El Vagón de la Luna Llena
6 minEl Vagón de la Luna Llena
El tren expresó dejó atrás la estación de Querétaro con un silbido agudo y un crujido metálico, como si se estirara después de una larga siesta. A bordo, el aire acondicionado susurraba en off, mezclándose con el ritmo cadencioso de las ruedas sobre los rieles. Fuera, el desierto central se desplegaba bajo un cielo que ya empezaba a teñirse de púrpura y dorado, como si el sol se despidiera con una sonrisa perezosa.
En el compartimiento ejecutivo número siete, sentada junto a la ventana, estaba Ximena. Llevaba una blusa de seda color miel, abierta hasta el segundo botón, y una falda plisada que le quedaba justa en las caderas. Su cabello, castaño oscuro con reflejos de miel, lo tenía recogido en un moño des hecho, con algunas hebras sueltas que le acariciaban la nuca. Tenía los pies descalzos dentro de unos mocasines negros, y de vez en cuando, movía los dedos como si estuviera probando la textura invisible del aire.
—¿Te importa que me siente aquí? —la voz del hombre llegó suave, casi por debajo del murmullo del tren.
Ximena alzó la mirada. Él estaba en la puerta, con una maleta de cuero en una mano y una botella de agua en la otra. Alto, bien plantado, con una chaqueta de lino color crema que no lograba disimular los hombros anchos ni la cintura estrecha. Tenía los ojos verdes, limpios, con una sombra de cansancio que no le restaba brillo.
—Este compartimiento es mío —dijo ella, sin amabilidad, pero sin dureza—. Pero si no te importa la compañía, adelante.
Él sonrió, una sonrisa breve, sincera, como si hubiera escuchado esa frase mil veces y aún le gustara el desafío.
—Gracias. Me llamo Álvaro.
—Ximena.
Él se sentó frente a ella, dejó la maleta en el compartimento superior y descorrió la cortina del ventanal con un gesto pausado. Afuera, los campos de agave pasaban en manchas grises y verdes, con el sol postrero pintando de fuego los bordes de las nubes.
—¿Vienes de viaje o vas de regreso? —preguntó Ximena, inclinando la cabeza hacia un lado.
—De regreso. Estuve en Guadalajara, dos días de reuniones que parecían eternas. ¿Y tú?
—De vacaciones. Mismo destino: Guadalajara, pero por motivos distintos. —Se encogió de hombros—. Quería salir de la ciudad. De la rutina. De… de sentir que todo se mueve demasiado rápido.
Álvaro asintió, como si entendiera. Pero no dijo nada más. Solo tomó un trago de agua, y sus ojos se posaron en las manos de Ximena, que se entrelazaban sobre sus rodillas. Él notó que una de sus uñas tenía un pequeño astillado, como si hubiera estado tocando algo áspero, algo real.
—¿Sabías que este tren pasa por un mirador invisible? —preguntó él, de pronto.
Ella lo miró con una ceja alzada.
—¿Invisible?
—Sí. En el kilómetro 147, cuando el tren se detiene un par de minutos por orden de tráfico, hay un descampado que no está en los mapas. Una especie de claro entre dos cerros. El conductor lo llama “el descanso de la luna”. Y si estás atento… si estás *presente*… verás algo que no esperabas.
—¿Qué?
—No lo sé. A veces es una persona. Otras, una luz. O nada. Pero el hecho de que *pueda* ser algo —sonrió—, hace que el tren deje de ser solo un medio de transporte.
Ximena se recostó un poco contra el respaldo, cruzando las piernas con lentitud, dejando que la falda se deslizara un centímetro más arriba de las rodillas. Álvaro no bajó la vista, pero su respiración cambió, leve pero perceptible.
—¿Y qué haces cuando el tren se detiene? —preguntó ella.
—Me bajo. Camino un poco. Respiro. A veces escribo. Otra… solo observo.
—¿Y si algo te observa a ti?
Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y por primera vez, su voz adquirió un tono más bajo, más íntimo, como si estuviera compartiendo un secreto.
—Entonces lo miro de vuelta. Y si el otro no se asusta… bueno, se arma algo.
Ximena rio, una risa corta, sorprendida, casi infantil.
—¿Te parece normal eso? ¿Bajar de un tren en medio de la nada solo para… ver?
—¿Normal? —él levantó las cejas—. Depende de qué le llames normal. A mí me parece más normal que sentarse en una oficina todo el día. Pero cada quien tiene su ritmo. Tú parece que vienes corriendo del reloj.
—Sí… —ella asintió—. A veces siento que el tiempo me está comiendo los días por dentro.
—Entonces ¿por qué no te detienes? —él le tendió la botella—. Toma un poco de agua. El desierto es seco, pero aquí dentro también se nota. Y… no es solo el clima.
Ella tomó la botella, dejando que sus dedos rozaran los de él por un instante. Una fricción breve, casi accidental, pero lo suficientemente larga como para que ambos la notaran. Álvaro no retiró la mano al instante. Esperó.
—¿Qué pasa si me bajo con vos? —preguntó Ximena, con los ojos fijos en los suyos.
Él tragó saliva. No fue una mueca nerviosa, sino algo más profundo, más humano.
—Entonces… —dijo, despacio—… mientras el tren se detenga, seríamos dos personas que se miran. Y si el silencio no nos aburre, tal vez hablemos. O no hablemos. O solo… estemos.
—¿Solo estaremos?
—Sí. Sin promesas. Sin agendas. Solo un instante… que podría durar un minuto, o cinco. O toda la noche, si la luna se decide.
Ximena se levantó. No con precipitación, sino con una calma deliberada, como quien se quita un zapato mojado con cuidado de no perder el equilibrio. Se acercó a la ventanilla y miró hacia adelante, donde la vía se perdía en el horizonte.
—¿Cuánto falta para el descanso de la luna?
Álvaro consultó su reloj.
—Treinta y dos minutos.
Ella no respondió de inmediato. Se giró lentamente, y esta vez sí bajó la vista hacia él. Sus ojos tenían una chispa nueva, como el viento que se acerca antes de una tormenta.
—¿Y si te digo que hoy no quiero estar sola?
Él se puso de pie. No con brusquedad, sino con la seguridad de quien sabe que ya no hay vuelta atrás.
—Entonces… —dijo—, cuando el tren se detenga, te espero afuera. No con flores, ni con discursos. Solo con mis manos vacías, y contigo.
Ximena asintió, y por primera vez, dejó que una sonrisa le llegara hasta los ojos. No era una promesa, ni un desafío. Era una invitación, suave como la seda de su blusa, tan frágil como el instante que se avecinaba.
Fuera, el sol se hundió del todo. Y el tren, como si lo hubiera escuchado, comenzó a disminuir la velocidad. Las luces del vagón parpadearon una vez, dos, y luego se encendieron suavemente, como estrellas que se encienden una por una.
Ximena tomó su bolso y caminó hacia la puerta.
—No te olvides —dijo, con la mano en el pomo—. Mientras el tren se detenga, somos dos personas que se miran.
Álvaro asintió, y por primera vez, él también sonrió con los ojos.
—Y si la luna se decide… —añadió—, tal vez nos veamos mejor.
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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.