El Trío del Callejón del Panadería

@el_anonimo ·17 de mayo de 2026 · ★ 4.7 (16) · 120 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que vio a Valeria con otro hombre, no sintió celos: sintió curiosidad, esa punta aguda que te hace detenerse en medio del pasillo y girar la cabeza sin poder evitarlo. Ella estaba sentada en la banca de madera del parque, con las piernas cruzadas y el sol posado en los hombros como una manta dorada. El hombre, alto, de pelo canoso recortado en sienes y nuca, le acariciaba la mano con la palma abierta, como si estuviera probando la textura de una tela cara. Ella reía, un poco más alto de lo necesario, y él respondía con una sonrisa que no llegaba a los ojos, pero sí a la forma en que inclinaba la cabeza, rendido.

—¿Lo conoces? —le preguntó Camilo al día siguiente, mientras servían café en su apartamento del barrio La Candelaria, en un edificio viejo con paredes de ladrillo descascarado y olor a pan recién horneado por la panadería de abajo.

Valeria, con las piernas estiradas sobre el sofá, se giró con la taza en la mano, los ojos brillantes como si aún guardara el eco de la risa del día anterior.

—Sí. Se llama Gustavo. Es arquitecto. Me invitó a una reunión de lectura de poesía. —Calló un instante, tragó el café, y añadió—: Tiene 56 años. Y me mira como si yo fuera el único lugar seguro del mundo.

Camilo no respondió enseguida. Se limpió la barba de tres días con la mano, se acercó al sofá y se sentó al borde, lo suficientemente cerca como para sentir el calor que ella desprendía. No era un hombre de gestos grandes, pero su presencia tenía peso: alto, musculoso sin exageración, con manos grandes que parecían hechas para sostener y también para acariciar. Y ojos oscuros que, cuando fijaba la mirada en alguien, daban la impresión de que lo veían todo —y aún así seguían mirando.

—¿Y qué tal si…?

—¿Sí? —preguntó Valeria, inclinándose hacia adelante, el cabello oscuro cayéndole sobre una mejilla.

—¿Y qué tal si lo invitamos a cenar?

Ella soltó una risita suave, con la punta de la lengua entre los dientes. No rechazó la idea. Ni lo animó. Sólo lo miró, fijamente, como si estuviera midiendo el peso de la palabra que venía.

—Eres un loco —dijo, al fin—. Pero… me gusta.

La cena fue en su apartamento. Gustavo llegó con una botella de ron Viejo Seco y un ramo de girasoles pequeños, como los que se venden en el mercado de la 70. Se abrazaron con una calidez que sonaba a promesa, no a cortesía. Valeria los presentó con una sonrisa que no era del todo neutra.

—Camilo me dice que eres un hombre que sabe escuchar —dijo ella, sirviendo vino en vasos anchos.

—Y que también sé esperar —respondió Gustavo, con una sonrisa que sí llegó a los ojos esta vez.

El ron corrió, las risas subieron de tono, y cuando Valeria se puso de pie para encender las velas en la mesa, Camilo notó que Gustavo no apartaba los ojos de su trasero, ni siquiera disimuladamente. Ella lo notó también, y se volvió con la mirada baja, pero sin ruborizar, como si ya hubiera evaluado el riesgo y decidido que valía la pena.

La conversación se volvió más íntima, más lenta. Hablaron de viajes, de libros, de la forma en que el tiempo se vuelve más denso después de los cuarenta. Y cuando Gustavo tocó la rodilla de Valeria con la suya bajo la mesa, Camilo no se movió. Sólo apretó el vaso en su mano, sintiendo el frío del cristal contra la piel caliente.

—¿Te parece si nos mudamos al sofá? —sugirió Valeria, como si estuviera decidiendo qué película ver.

Gustavo asintió, y Camilo se levantó con ellos, pero no hacia la televisión. Hacia la puerta del cuarto.

—¿Les importa si primero me cambio? —preguntó Valeria, y se dirigió al baño, dejando la puerta entreabierta.

Cuando salió, llevaba un vestido corto de seda negra, sin mangas, con una abertura en la espalda que dejaba ver la curva de sus riñones. No era un vestido para esconderse. Era un vestido para dejarse ver.

—Me encanta —dijo Gustavo, acercándose, pero sin tocarla aún.

—Y a mí me encanta que te guste —respondió ella, acercándose también.

Camilo los observaba desde la entrada del cuarto, con las manos en los bolsillos, la respiración contenida. No era un juego. Era algo más profundo, más lento, como el calentamiento de una sartén antes de que el aceite se suba.

—¿Puedo…? —le preguntó Gustavo a Valeria, con la mirada fija en su cuello.

Ella asintió, y él le tocó la nuca, bajó los dedos por su columna, hasta la abertura del vestido. Valeria cerró los ojos, exhaling un suspiro que parecía salir de lo más hondo. Camilo no se movió. Sólo se desabrochó la camisa, despacio, dejando que los ojos de Gustavo lo vieran: pecho ancho, pezones oscuros, el vello suave en la barriga, los músculos de los brazos tensos con la contenida.

—Eres hermoso —dijo Gustavo, sin quitarle los ojos a Valeria.

—Tú también —respondió Camilo, y se acercó.

Se formó un triángulo en el centro del cuarto: Valeria en el vértice frontal, con las manos sobre los muslos, las piernas ligeramente abiertas; Gustavo a su izquierda, con una rodilla apoyada en el colchón; Camilo a su derecha, con la espalda ligeramente inclinada, como si estuviera a punto de saltar, pero no lo hacía.

—¿Te parece si te quitas eso? —preguntó Camilo, señalando la falda de Gustavo.

Él asintió, se levantó, desabrochó la bragueta con lentitud, bajó los pantalones y la ropa interior juntos, dejando al descubierto un pito grueso, medio flácido, pero bien formado, con el glande rosado y húmedo por la anticipación.

Valeria se acercó, se sentó a horcajadas sobre su regazo, y lo agarró por la base, masajeándolo con la palma de la mano, moviendo las caderas de atrás para adelante, sin presión, solo fricción.

—¿Te gusta? —le preguntó Gustavo, con la voz un poco ronca.

—Mucho —respondió ella, y bajó la cabeza, dejando que sus labios rozaran el glande.

Camilo no esperó más. Se quitó el resto de la ropa, se sentó a su lado, y con la mano derecha le acarició el muslo a Valeria, subiendo lentamente, hasta tocar el borde de su braguita. Ella giró la cabeza, lo miró con los ojos semicerrados, y asintió.

—¿Quieres que te lo quite? —preguntó él.

—No —respondió ella—. Quiero que lo mires.

Camilo lo hizo. La seda negra brillaba con la luz de la vela, y el borde de la tela se hundía ligeramente en la carne de su culo, marcando la curva perfecta de sus nalgas. Gustavo, entre tanto, se había llevado una mano entre las piernas de Valeria y le estaba acariciando el clítoris con el pulgar, mientras con el índice y el corazón introducía dos dedos en su vagina, con un ritmo lento, sostenido.

—Está mojada —murmuró Gustavo, sin apartar los ojos de Camilo.

—Sí —dijo ella, jadeando—. Está muy mojada.

Camilo se acercó, puso la mano sobre la suya, sobre la de Gustavo, y juntos la movieron, sin romper el contacto con su piel. Valeria cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás, dejó que el ritmo los llevase, y entonces, lentamente, empujó su culo contra la entrepierna de Gustavo, que ya tenía el pito tieso y listo para entrar.

—Quiero que entre —dijo ella—. Los dos.

Gustavo se incorporó, se puso de rodillas frente a ella, y Camilo se acercó por detrás, tomando su cadera con una mano, guiando el pito de Gustavo hacia su entrada. Valeria respiró hondo, contuvo el aire, y luego lo soltó, relajándose, permitiendo que el primer dedo de Gustavo entrara, luego otro, y luego el pito entero, con un movimiento lento, casi devocional.

—Está rico… —murmuró Valeria, con la frente apoyada en el hombro de Camilo.

—Sí —dijo Gustavo, con la voz rota—. Estás perfecta.

Camilo se deslizó hacia adelante, se puso detrás de Gustavo, y con la mano libre le acarició el muslo, luego la cadera, y por último, el pito, que se movía adentro de Valeria con una cadencia constante, como un reloj que marcaba el tiempo de su placer.

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