El Vino de los Viernes

@sombra ·10 de abril de 2026 · ★ 4.5 (15) · 67 lecturas · 3 min de lectura

Nunca llegué a saber si ella lo planeó desde el principio o si simplemente el vino —ese vino tinto oscuro, denso como la seda vieja— decidió por nosotros. Lo único cierto es que, cada viernes a las siete en punto, cerraba la librería con un clic metálico, dejaba colgada la llave en su clavo de cobre y subía los tres tramos de escalera que separaban mi mundo de silencio del suyo.

Ella se llamaba Elena. No por nombre, sino por modo de ser: clara, firme, sin concesiones, pero con una calidez que se filtraba por las grietas de su porte impecable. Vestía siempre trajes de lana gris claro o negros, camisas de seda blanca, cabello recogido en un nudo bajo, como si la gravedad misma no tuviera derecho a tocarla. Pero sus ojos —verdes, casi vegetales— siempre me decían algo más.

—¿Trajiste el vino? —me preguntó la primera vez, sin mirarme, mientras descorchaba la botella con movimientos lentos, casi litúrgicos.

—Sí —respondí, tendiéndole la botella de etiqueta antigua, con el corcho sellado en cera roja.

—Bien. Tómatelo en cuenta: es un 2001. No se bebe apresuradamente.

Y así comenzó. Viernes tras viernes, el mismo ritual: vino, café fuerte, y luego —si el silencio lo permitía— una conversación que nunca descendía a lo banal. Hablábamos de libros, de viajes, de errores que el tiempo había templado como el acero en fuego. Ella hablaba con voz baja, casi sin mover los labios, pero cada palabra era una semilla que germinaba en mi piel.

Nunca hubo besos al principio. Solo miradas que se extendían más allá de lo permitido, pausas que se alargaban hasta que el aire mismo parecía vibrar. Una noche, mientras vertía el vino en copas delgadas, mi dedo rozó el suyo. No retiramos las manos. Simplemente, seguimos mirando el líquido rojo oscuro girar en la copa, como si ese pequeño roce hubiera encendido algo que no se apaga con un simple movimiento.

Un viernes, al menos diez minutos después de que el café se enfriara, ella se levantó. Caminó hasta el ventanal, dejó que la luz de la luna le acariciara la nuca. No dijo nada. Solo esperó. Y yo —yo, que nunca había osado cruzar una línea imaginaria— me acerqué hasta estar a un palmo de su espalda. Sentí el calor de su cuerpo antes que el aire moverse. Su respiración, breve, inestable.

—¿Estás seguro? —preguntó, sin girarse.

—Sí —mentí. Porque no lo estaba. Pero ya no importaba.

Entonces, lentamente, ella se volvió. No con urgencia. No con sed. Con deliberación. Como quien abre una puerta tras mucho tiempo cerrada, sabiendo que el polvo dentro será espeso, pero que el aire nuevo vale la pena.

Sus manos encontraron mi rostro, y su pulgar barrió mi mejilla con una ternura que no esperaba. Luego, con los ojos cerrados, me besó. No fue un beso de juventud ni de impulso. Fue un beso de adultos: profundo, consciente, cargado de lo que no se dijo pero se sintió. Su boca sabía a vino, a tabaco ligero, a algo antiguo y sagrado.

—No es necesario hacer nada —susurró contra mis labios—. Solo estar aquí. Contigo.

Y así lo hicimos. Durante horas, nos tocamos sin prisa, sin exigencia. Sus dedos recorrieron mis hombros, mi cuello, la curva de mi espalda bajo la camisa, como si aprendiera un mapa nuevo. Yo le desabroché la camisa con lentitud, sin romper el contacto visual, y dejé que la seda se deslizara por sus brazos como una hoja muerta al viento. No hubo más. Solo la satisfacción de lo posible, de lo elegido, de lo que se comparte con calma.

Al final, cuando la luna ya se había desplomado hacia el horizonte, ella se vistió con la misma calma con la que se desnudó. Me dejó una última copa vacía sobre la mesa, junto a la botella ya casi vacía.

—Hasta el próximo viernes —dijo, con una sonrisa que no era de despedida, sino de promesa.

Y salió, dejando tras de sí el aroma de su perfume, el sabor del vino en mi lengua, y la certeza de que hay deseos que no se consuman, pero que, por eso mismo, arden más fuerte.

También en: Romántico

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