El Último Baile del Verano
4 minEl Último Baile del Verano
La plaza estaba vacía, salvo por los faroles titilantes y el calor que aún se pegaba a los adoquines como una segunda piel. Renata, con el pelo recogido en un moño deshecho y una falda corta que dejaba ver las piernas bronceadas, apoyaba la espalda contra el banco de hierro forjado, esperando. Sabía que llegaría tarde —Matías siempre llegaba tarde—, pero esa espera le gustaba. Le gustaba la promesa que colgaba en el aire, pegajosa y dulce como el humo del asado que venía desde la esquina.
Lo vió a lo lejos, caminando con esa seguridad de quién sabe que es bueno en la cama, con esa postura de quien ya se ha deshecho del abrigo y solo le queda el cuerpo desnudo y listo para el fuego. Matías, con su camiseta sudada y los ojos oscuros, brillantes, como si llevase dentro una fogata que no sabía dónde apagar.
—Volviste a tardar —dijo Renata, sin moverse.
—Siempre llego justo a tiempo cuando la espera duele —respondió él, acercándose hasta que el aire entre ellos se volvió espeso, cargado de electricidad.
Renata le tendió una cerveza helada. Él la tomó sin romper el contacto visual, y cuando por fin bebió, la punta de su lengua rozó el borde del lata, como si ya estuviera probando su sabor en otra parte.
—¿Querés ir a mi departamento? —preguntó él, voz ronca, ya sin disimulo.
—Todavía no —respondió ella, y se levantó lentamente, como si el cuerpo no fuera a obedecer, pero sí lo hizo—. Primero, quiero verte caminar hasta acá, sin mirar atrás. Solo vos. Solo así.
Matías soltó la lata vacía, se sacó la camiseta y se quedó con el pecho cubierto de vello oscuro, sudor y marcas de sol. Caminó. Lento. Con los hombros derechos, los pies plantados, como si cada paso fuera un juramento. Y cuando llegó, Renata ya tenía las manos en su cintura, apretando la tela de sus pantalones.
—Ahora sí —murmuró ella—. Vos sabés qué tengo ganas.
Él no dijo nada. Solo la tomó de la nuca, la atrajo hacia adelante y le mordió el labio inferior con suavidad, antes de hundir la lengua en su boca. Fue un beso húmedo, lento, que empezó dulce y terminó exigente. Renata gimió contra su boca, sin apartarse, mientras sus dedos se metían bajo el elástico de su pantalón y le acariciaban la base del pene, ya duro y caliente.
—Mierda… —exhaló Matías, apartándose apenas para respirar—. Si no te muevo enseguida, me voy a hacer daño solo de mirarte.
Renata sonrió, juguetona, y le dio un codazo en el costado.
—Vamos. Antes de que el calor se nos derrita todo.
En su departamento, el aire olía a limón y a sexo antiguo. Renata cerró la puerta, se sacó las sandalias con un movimiento fluido y le quitó los pantalones a Matías sin deshacerse del cinturón. Lo dejó ahí, medio vestido, mientras él la miraba con los ojos entrecerrados.
—A ver —ordenó ella, empujándolo hacia la cama—. Sentate.
Él obedeció, y Renata se arrodilló entre sus piernas. Desabrochó el cierre de su pantalón con lentitud, deslizó el elástico de la ropa interior hacia abajo, y ahí lo tuvo: su pene grande, grueso, la punta ya húmeda de pre-cum. Renata le dio un beso en la base, luego otro en el glande, y lo lamió con cuidado, desde abajo hacia arriba, saboreando el sabor salado, acalorado.
—Renata… —la llamó Matías, voz quebrada—. Vení para acá. Quiero sentirte.
Ella se levantó, se sacó la falda y se quitó la camiseta con un movimiento rápido. Se sentó sobre su regazo, con las rodillas a los lados, y lo guió con la mano. La punta de su pene rozó su concha ya húmeda, y Matías empujó, firme, hasta que se hundió hasta la base.
—Mierda… —susurró él, mirándola fijo, con los ojos vidriosos—. Estás tan apretada…
Renata se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en sus hombros, y empezó a subir y bajar, con lentitud. Cada movimiento era un roce contra su clítoris, cada bajada un apretón de sus músculos internos. Matías le agarró los pechos, los apretó, les dio un mordisco suave a los pezones, y Renata gritó, sin vergüenza, sin tiento.
—Garcháme, matáme, ¡querés! —le soltó ella, con la voz pastosa, ya sin control.
Él la volvió hacia sí, la tomó de las caderas y empezó a empujar con fuerza, con un ritmo salvaje, hundiéndose hasta la garganta de su vagina, sacudiéndola como si no hubiera mañana. Renata se agarró a sus brazos, le clavó las uñas, y cuando sintió que el orgasmo la embestía como un tren, gritó su nombre como una plegaria.
Matías la siguió segundos después, con un gruñido gutural, empujando hasta el fondo, vaciándose dentro de ella con una fuerza que los hizo temblar a ambos.
Se quedaron abrazados, sudados, con el corazón a mil.
—Mañana volvemos —dijo Matías, acariciándole el
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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.