El video llamado que me hizo sudar la camiseta
7 minEl video llamado que me hizo sudar la camiseta
La lluvia golpeaba suavemente contra la ventana del apartamento de Valeria, en el barrio La Candelaria de Bogotá. Era viernes por la noche, y el cielo parecía haberse desbordado con la misma intensidad con la que ella había dejado de sentirse sola desde que empezó a hablar con Mateo. Él vivía en Medellín, pero sus noches —y ahora también sus días— se habían vuelto tan cercanas como el café recién hecho que tomaban juntos en videollamadas casi todas las tardes.
Todo había empezado por casualidad: un grupo de amigos de universidad, un mensaje en el WhatsApp colectivo, y una videollamada grupal donde Valeria, con el pelo suelto y un vestido sencillo de algodón, había hecho reír a todos con un chiste de su hermana. Mateo, sentado en la esquina del monitor, con sus gafas ligeras y esa sonrisa que no le salía todo lo rápido que quería, le había lanzado un “¡Ay, Valeria, si con eso ya me haces perder el hilo del tema!” con una mirada que no parecía del todo burlona. Fue ese instante, sutil pero firme, lo que encendió algo en ella.
Los mensajes privados vinieron después. Primero sobre música, luego sobre libros que ya habían leído, y finalmente sobre lo que cada uno buscaba en una relación —o en una noche, como dijo él una vez, con un tono tan suave que Valeria sintió el aire en el cuello aunque sabía que no había ni un soplo de viento.
—¿Y si probamos algo diferente? —le había escrito ella una noche, con el celular apoyado en la almohada y la luz tenue del cuarto.
—¿Diferente cómo? —respondió Mateo al instante, y Valeria supo que había estado esperando esa pregunta.
—Una videollamada… solo tú y yo. Sin cámaras abiertas. Con los audífonos puestos. Y… con los ojos cerrados al principio.
Mateo no dudó. Le dijo que sí, y con esa respuesta, Valeria se quitó los zapatos, se recostó en la cama, se puso el audífono izquierdo y le envió un mensaje con el audio de su respiración, lenta, segura.
—Estoy listo —dijo Mateo cuando la llamó.
Ella prendió la cámara, pero no la dejó activa. Solo el sonido.
—¿Te pongo en modo silencioso? —preguntó Valeria, con la voz un poco más aguda de lo habitual.
—No. Quiero escuchar todo.
Y así empezó.
Valeria se quitó el vestido con lentitud, dejándolo caer a los pies de la cama. No había prisa, ni necesidad de mostrar nada aún. Solo el calor que subía por su cuello, el leve temblor en los muslos al apartar la sábana y sentarse con las piernas cruzadas, frente al teléfono, con el auricular pegado al oído.
—¿Me escuchas respirar? —dijo ella, y su voz se oyó ahogada por el sonido de su propia respiración, que Mateo repetía en su lado de la línea.
—Sí —respondió él, con una pausa.— Parece que me la estás poniendo dura ya.
Valeria se mordió el labio. No era la primera vez que alguien le hablaba así, pero sí la primera que lo hacía con una voz que parecía salpicada de miel y humo, como si cada palabra fuera un dedo recorriendo su columna.
—¿Te gusta cuando lo digo así? —preguntó Mateo, y por un momento, Valeria pensó que quizás había cometido un error al no ponerse una blusa ligera. Pero entonces él añadió:— Porque a mí me encanta escuchar cómo se te acelera cuando te tocas.
Eso la hizo cerrar los ojos.
—¿Me crees cuando te digo que no me he tocado aún? —murmuró.
—Sí. Pero te voy a hacer sudar la camiseta hasta que lo hagas.
Y entonces, con voz baja, casi un susurro, Mateo le pidió que se levantara. Que caminara hasta el espejo del baño. Que se mirara.
Valeria lo hizo, con el teléfono colgado del hombro, la sábana aún envolviéndole la cintura. Se vio en el espejo: la piel clara con un rubor que le subía desde el pecho hasta las mejillas, los pechos más llenos de lo normal por la excitación anticipada, los pezones ya duros bajo la tela.
—Veo tu corazón latiendo —dijo Mateo.— Como si quisiera salirse.
—Es por ti —confesó ella, sin pensarlo.
—Entonces… acércate más.
Ella se acercó, hasta que el espejo solo reflejaba su rostro, sus ojos, sus labios entreabiertos.
—Ahora, desabróchate el sostén. Con lentitud.
Valeria se puso la mano derecha en el estómago, la izquierda en el pecho, y deshizo el cierre con los dedos. El sostén se deslizó hacia abajo, y ella lo dejó colgar de los codos, con las palmas hacia arriba, como si estuviera ofreciéndose.
—¿Lo ves? —le preguntó Mateo, con la respiración un poco más agitada.
—Sí. Tus pechos. Grandes, redondos… y tus pezones ya apretados.
—Y tú —dijo Valeria, con voz temblorosa— ¿qué estás haciendo?
—Me desabrocho los pantalones. Lento. Como tú.
Ella escuchó el sonido del botón, del cierre, del pantalón bajándose por las caderas. Y luego, un suspiro.
—Estoy duro, Valeria. Muy duro.
—¿Quieres que te vea? —preguntó ella, sin esperar la respuesta, y encendió la cámara frontal.
Mateo apareció en la pantalla: su piel oscura, el vello en el pecho, los hombros anchos, y entre las piernas, su pito, tieso, grande, con la cabeza húmeda.
—Está lamiendo la punta de mi dedo —dijo él, y Valeria sintió un calorcito en la entrepierna.
—¿Qué estás haciendo? —repitió ella.
—Me lo muevo con la mano. Lento. Como si estuviera dentro de ti.
Valeria sintió que se mojaba. Realmente se mojaba.
—¿Y si ahora me tocas? —le susurró Mateo.
—¿Dónde?
—En el clítoris. Con el dedo. Muy suave. Solo una vuelta.
Ella bajó la sábana un poco más, se puso de cuclillas frente al espejo, y se separó los labios con dos dedos. Su clítoris era pequeño, redondo, brillante por la humedad que ya había empezado a formarse.
—Está como una pepita —dijo ella, con la voz rota.
—Ahora sí… acércate.
Valeria se tocó. Con la yema del dedo índice, rozó su clítoris una vez, dos, tres. Cada vez con más presión, hasta que sintió cómo su cuerpo se arqueaba, y un gemido salía de su boca sin que pudiera contenerlo.
—Mateo… —dijo.
—Dime cómo te sientes.
—Como si estuviera flotando… como si me fueras a meter el dedo ahora mismo y… y hacerme gritar.
—¿Quieres que te lo meta?
—Sí. Sí, por favor.
—Entonces… dime: ¿quieres que te mame el clítoris?
Ella no respondió con palabras. Solo lo hizo con un grito ahogado, con los dedos aferrados al borde del espejo, con el cuerpo temblando ya de la anticipación.
—Está bien —dijo Mateo, y Valeria oyó cómo se quitaba los pantalones por completo.
—Y ahora… ¿me lo pones en la boca? —preguntó ella, con una sonrisa traviesa.
—Sí. Lo voy a chupar como si fuera la primera vez que te veo desnuda.
Y así lo hizo: con lentitud, con ternura, con ese sonido que Valeria solo había escuchado en sus sueños más audaces.
Cuando ella se tocó con más fuerza, cuando su cuerpo se estremeció con una intensidad que no esperaba, Mateo le dijo:
—Ven acá.
Ella se acercó el teléfono, hasta que su clítoris rozó el altavoz.
—Chuparé tu sonido —dijo Mateo.
Y Valeria se corrió con un grito que no esperaba tan fuerte, con las piernas temblando, con la frente apoyada en el espejo empañado por su aliento.
Cuando se calmó, cuando su corazón volvió a latir como siempre, ella abrió los ojos.
—¿Y tú? —le preguntó.
—Ya me corrí —respondió Mateo.— En la pantalla. Con tu voz en mis oídos.
Valeria sonrió.
—¿Nos vemos mañana?
—Sí. Pero esta vez… quiero verte con ropa.
Y ella le prometió que sí.
Porque aunque estaban a más de cien kilómetros de distancia, ese viernes, bajo la lluvia de Bogotá, se habían tocado con las palabras, se habían gustado con la voz, y se habían dado algo que no tenía precio: el placer de sentirse deseados, aunque solo
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