El último vagón del tren que no para en ninguna estación

El último vagón del tren que no para en ninguna estación

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

Llevaba tres horas sentada junto a la ventana, con las piernas cruzadas y la mochila en el suelo, los pies descalzos apoyados en el asiento de al lado. El tren avanzaba por la costa del Pacífico, entre acantilados y palmeras, y el aire acondicionado soplaba demasiado fuerte, frío contra mi piel sudorosa. Me había olvidado de ponerme desodorante, me había olvidado de casi todo, desde que lo vi entrar en la estación de Valparaíso: camisa blanca abierta hasta el ombligo, pantalón de lino arrugado, el reloj de pulsera un poco torcido, los ojos oscuros que no parpadearon cuando cruzamos miradas. No dijo nada. Solo subió, dejó su maletín en el portaequipajes y se sentó frente a mí.

—¿Vas hasta Peñalolén? —pregunté, como si eso tuviera sentido.

—Hasta el final —respondió, y me sonrió con la boca cerrada, pero los ojos me dijeron que sabía que yo también iba hasta el final, que no importaba el nombre de la estación, que lo que importaba era que estuviéramos solos en este vagón, que los otros pasajeros ya se habían bajado en las paradas anteriores.

El tren se vació como si alguien hubiera apagado una luz. Primero una señora con dos maletas, luego dos estudiantes hablando en voz baja, luego un hombre que llevaba un gato en una caja. Y cuando quedamos solos, el silencio se volvió espeso, cálido, húmedo.

Me levanté. Caminé hasta el pasillo, descalza, y me detuve frente a él.

—¿Te importa si me siento aquí? —pregunté, señalando el asiento que ahora ocupaba yo.

—No me importa nada —dijo, y abrió las piernas un poco, dejando espacio entre ellas, como si ya me conociera.

Me senté. No nos tocamos al principio. Solo respiramos. El aire acondicionado seguía soplando, pero yo sentía calor en el cuello, en la base del pecho, en el interior de los muslos. Me desabroché el primer botón de la blusa. Él no apartó la vista. Lo noté: sus pupilas se expandieron cuando mi piel se mostró un poco más, cuando la luz del sol se filtró por la ventana y pintó una línea dorada sobre mi clavícula.

—¿Te gusta el calor? —le pregunté.

—Me gusta lo que haces cuando te sientes sola y fría.

—No estoy sola —dije, y puse la mano sobre su muslo.

La tela del pantalón era áspera, pero debajo sentí el calor de su cuerpo, el latido de la arteria. Apreté un poco, dejé que mis dedos se deslizaran más arriba, hasta la ingle, donde ya se formaba una protuberancia evidente. Él soltó un suspiro, no largo, no dramático, sino breve, como si hubiera estado conteniéndose.

—¿Quieres que te toque? —le pregunté, bajando la voz.

—Quiero que me jodas.

No esperé más. Me incliné sobre él, desabroché su pantalón con una mano, lo bajé hasta las rodillas, y lo vi salir: grueso, oscuro, la punta húmeda, la piel brillante. Lo tomé con ambas manos, lo froté despacio, desde la base hasta la cabeza, sintiendo cómo se ponía más duro, más pesado, más mío. Él inclinó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos, y sus dedos se entrelazaron con los míos, pero no me detuvieron, solo me guiaron.

—Estás tan caliente —susurré, y lo froté contra mi musillo, ya empapado.

Me levanté un poco, me desabroché el sujetador, lo bajé, y dejé que mis pechos salieran. Él los miró, no los tocó aún, solo los observó, como si no creyera que estuvieran ahí, como si temiera que desaparecieran si los tocaba. Pero cuando mis dedos se movieron sobre él, cuando lo empujé hacia mí, él reaccionó: sujetó una de mis caderas con fuerza, me jalo hacia su boca.

—Quiero sentir tu pecho en mi lengua —dijo, y ya no pude evitar gimiendo.

Lo tomé entre mis labios, la punta primero, lento, girando la lengua, chupando con suavidad, luego con más fuerza, hasta que él soltó un gruñido bajo, y su mano subió a mi pelo, no para detenerme, sino para empujarme más profundamente.

—No quiero que te detengas —dije—. No quiero que te detengas ni un segundo.

Me levanté, me deslicé el pantalón y la bragas por las caderas, y me senté sobre él, lentamente, dejando que su polla entrara en mí, un centímetro, dos, hasta que se hundió todo, hasta que sentí su fondo contra mí, su calor, su peso. Me incliné hacia adelante, apoyé las manos en sus hombros, y comencé a subir y bajar, con movimientos cortos, luego más largos, más rápidos, hasta que sentí que se ponía más grande dentro de mí, que me estiraba, que me llenaba hasta el fondo.

—Mira cómo te jodo —le dije, y me moví más rápido, con las caderas, con el cuerpo, con todo lo que tenía.

Él me sujetó de las caderas, me empujó hacia abajo, y yo grité, porque me había metido hasta la raíz, porque sentí que me abría, que me rompía, que me hacía suya. Él comenzó a bombear con fuerza, con ritmo, y yo me aferré a sus hombros, a su pelo, a su cuello, y sentí sus dientes en mi hombro, no mordiendo, solo presionando, como para que no me soltara.

—Tú quieres que te joda hasta que no puedas más —dijo, y me sujetó la nuca, me empujó contra su boca, y yo besé su lengua, su sabor, su sal, su sudor.

El tren dio un golpe seco, una curva brusca, y yo me desequilibré, pero él me sujetó, me sostuvo, y yo bajé de nuevo, lo sentí más duro, más húmedo, más mío. Mis pechos se movían con cada embestida, su polla se hundía en mí, salía, se hundía, salía, y yo sentí que se acercaba, que él también lo sentía, que ambos nos estábamos rompiendo por dentro.

—Voy a correrte dentro —dijo, y yo le respondí con una mordida en el cuello, con un grito ahogado.

—Hazlo. Corrételo todo. Quiero sentirlo.

Él me sujetó más fuerte, me levantó un poco, y se hundió una última vez, profundamente, y yo sentí el chorro caliente, el líquido espeso, la emboscada de su semilla dentro de mí. Me temblaron las piernas, me tembló la boca, me temblaron los ojos. Él soltó un gemido bajo, gutural, como un animal que no puede más, y yo lo sentí vibrar en su pecho, en su garganta, en sus dedos que se cerraron sobre mis caderas como si quisiera quedarse ahí para siempre.

El tren entró en un túnel, la luz se apagó, y por un momento, no hubo nada más que su respiración, mi corazón, el sonido de nuestra unión, el olor a sal y a sudor y a sexo.

Cuando salimos del túnel, él me bajó suavemente, me ayudó a recoger mis ropas, y me miró con los ojos húmedos, con la boca entreabierta, con la sonrisa de quien acaba de descubrir un secreto que nadie más conocerá.

—¿A qué estación llegamos? —pregunté.

—A ninguna —dijo—. A ninguna estación. A ti. A mí. A este momento.

Y me besó, lento, profundo, con la lengua y con el sabor de mi piel, y yo supe que no importaba cuánto durara el tren, que lo importante era que siguiéramos dentro, que lo demás no era más que una ilusión, una parada que no venimos a hacer.

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