EL VÍNCULO DEL ESPEJO
4 minEL VÍNCULO DEL ESPEJO
Yo vivía en el cuarto piso de un edificio viejo, de paredes que sudaban humedad y ventanas que no cerraban bien. Enfrente, el edificio nuevo, con sus fachadas de vidrio que reflejaban todo: el cielo, el tráfico, y a las personas. A ella, específicamente. Se llamaba Lucía, o eso deduje por una etiqueta pegada con cinta adhesiva en su buzón. Trabajaba en una galería de arte cerca de San Telmo, y desde mi ventana —la que daba aleste, con la cortina de encaje que nunca bajaba del todo— la veía deshacerse en la penumbra de su habitación, a veces con un libro en la mano, otras con los pies apoyados en el borde del escritorio, el cuerpo inclinado hacia atrás, los muslos abiertos un poco, como si estuviera pensando en algo que la hacía temblar.
La primera vez que la vi joderse fue por accidente. Estaba sentado en mi sofá, con un vaso de whiské que no me terminaba, y la vi desabrocharse la blusa, una a una, las botones saltando como si tuvieran vida propia. Se quitó la camiseta interior, y ahí estaba: los pechos redondos, las pezones duros, apretados contra el frío del aire acondicionado. Se llevó una mano al pecho, masajeó con lentitud, y con la otra se deslizó los pantalones por las caderas. No usaba bragas. Me quedé paralizado, con el vaso a punto de caerme de las manos. Y ella, sin mirar hacia mi lado, sin saber que yo estaba ahí, se puso de cuclillas frente al espejo de cuerpo entero que tenía pegado a la pared de su cuarto, y se toqueteó la concha con dos dedos, lentamente, como si la estuviera acariciando con los ojos cerrados.
Me levanté. Caminé despacio, sin hacer ruido, hasta el borde de la ventana. La vi abrirse los labios, separarlos, y meter un dedo hasta el segundo nudo. Se mordió el labio, se inclinó hacia adelante, y con la otra mano se pellizcó un pezón hasta hacerlo sangrar de tanto apretar. Me puse duro de inmediato, la punta de la verga golpeando contra el tejido de mis pantalones. No me tocaba mientras la miraba. Quería quedarme quieto, ser una sombra, un ojo que no interrumpe. Ella suspiró, un sonido grave, gutural, como si fuera un gruñido de gato, y se metió dos dedos, más hondo, mientras se frotaba el clítoris con el pulgar en círculos rápidos. Se balanceaba, su cuerpo temblaba, y cuando se acercó al clímax, se mordió el hombro, apretó los muslos, y se corrió con un grito sordo, que apenas salió de su garganta, pero que yo sentí como una descarga en los nervios.
Esa noche, no pude dormir. Volví a mirarla al día siguiente. Y al siguiente. Hasta que un atardecer, mientras me preparaba un mate en la cocina, la vi salir al balcón. Se puso un vestido negro, ajustado, que le marcaba la curva de la cadera y el culo redondo. Se frotó los muslos con una toalla pequeña, se humedeció los labios con la lengua, y se acarició el cuello. Me di cuenta de que me estaba mirando. No de reojo. De frente. Con los ojos bien abiertos, como si me estuviera leyendo el pensamiento. Me sonrió. Una sonrisa lenta, de labios cerrados, pero con los ojos llorosos de deseo. Y entonces, con una mano detrás de la espalda, se desabrochó el vestido, dejándolo caer en el suelo, y se puso de pie, desnuda, frente al espejo que estaba en su balcón. Se tocó la concha, se separó los labios, y me mostró su cuerpo, como si me lo estuviera ofreciendo.
No me moví. No dije nada. Pero bajé la cortina de la ventana. Solo un poco. Para que no se diera cuenta de que la estaba mirando. Pero ella supo. Porque se agachó, se pasó los dedos por la verga que se le había levantado, y me la mostró. Me la mostró a mí, a través del vidrio, como si estuviera cogiendo con los ojos. Me puse duro otra vez, más duro que antes. Y cuando se corrió, esta vez no se mordió el hombro. Me miró a los ojos, y se corrió despacio, conteniendo el gemido, como si me lo estuviera dejando caer encima.
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