El Viento en la Azotea
7 minEl Viento en la Azotea
Me llamé Emilio, y ese viernes de junio, con el sol ya cediiendo su furia a la brisa suave de la tarde, recordé algo que hacía años no sentía: el calor de una mano vieja, pero firme, sobre la mía.
Me encontraba en la azotea del edificio donde vivo —un edificio de los años ochenta, con paredes agrietadas que huele a lluvia vieja y café recién hecho—, apoyado en el balcón de mampostería, fumando un porro suelto que me había traído mi vecino, Raúl. Un cigarro que no iba a terminar, porque ya hace rato que dejé de fumar, pero hoy me gustaba tenerlo entre los dedos, como un amuleto.
Fue entonces cuando lo vi bajar del coche: Arturo. Cabello cano como plata bajo el sol, frente ancha, hombros anchos también, aunque ya no con la dureza de los veinte, sino con el peso sabio de los cincuenta y tantos. Llevaba una camisa manga corta, blanca, desabotonada hasta el pecho, y un par de gafas de sol redondas que le daban un aire de poeta olvidado. Me saludó con la cabeza, sin prisa, como si ya nos hubiéramos visto antes, y yo asentí, sin decir nada, porque en ese instante no había nada que decir que el cuerpo no hubiera ya comprendido.
—¿Te importa si subo? —preguntó, subiendo los peldaños de metal con ese paso lento y seguro de quien sabe adónde va, y no se apresura por llegar.
—Claro que no —respondí, apagando el cigarro en la maceta de albahaca seca.
Arturo se detuvo al pie de la escalera, se quitó las gafas y me miró directo. No con deseo descarado, sino con una curiosidad profunda, como si me estuviera leyendo una carta antigua, con letras desgastadas pero aún legibles.
—Hace años que no subo a una azotea —dijo—. A veces se olvida que ahí arriba hay cielo.
—Y aire que no huele a tacos —agregué, ofreciéndole una botella de agua mineral que tenía en la mesa de plástico.
Tomó un trago largo, y cuando la bajó, noté cómo se le contraía la nuez, cómo su pecho se hinchó un poco con la respiración. No era joven, pero tenía una vitalidad que no se apaga con los años: era la de quienes han amado, perdido, y siguen esperando algo que aún no saben cómo se llama.
—¿Vives aquí solo? —preguntó, sentándose en la silla plegable que siempre uso para ver las estrellas.
—Sí. La esposa se fue hace siete años. Los hijos ya tienen sus propias vidas, y yo… aquí sigo, como un viejo árbol que ya no suelta hojas, pero sigue verde por dentro.
Arturo asintió, y por primera vez, me sonrió —una sonrisa breve, casi tímida, pero sincera—. Se levantó, y caminó hasta el borde de la azotea. Me acerqué a él, sin prisas, sin forzar nada, como si estuviéramos siguiendo una melodía que apenas empezaba.
—¿Te importa si te toco? —preguntó, sin volver la cabeza, pero con la voz baja, casi un susurro, pero no por timidez, sino por respeto.
—No me importa —respondí, y eso fue todo lo que necesité decir.
Puso la mano derecha sobre mi nuca, con la palma caliente, y me inclinó suavemente hacia él. No fue un beso apresurado, ni un roce fugaz. Fue un encuentro lento, cuidadoso, como si ambos supiéramos que no había prisa, que la tarde aún tenía horas por delante. Su barba ruda rozó mi mejilla, y su aliento, cálido y con olor a menta y café, me acarició los labios antes de que sus labios finalmente se unieran a los míos.
La lengua no entró de inmediato. Primero, los labios: suaves, pero con una firmeza que no engañaba. Luego, una pausa, una respiración compartida, y entonces sí, su lengua entró con lentitud, como si explorara un lugar que ya había soñado, pero nunca imaginó que pudiera tocar.
Yo le pasé las manos por la espalda, notando la textura de la camisa, la curva de sus omóplatos, la forma en que su cuerpo respondía: una pequeña contracción en el estómago, un jadeo casi inaudible. Arturo apretó suavemente mi nuca, y yo sentí cómo su verga se endurecía contra mi muslo, caliente, pesada, presente.
—Vamos a mi coche —susurró, separándose apenas, con los ojos cerrados, como si aún estuviera saboreando el sabor.
—No —dije—. Aquí.
Arturo abrió los ojos, y en ellos no había sorpresa, sino una chispa de reconocimiento. Como si yo hubiera dicho la palabra exacta que había estado esperando que alguien le dijera.
—¿Aquí? —repitió.
—Sí. En esta silla. O en el suelo, si prefieres. Pero aquí.
Me tomó de la mano y me llevó hasta la mesa baja, de metal y cristal, y me sentó sobre ella, mientras él se arrodillaba frente a mí. Me desabrochó lentamente los pantalones, con los dedos que no temblaban, pero que sí temblaban un poco, porque el deseo no se borra con los años, solo se vuelve más consciente.
Su mano entró por la bragueta, y cuando suavemente acarició mi verga, cerré los ojos y solté un gemido que no pude contener. No era una vergüenza, ni un arrepentimiento, era simplemente el cuerpo recordando cómo se siente cuando algo que parecía olvidado vuelve a encenderse.
—Estás bien —dijo, y no fue una pregunta, sino una afirmación. Como si ya lo supiera desde antes.
—Tú me haces bien —respondí, y esa frase salió sin filtro, sin miedo.
Arturo sonrió, y esta vez sí me besó de nuevo, pero esta vez con la lengua, con profundidad, con ganas. Y mientras nos besábamos, me deslizó la verga fuera del calzoncillo, y la tomó en su mano, con el pulgar pasando lentamente por la cabeza, recogiendo el líquido que ya empezaba a salir.
—Mira —dijo, tomando mi rostro con ambas manos—. No tenemos que hacer nada. Solo estar aquí. Juntos.
—No es nada lo que vamos a hacer —le dije—. Es todo lo que quería hacer desde que te vi bajar del coche.
Arturo asintió, y entonces se quitó su camisa, dejando al descubierto un torso que no era perfecto: pecas doradas por el sol, una cicatriz antigua en el costado, pecho con pelos canosos, pero aún fuerte, aún vivo. Se quitó los pantalones y los calzoncillos con un movimiento lento, y allí estaba su verga, más gruesa que larga, morena alrededor de la cabeza, la piel tersa, pero con la marca de los años.
No me apresuré. Lo tomé con mis manos, y le acaricié la parte interna del muslo, luego la nalgas, y luego su culito, apretado aún, pero ya no rígido. Lo besé en el cuello, en el pecho, en el ombligo, y finalmente, lo que quería desde el principio: su verga.
Lo tomé en la boca con suavidad, no con prisa, no con codicia, sino con respeto. Y cuando lo sentí más duro, más presente, lo acaricié con la lengua, recorriendo cada venita, cada pliegue, hasta que Arturo soltó un gruñido ahogado, y me dijo:
—Emilio… me estás matando.
—Entonces no te detengas —le susurré.
Se levantó, me tomó de la mano, y me puso de pie. Me desabotonó la camisa, y me quitó los pantalones y los calzoncillos, y luego me dio la vuelta, poniéndome de espaldas a él, apoyado en la mesa, con las manos sobre el cristal frío. Sentí su pecho contra mi espalda, su respiración en mi cuello, y luego, la punta de su verga rozando mi entrada.
—¿Estás listo? —preguntó, y su voz era grave, casi ronca.
—Sí —dije—. Pero lentito. Que me quiero saborear esto.
Arturo asintió, y empujó con suavidad. No fue un invasión, fue una entrada, como cuando el agua entra en un vaso: lenta, inevitable, necesaria. Me sentí lleno, caliente, vivo. Y cuando me acostumbré a su tamaño, a su presencia, empecé a moverme, a contraer mis músculos, a pujar un poco, para que entrara más hondo.
—Dime si duele —dijo.
—No duele —respondí—. Duele cuando no estás ahí.
Y entonces Arturo empezó a moverse, con movimientos largos, suaves, como una marea que no se apresura. Yo me dejaba llevar, dejándome rellenar, dejándome llenar, hasta que sentí que algo dentro de mí iba a explotar, que algo iba a romperse, y entonces Arturo me tomó la verga y me comenzó a acariciar con la mano, con la misma lentitud, con la misma ternura.
—Estoy a punto —
¿Te ha gustado? Valóralo