozó en su punto G con cada centímetro que entraba. Hasta que su pubis tocó el suyo, hasta que sus testículos se apretaron contra su piel, hasta que todo su cuerpo se hundió dentro de ella.

—Estás dentro —murmuró Lía.

—Sí —dijo él.

Y comenzó a moverse.

Con un movimiento lento, pausado, como si estuviera escribiendo una carta con una pluma de oro. Subía, sacando casi todo su pene, hasta que solo quedaba la cabeza dentro, y luego lo empujaba de nuevo, con fuerza, con profundidad, hasta el fondo. Cada vez, rozaba su punto G, lo hacía vibrar, lo hacía palpitar.

Lía se aferraba a sus hombros, con las uñas clavadas en su piel. Le arrancó un gemido bajo, grave.

—Más —dijo ella.

Él lo hizo.

La tomó de la cintura, la levantó con una sola mano, y la apoyó contra la pared. La entró en ella otra vez, esta vez con más fuerza, con más velocidad. Subía y bajaba, con un ritmo que se volvía más animal, más carnal, más crudo. Sus caderas se golpeaban con fuerza, con un ruido seco, húmedo, como si estuvieran rompiendo algo.

—Estás dentro —dijo ella—. Estás dentro.

—Sí —dijo él—. Estoy dentro.

Y siguió empujando, siguió golpeando, siguió rozando su punto G con cada embestida, hasta que ella sintió que su cuerpo se volvía líquido, que sus músculos se deshicieron, que su mente se desvaneció, y que solo quedaba el pene de Mateo dentro de ella, golpeando, golpeando, golpeando, como si estuviera construyendo algo con cada movimiento.

—Estoy —dijo ella.

—Sé que sí —dijo él.

—¡Mateo!

Él la tomó de la nuca, la acercó a él, y volvi

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