El Viento en la Casa de los Espejos
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Aquella tarde de junio, con el sol pegando como pega el calor en Medellín, entré a la librería “Páginas del Sur” buscando un libro de poesía de Vallejo. Pero no era el libro lo que me tenía nervioso: era él. El dueño. El profesor de Filosofía que, según rumores del barrio, había dejado la universidad tras una ruptura que nadie quiso comentar. Lo vi detrás del mostrador, inclinado sobre un ejemplar encuadernado en cuero, con los puños de la camisa remangados hasta los codos. Tenía los brazos morenos, los antebrazos con vellos finos como hilos de seda, y la silueta que uno imagina en los versos de Neruda: estirado, erguido, pero con una suavidad que no es de debilidad, sino de seguridad.
—¿Busca algo en particular? —me preguntó sin levantar la vista, con esa voz pausada que se le quedaba pegada al cuerpo como el perfume del café recién hecho.
—Una edición crítica de *Canto General*, dije—. Pero si no la tienen, valdría la pena revisar si hay algo… más literario.
Me miró entonces. No con esa mirada rápida y vacía de quien pasa de largo, sino con una pausa larga, deliberada, como si estuviera decidiendo si dejarme entrar de verdad. Y yo, por primera vez en años, sentí el corazón latiendo en la base de la espalda, no en el pecho.
—Tengo algo mejor —dijo—. Pero está en la parte de atrás. En el escritorio.
Me levanté sin pensarlo, siguiéndolo entre los estantes estrechos, donde el aire se volvía más denso, cargado de papel viejo y cera de muebles. La luz filtrada por las ventanas altas dibujaba líneas doradas en su nuca, en el cuello, en la curva de la cintura donde la camisa se le abría al moverse. Llegamos a una sala pequeña, con paredes cubiertas de espejos antiguos, algunos rotos, otros con marcos dorados carcomidos. En el centro, un escritorio de madera oscura, con un farol de bronce y un par de libros abiertos.
—Esto es lo que buscaba —dijo, sacando un ejemplar de *El Parnaso Español*, impreso en 1847—. Pero el verdadero hallazgo es otro.
Me tendió la mano. No con presión, sino con una invitación suave, como si me estuviera ofreciendo subir a un tren que ya estaba partiendo. Yo la tomé. Y en ese contacto, la piel de su dedo rozó la mía con una lentitud que hizo temblar mis propios nervios. Sentí el calor de su palma, el roce de la yema, el leve sudor que no era de nerviosismo —sabía que él también lo sentía—, sino de anticipación.
—¿Te gusta el viento? —preguntó, sin soltar mi mano.
—¿En serio? —dije, riendo bajo—. ¿Ahora vamos a hablar de meteorología?
—No —me corrigió, acercándose hasta que su aliento rozó mi oreja—. Me refiero al que sopla cuando la puerta se cierra sola. Al que se cuela por las rendijas cuando nadie mira. Al que hace temblar los espejos… y los corazones.
Se apartó apenas, lo suficiente para que yo viera su sonrisa: pequeña, contenida, pero cargada de promesa. Me llevó hasta uno de los espejos rotos, donde el cristal dejaba ver la pared de detrás. Detrás del espejo, un pequeño nicho. Y en él, una llave de bronce.
—Es la llave del cuarto de baños de la casa de mi abuela —dijo—. Está vacía ahora. Pero ayer, cuando el cielo se puso gris y llovía con fuerza, me di cuenta de que no había cerrado bien la puerta. Y cuando regresé, la llave ya no estaba en su lugar.
Me pasó la mano por el pecho, despacio, como midiendo la pulsación. Y yo dejé que sus dedos se detuvieran en el botón superior de mi camisa, sin desabotonar, solo rozando. El tiempo se detuvo. Fuera, el viento sí sopló. Y en ese instante, entre los espejos rotos y el silencio de los libros, supe que lo que venía no era solo deseo. Era una confesión que llevaba años esperando para ser dicha.
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Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.