El Vicio de la Paciencia

El Vicio de la Paciencia

@emilio_santos ·6 de junio de 2026 · ★ 4.8 (3) · 10 lecturas · 10 min de lectura

Yo tenía veintitrés cuando lo conocí, y él, Emilio, cincuenta y uno —treinta y ocho años de diferencia, un abismo que al principio me daba miedo, pero que con el tiempo se convirtió en mi adicción más dulce. Él era el tipo de hombre que no entraba a una habitación: la ocupaba. Alto, con los hombros anchos pero no musculosos, sino labrados por el trabajo y la vida: carpintero de oficio, pero también de alma. Tenía las manos gruesas, nudosas, con arrugas en los nudillos y cicatrices antiguas de madera y metal. Su pelo, canoso ya desde los treinta y cinco, lo llevaba cortado muy corto, casi al ras, pero con una densidad que lo hacía parecer más joven de lejos. Y sus ojos… Dios, sus ojos: café oscuro, profundamente cansados, pero con un brillo de fuego lento, como el que queda en la leña después de que el fuego se ha asentado.

Lo conocí en una feria de artesanías en Manizales. Yo estaba con mi amiga Camila, que me había arrastrado contra mi voluntad, diciendo que “necesitaba salir de ese apartamento donde solo vivía de memes y helado”. Yo llevaba una blusa ceñida, una falda corta, y sandalias de plataforma. Me sentía juguetona, segura, casi petulante. Él estaba a un lado del stand de madera, con una camisa de algodón abierta hasta el pecho, mostrando una mancha de vello cano y una cicatriz del tamaño de una moneda en el pecho izquierdo. Me miró y no desvió la vista. No como un chaval que te mira como si te estuviera comiendo con los ojos, sino como alguien que ya te había conocido antes, en otra vida, y ahora solo confirmaba que era la misma.

—¿Te gusta esa pieza? —me preguntó, sin mirar la mesa, sino directo a mis ojos.

—¿Cuál? —respondí, fingiendo indecisión, pero mi voz tembló un poco.

—Esa caja de madera de cedro, con las esquinas redondeadas —dijo, y me tendió la mano—. Cógela. Siente cómo pesa.

Lo hice. La madera estaba lisa, fría al principio, pero con el calor de mis manos se volvió tibia, casi viva. Sentí su olor: tabaco frío, madera quemada, y algo más… algo que no pude nombrar, pero me hizo recordar la primera vez que probé ron con hielo, a los dieciséis, escondida en el jardín trasero de mi casa.

—Es una caja para guardar cartas —dijo—. Para guardar lo que no se quiere olvidar. Ni siquiera cuando el tiempo las desgasta.

—¿Usted escribe cartas? —pregunté, y me di cuenta de que estaba jugando con el borde de la caja, con los dedos temblorosos.

—Ya no. Pero alguna vez sí.

Y me miró otra vez. No como un viejo curioso. Como un hombre que ya había visto mucho, y que ahora, por primera vez en mucho tiempo, sentía que algo valía la pena volver a mirar.

Me llamó dos días después. No con una llamada. Con un mensaje de WhatsApp que me mandó con una foto de esa caja, ahora con un lazo de cuerda roja y una nota escrita a mano: *Para la chica que sabe lo que es esperar*.

Me costó tres días contestarle. Tres días de pensar en él, de recordar su voz grave, de imaginar cómo sería sentir sus manos sobre mí. Al final le escribí: *¿Y si ya no quiero esperar?*

Me invitó a tomar un café en el viejo bar La Esquina, donde el café era negro y espeso como el alma de un poeta triste. Llegué con una falda media y una blusa blanca que dejaba entrever la sombra del sostén. Él ya estaba allí, sentado en una banca de madera, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas. Me sonrió como si me hubiera estado esperando toda la vida.

—¿Vose? —me preguntó, y me di cuenta de que me había escuchado decirle “vos” a Camila una vez, en el bar de al lado.

—Sí, vos —respondí, y me senté frente a él, con las piernas juntas, pero con las plantas de los pies tocándose debajo de la mesa.

No hablamos de edades. No hablamos de diferencias. Hablamos de música. Él me habló de Sosa Cano, de cómo leía poesía de Álvaro Cepeda Samudio mientras tallaba madera. Yo le hablé de cómo me gustaba escuchar *La Voz de los 80* a full volumen cuando me duchaba, y cómo cantaba mal, muy mal, pero me sentía libre.

Cuando salimos del bar, ya era de noche. El aire estaba fresco, con ese olor a tierra mojada que tiene Medellín en primavera. Caminamos hasta la estación del Metrocable, y cuando llegamos, me tomó de la mano. No con timidez. No como un viejo que pretende ser joven. Como un hombre que sabe que la vida es corta, y que si algo le gusta, lo toma.

—¿Quieres venir a mi casa? —me preguntó, y me miró directo a los ojos, sin pedir permiso, sin fingir inocencia.

—Sí —respondí, y me di cuenta de que no había duda en mi voz.

Subimos en el Metrocable, y mientras la ciudad se desplegaba debajo de nosotros, como un tapiz de luces y sombras, él me mantuvo la mano. No apretada, no exigente. Sostenida. Como algo que valía la pena cuidar.

Su casa estaba en una ladera de La Candelaria, pequeña, con paredes de madera clara, ventanas grandes y un balcón que daba a los cerros. Olía a café, a cedro, a vino tinto y a algo más: a masculinidad madura, a seguridad, a quietud.

—Pasa —me dijo, y me tomó de la cintura para guiarme.

No fue una casa de viejo. No tenía retratos de la abuela, ni cojines de encaje. Tenía estantes con libros, una mesa de trabajo con herramientas, una cama ancha, con sábanas blancas, y una lámpara de pie que proyectaba sombras largas en la pared.

Me senté en el borde de la cama, con las manos sobre las rodillas, sintiendo el calor subirme por el cuello. Él se acercó despacio, como si temiera que me fuera a ir corriendo. Pero no me fui. Me quedé.

Se quitó la camisa lentamente, como si cada botón fuera una promesa. La tela se deslizó por sus brazos, y entonces vi su pecho: pecho ancho, piel morena con manchas de edad, pero firme, con un vello cano que formaba un sendero que descendía hacia el ombligo, y más abajo… más abajo, el inicio de su pito. No estaba grande, pero tampoco pequeño. Estaba *presente*, como una promesa cumplida. Tenía el glande ligeramente hinchado, oscuro, con un ligero brillo por el sudor.

—Vas a tener que quitarte esa blusa —dijo, con la voz ronca.

Lo hice yo misma. Desabroché cada botón con lentitud, sintiendo su mirada como una caricia. Cuando me quedé con el sostén de encaje negro, me levanté y me acerqué a él. No con audacia. Con curiosidad. Con deseo.

—¿Me dejas tocarte? —me preguntó.

—Sí —susurré.

Puso sus manos sobre mis hombros, y con los pulgares, deslizó las tiras del sostén por mis brazos. Lo dejó caer al suelo, y entonces me besó. No fue un beso de joven. No fue rápido, ni agresivo. Fue un beso profundo, lento, con lengua y sabor a café y a vino. Me besó como si me estuviera aprendiendo, como si cada centímetro de mi boca fuera un mapa nuevo.

Me separé un momento, y lo miré a los ojos.

—¿Tienescondón? —pregunté, porque era lo único que me preocupaba.

—Sí —dijo, y sacó un preservativo de la mesita de noche—. Pero ahora, primero quiero verte.

Me desabrochó el cierre de la falda con los dientes. Sí, con los dientes. Me la bajó lentamente, junto con la braguita, y me dejó allí, de pie, con el cuerpo desnudo, con los pechos flotando un poco, con el vello público rubio y recién afeitado, con las piernas temblorosas.

—Dios —susurró—. Estás tan rica.

Me tomó de la cintura y me sentó en la cama. Se arrodilló frente a mí, y entonces me abrió las piernas con las manos, suaves, pero firmes. Me miró entre los muslos, y entonces metió la lengua.

Fue como un relámpago. No fue un lamer suave. Fue un trabajo. Su lengua fue recta, precisa, presionando contra mi clítoris, rozando mis labios internos, metiéndose entre mis pliegues como si ya conociera cada rincón. Me agarré de las sábanas, arqueé la espalda, y grité su nombre como si fuera un pecado.

—¡Emilio! ¡Emilio! —repetía, con los dientes apretados.

—Sí, mija —dijo, sin detenerse—. Sí, ven acá, ven acá…

Me lamía con fuerza, como si me estuviera sacando el alma por la entrepierna. Me metió dos dedos, uno, dos, tres, con una rutina perfecta, como si hubiera estado entrenando toda su vida para esto. Me frotaba el clítoris con el pulgar mientras me metía los dedos, y yo me venía como una loca, con un orgasmo tan fuerte que me hizo llorar, que me hizo gritar, que me hizo sentir que mi cuerpo se deshacía en pedacitos pequeños y brillantes.

Cuando volví en mí, él ya estaba de pie, con el pito fuera del condón, erecto, gordo, con el glande oscuro y brillante. Me lo mostró, y me dijo:

—¿Lo quieres?

—Sí —dije, y me tendí sobre la cama, con las piernas abiertas, con las manos sobre mi vientre.

Me lo metió despacio. No fue rápido. No fue agresivo. Fue lento, consciente, como si cada centímetro fuera un juramento. Lo sentí entrando, grande, caliente, firme, llenándome por dentro. Me estiró los pechos con las manos, y me mordió el labio inferior mientras se empujaba hasta el fondo.

—Dios mío —susurré.

—Dios no tiene nada que ver con esto —respondió él, y empezó a moverse.

Y entonces fue cuando lo entendí: el vicio no es la droga. El vicio es el tiempo. El vicio es la experiencia. El vicio es tener un hombre que te conoce sin que tú le digas nada, que te mete el pito como si fuera el único que existe en el mundo, que te toca como si cada nervio de tu cuerpo fuera una cuerda que él ya había afinado.

Se movía lento, con profundidad, con fuerza, con un ritmo que solo un hombre de cincuenta y un años puede tener: pausado al principio, para disfrutar, para saborear, y luego más rápido, más fuerte, como si el tiempo se le estuviera acabando y quisiera quedarse con todo.

Me agarró de los pechos, me dio un pequeño tirón, y entonces me pegó un manotazo en el culo. No fue violento. Fue un golpe de posesión, un recordatorio de que yo estaba allí, para él, por él.

—¿Te gusta? —me preguntó, jadeando.

—Sí —dije—. Sí, me gusta. ¡Sí, Emilio!

—Dime quién te está follando —me ordenó.

—Tú —dije—. Tú me estás follando, mi viejo rico.

Se rió, un low, gutural, y me metió el pito más adentro, y entonces se detuvo, y me miró a los ojos, y me dijo:

—Eres la mejor decisión que he tomado en años.

Y entonces se vino. Se vino con un grito ahogado, con los ojos cerrados, con los puños apretados, con el cuerpo rígido. Me llenó el culo, me inundó con su leche, y yo sentí cómo se desbordaba dentro de mí, caliente, espesa, pesada.

Se derrumbó sobre mí, con el pito todavía dentro, con el sudor pegándonos la piel, con su respiración pesada en mi cuello.

—¿Te duele? —me preguntó.

—No —dije—. Me gusta.

—¿Segura?

—Sí —dije—. Porque contigo, el tiempo no cuenta.

Y entonces me besó otra vez, y me acarició el pelo, y me dijo:

—Mañana volvemos a hacerlo. Y el día después también.

Y yo, con el cuerpo aún temblando, con el pito aún dentro, con el sabor de su piel en mi boca, le respondí:

—Entonces dime, viejo… ¿cuándo vamos a empezar?

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