El último asado del verano

El último asado del verano

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La tarde de verano se derramaba sobre la terraza como miel espesa, dorada y pegajosa. El sol ya se deslizaba por el horizonte, pero el calor de la piedra y el sol aún colgaba en el aire, mezclándose con el humo del asador y el olor a ajo y pimienta. En la silla reclinable, con las piernas abiertas y las manos apoyadas en los brazos, estaba Raúl. Sesenta y siete años, piel curtida por décadas de trabajo al aire libre, barba cana recortada con esmero, y ojos que ya no se escondían detrás de gafas, porque no le interesaba ocultar nada. Tenía el pecho pelado, salpicado de manchas solares, y una cicatriz blanca en la frente, regalo de una caída en bicicleta a los treinta. Pero lo que más llamaba era la postura: relajado, seguro, como un león que ya no necesita rugir para saber que tiene el campo.

A su lado, sentado en un taburete bajo, con las piernas cruzadas y una cerveza medio vacía en la mano, estaba Leo. Treinta y cinco, piel más clara, cuerpo atlético pero sin exageración, barba recién afeitada y una sonrisa que aún no había aprendido a disimular. Era el sobrino nieto de Raúl —de la rama lejana, la que no visitaban desde hacía años—, pero había vuelto esa semana, con una excusa tonta sobre arreglar el auto viejo y quedado a dormir. No era un chico cualquiera. Leo tenía una mirada limpia, directa, sin dobleces. Y algo más: una curiosidad que no parecía de juventud, sino de sed de verdad.

—¿Te acordás de cuando me llevaste a pescar al arroyo, tío? —preguntó Leo, mirando el fuego que subía por la parrilla.

—Sí —respondió Raúl, sin apartar los ojos de la carne—. Estabas temblando de frío, con ese buzo amarillo que te venía grande. Y te dijiste: “Si pescamos, nos comemos todo lo que agarramos”. Y agarramos una pila de pejerrey. Tanto que tu vieja nos pegó una rabiada.

Leo rio, un sonido bajo, natural, sin fingir. Se inclinó hacia adelante, y el cuello se le estiró, mostrando la línea suave donde el cuello encontraba el hombro. Raúl lo vio. No con disimulo, ni con vergüenza. Lo vio como quien mira una puesta de sol, o un vaso de vino bien servido. Sabía que Leo lo sabía.

—Volví por eso —dijo Leo, bajando la voz, casi como un suspiro, pero claro—. Por el recuerdo. Y por otras cosas.

Raúl le dio vuelta al asado con la pinza. La piel del pollo ya estaba crujiente, la grasa goteaba sobre las brasas y soltaba humo espeso y perfumado. No respondió de inmediato. Se tomó su tiempo. Bebió un trago de cerveza, se limpió la boca con el dorso de la mano, y recién entonces lo miró a los ojos.

—¿Y qué otras cosas, piña?

Leo no bajó la mirada. Se levantó del taburete, se acercó lentamente, y se detuvo frente a Raúl, con las manos apoyadas en los brazos de la silla. Estaba cerca. Cerca de más. Cerca de lo que ambos sabían que iba a pasar.

—Quiero que me muestres otra vez cómo se hace un asado —dijo, con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente—. Pero esta vez… no me pongas a sacar la espina al pejerrey. Quiero que me enseñés lo que hacés cuando no hay nadie más.

Raúl sonrió, lento. Movió una mano, con los dedos abiertos, y acarició la mejilla de Leo, con la palma áspera pero cálida. Sintió el vello fino, la suavidad de la piel recién afeitada, el calor que subía del cuerpo del chico.

—¿Estás seguro, gordo? Porque esto no es como cuando le pegás un mordisco al asado y te quemas la lengua. Esto se prueba, se saborea, y después se repite. Y no hay vuelta atrás.

—Yo no vuelvo atrás —dijo Leo, y se inclinó hasta que sus labios rozaron el cuello de Raúl—. Vení, tío. Queda poco de luz. Y el asador ya no necesita más fuego.

Raúl se levantó con calma, sin prisas, como si ya hubiera rehecho el camino mil veces. Leo lo tomó del brazo, y lo guió hacia adentro, por el pasillo que daba al dormitorio. La luz del sol aún entraba por la ventana, pero ya no era dorada: era rojiza, como sangre diluida en vino.

El dormitorio era grande, con paredes claras, una cama doble antigua, y un olor a madera vieja, a ropa limpia, a jabón de tocador y a sudor. Raúl cerró la puerta con un golpe suave, y se dio vuelta. Leo ya no tenía la cerveza en la mano. Se había sacado la remera, y ahora estaba de pie, con los pantalones bajados apenas un poco, mostrando el borde del boxers de algodón, oscuro, humedecido por la punta.

Raúl se acercó. No con apuro. Con pesadez. Con intención. Pasó las manos por el pecho de Leo, sintiendo los músculos tensos, el corazón acelerado, el calor de la piel. Bajó los dedos, rozando el ombligo, y luego se detuvo frente al pañuelo húmedo.

—Dormí con esto puesto —dijo Leo, bajito—. En la cama del cuarto de invitados. Me imaginaba que eras vos el que me acariciaba.

Raúl no dijo nada. Se arrodilló, lentamente, sin hacer ruido, como si supiera que cada movimiento contaba. Deslizó los dedos por dentro del boxers, encontrando el pene ya medio erigido, grueso, ligeramente inclinado hacia arriba. Lo sostuvo con la mano entera, acariciándolo con el pulgar en la cabeza, presionando suavemente la punta hasta que salió un poco de líquido transparente.

—Sí —murmuró Leo, cerrando los ojos—. Sí, tío… así.

Raúl lo chupó. Primero con suavidad, mordisqueando el glande, lamiendo la punta, saboreando la sal que tenía en la piel. Luego lo metió todo, hasta la raíz, con la boca húmeda y caliente, y sacó con lentitud, arrastrando los labios por el shaft, rozando los cojones con la barba.

Leo gimió, un sonido gutural, que salió del fondo del pecho. Se agarró del pelo de Raúl, no para empujar, sino para sostenerse. Para no caer.

Raúl lo dejó un momento, con el pene still entre sus labios, y se puso de pie. Se desabrochó la camisa, se la sacó, y se deslizó los pantalones y la ropa interior en un solo movimiento. Quedó desnudo, con la barriga blanda pero firme, el pene colgando suelto, flácido pero already listo, y los cojones pesados y oscuros.

—Vine por vos —dijo Leo, y se quitó el boxers de un jalón—. No por el asado. Por esto. Por sentirme vivo. Por sentir que aún puedo querer algo con las manos sucias de barro y el corazón acelerado.

Raúl no lo dejó terminar. Lo tomó del brazo, lo sentó en la cama, y se puso entre sus piernas. Con una mano le separó los labios de la concha, con la otra le acarició el culo, apretando suavemente la nalgas, sintiendo la textura tersa de la piel.

—Vení acá, gordo —susurró—. Abrí las piernas más. Que te vea bien.

Leo obedeció, con los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás, la garganta expuesta. Raúl lo besó ahí, en el cuello, y luego bajó, lamiendo el esternón, los pezones duros, el ombligo. Cuando llegó a la concha, lo encontró mojado, con los labios hinchados, el botón duro como una piedrecita. Lo metió entre los dientes, y lo chupó con fuerza, mientras con un dedo le metía dentro, lentamente, hasta la primera falange.

Leo gritó. Un grito corto, ahogado, pero fuerte. Se arqueó, y sus manos se clavaron en la cama.

—No me aguanto si me lo hacés así —dijo, jadeando—. Quiero entrar vos. Quiero que me garches como se debe.

Raúl se puso de pie, tomó el condón de la mesita de luz, se lo puso con rapidez, y lo lubrificó con el líquido que había salido del pene de Leo. Se colocó frente a la entrada, y empujó, con un movimiento suave pero firme.

El cuerpo de Leo se abrió. Se contrajo, pero no para rechazar: para contener. Para guardar. Para sentir. Raúl entró todo, con un solo empuje, hasta la raíz, y se detuvo. Sintió el calor, la presión, la hum

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