El tren de medianoche
4 minEl tren de medianoche
La luz del tren se deslizaba suave por los pasillos, como una lengua tibia que acariciaba las ventanas empañadas. Afuera, la lluvia golpeaba suavemente el cristal, pero dentro del compartimento de tercera clase, hacía calor. Ella sentía la humedad en la nuca, el algodón del vestido blanco pegado a la espalda. Había subido en Guadalajara, sola, con una maleta pequeña, un cuaderno y una promesa tácita: no volvería a ser la misma.
Él estaba en el asiento contiguo, de espaldas al pasillo, con una camiseta negra que marcaba los músculos de los hombros. Cuando se giró para colocar la mochila en el estante, ella notó los ojos oscuros, las cejas ligeramente fruncidas, la barba corta que le cubría la mandíbula como un sombra tenue. Tenía los labios rojos, húmedos, como si hubiera estado mordiéndose.
—¿Te molesta que cierre la cortina? —preguntó él, señalando la pequeña palanca de metal. Su voz era grave, sin estridencias, con un tono de quien sabe lo que quiere y lo toma.
Ella asintió, sin decir nada. El tren se puso en marcha con un leve chirrido de frenos. La cortina bajó con un chasquido seco, sellando el mundo en un espacio privado. La luz se volvió más tenue, más cálida. El movimiento del tren se transformó en una marea constante, suave, como una caricia interna.
—Soy Daniel —dijo él, extendiendo la mano.
—María —respondió ella, sintiendo el calor de su piel antes de que sus dedos se tocaran.
Él no soltó su mano de inmediato. La sostuvo un segundo más, con firmeza, y luego la giró lentamente, palma arriba. Con el pulgar, dibujó una línea en su muñeca, desde el hueso hasta la base de la palma. Ella exhaló, sin querer, y sintió el pulso acelerarse en el cuello.
—¿Primera vez en tren? —preguntó él.
—Primera vez en nada —respondió ella, mirándolo fijamente, sin temor.
Él sonrió, pero no fue una sonrisa burlona. Fue una sonrisa de comprensión, de reconocimiento.
—Entonces, déjame ser el primer lugar.
Ella no respondió con palabras. Inclinó la cabeza, le quitó la camiseta con una sola mano, tirando con cuidado por encima de su cabeza. Él no la detuvo. Se quedó sentado, con los brazos alzados, y cuando la tela cayó al suelo, ella vio su torso: piel morena, pelo oscuro esparcido en un sendero hacia el ombligo, los pechos pequeños, los pezones oscuros y erectos. Él no tenía pene aún, pero sí un paquete suave, hinchado, entre las piernas. Trans, había pensado María desde el principio, pero no le importó. Era hermoso. Era real.
Él le quitó el vestido con la misma lentitud, deslizando los hombros, dejando al descubierto el sujetador de encaje negro. Con los dedos, tiró de los tirantes, y luego, con un movimiento firme pero suave, lo desabrochó por atrás. Ella se inclinó un poco para ayudar, y cuando el sujetador cayó, sus pechos saltaron suavemente al aire, redondos, firmes, con los pezones ya duros, oscuros como bayas maduras.
Él se inclinó hacia adelante y lamió el primero. No fue un beso, fue un mordisco leve, con la lengua rascando el borde del pezón. Ella gimió, una nota baja, gutural, que no sabía que podía salir de su garganta. Él repitió con el otro, esta vez mordisqueando con más fuerza, chupando hasta que sintió el sabor salado de su piel en su lengua.
Luego, bajó las manos por sus muslos, deslizando los dedos por debajo de la copa de su ropa interior, y tiró hacia abajo. Ella levantó la cadera para ayudar. Cuando los slips cayeron, él ya estaba en cuclillas, con la cara a la altura de su muslo, entreabriendo los labios con los dedos.
No dudó. Lamió de golpe, con la lengua plana, rozando el clítoris, hundiendo los dedos en su interior. Ella gritó, agarrándose al respaldo del asiento. Él no se detuvo. Repitió el movimiento, esta vez con dos dedos, entrando y saliendo, curvándolos hacia arriba, buscando el punto que la hacía arquear la espalda.
—Dime qué necesitas —susurró, sin levantar la cabeza.
—Más —dijo ella, jadeando—. Necesito más.
Él sonrió contra su piel, y luego volvió a lamer, esta vez con más fuerza, chupando el clítoris entre sus labios, mientras metía dos dedos más, ya tres, con un movimiento rítmico, profundo, constante. Ella sintió el orgasmo subir como una ola de calor, desde el vientre, hacia el pecho, hacia la garganta, y cuando lo alcanzó, gritó su nombre, aunque aún no lo sabía. Su cuerpo se estremeció, sus musculos se contrajeron, y su vagina se abrió y cerró alrededor de sus dedos, como si lo estuviera chupando.
Él se levantó entonces, y desabrochó su pantalón. Se sacó el pene, ya tieso, grueso, con la punta brillante de preseminal. Se lo puso entre los labios, masajeando su base con la mano, mientras con la otra le acariciaba la cara.
—¿Estás lista? —preguntó.
Ella asintió, y él se inclinó, colocando la punta entre sus labios, empujando con suavidad, hasta que
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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.