El Trazo de la Seda

El Trazo de la Seda

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 8 min de lectura

Yo nunca le dije que era mi fetichismo. No al menos hasta que la cosa entre nosotros ya había cruzado la frontera de lo cotidiano y se había vuelto algo… más. Algo que me hacía sentir viva, con la piel erizada y el pulso acelerado, pero sin miedo. Porque la confesión no es solo revelar, también es ofrecer una llave —y yo no iba a entregar la mía hasta que supiera que la cerradura era fuerte, que resistiría el giro.

Todo comenzó en la librería de la esquina, la de siempre, la que tiene ese olor a papel viejo, tinta y café medio frío. Yo trabajaba allí los fines de semana —una especie de castigo voluntario por querer rodearme de historias que aún no había vivido. Llevaba dos meses en ese puesto, y en ese tiempo no había conocido a nadie que me llamara la atención más allá de un ligero «ah, sí, ese tipo» en el que no invertía ni un pensamiento real.

Hasta que llegó él.

Se llamaba Santiago. No por el santo, sino porque le gustaba decir que su padre, un fanático del fútbol, lo había bautizado así en honor a la selección nacional del 86. Tenía los ojos color miel con vetas de verde, como cuando el sol se mete entre los árboles y se rompe en gotas. Y esa sonrisa… no era una sonrisa de papelería, de esas que pones para que te den el cambio sin recriminarte. Era una sonrisa que parecía saber que tú también la estabas esperando.

Me vió hojeando *El color de la seda*, un libro que ni siquiera había terminado de leer (solo lo había cogido porque la portada me había hipnotizado: un vestido rojo colgado de una silla, con una sombra que parecía moverse), y me dijo:

—¿Ese es mejor que *El nombre de la rosa*?

Le respondí con una ceja levantada, fingiendo ofenderme:

—¿En serio me comparas con Eco en una librería que ni siquiera tiene aire acondicionado?

—Porque Eco no te hace sentir que alguien te está quitando una venda de los ojos mientras lees una página 47.

Le tiré una hoja de papel de reciclaje a la cabeza. Él se rio, sin defensa, sin prisa. Y así empezamos a hablar. No de libros, al principio. De música. De sus viajes en autobús por el norte, de cómo se desvelaba escuchando jazz en la madrugada mientras dibujaba. Él era arquitecto. O más bien, *ex*-arquitecto. Había dejado los planos para abrir un estudio de diseño de interiores, porque le gustaba más jugar con espacios que con escaleras de emergencia.

—¿Y qué es lo que te gusta diseñar? —le pregunté un día, mientras ordenaba los estantes de poesía.

—Cosas que no se ven. La forma en que la luz entra por una ventana a las tres de la tarde. El peso de una cortina cuando el viento la levanta un poco. El espacio entre dos personas que caminan juntas y no se tocan. Eso… eso es lo que me interesa.

Me gustó su forma de hablar. No con la prisa de quien quiere impresionar, sino con la calma de quien ya sabe que lo que dice importa.

Pasaron semanas. Iba a la librería incluso en días que no trabajaba, solo para verlo. Y él, al principio, solo se acercaba a preguntar por un libro, o a recomendar algo. Pero luego empezó a quedarse más tiempo. A tomar un café en la esquina conmigo. A contarme cómo su abuela le había enseñado a doblar servilletas de tela en forma de cisnes —y cómo él nunca había logrado hacer uno sin que se deshiciera en el segundo pliegue.

Un jueves, mientras cerrábamos, me dio un sobre. No era una carta. Era un sobre de papel kraft, con el nombre de la librería escrito a mano, en tinta negra. Me lo entregó con una sonrisa que sabía que iba a dolerme un poco.

—Abre cuando llegues a casa —dijo.

Yo lo miré, y él no desvió la vista. No tenía miedo. Tenía curiosidad. Y esa era peor.

Esa noche, sentada en mi sofá con las piernas recogidas y una taza de té humeante, abrí el sobre. Dentro no había una nota, ni un boleto de cine, ni una confesión romántica. Había una tira de seda, de unos treinta centímetros, de color crema, con un nudo perfecto en el centro. Y una tarjeta. Solo dos frases, escritas con su letra redondeada:

> *¿Te gustaría probar algo?* > *No es obligatorio. Solo una opción.*

Me quedé rato mirando el nudo. No era un nudo cualquiera. Era un nudo de maestro. Un nudo que sabía a control y a entrega. A confianza mutua.

Le escribí: > *Sí. Pero solo si me cuentas por qué ese nudo.*

Me respondió al minuto: > *Porque es el único nudo que no aprieta. Es el nudo que espera. El que te permite soltarte si quieres. O quedarte.*

Al día siguiente, nos vimos en un parque, bajo el árbol de la esquina donde se solían sentar los ancianos a jugar ajedrez. Él llevaba la bolsa de tela que usaba para sus bocetos. Cuando me la tendió, yo me la tomé de la mano, y él me guió hasta un banco vacío.

—¿Confías en mí? —preguntó, sin mirarme a los ojos. Solo miraba la seda que ahora tenía entre sus dedos.

—Todavía no —respondí, y le sonreí—. Pero quiero empezar.

Él asintió. Como si ya lo hubiera sabido. Como si esa fuera la respuesta que había estado esperando.

Entonces, con una lentitud que me hizo sentir cada segundo como un latido, me pasó la seda por la muñeca derecha. No me la ató. Solo la dejó reposar, como si fuera una cinta de un regalo. Me dijo:

—Solo quiero que la sientas. Solo eso. Si te incomoda, se va. No pasa nada.

La seda era fría al principio. Luego, con el calor de mi piel, se volvió suave, casi imperceptible. Me giró la mano y la apretó un poco más, con cuidado, como si estuviera escribiendo con ella. No era una presión. Era una señal.

—¿Te gusta que te toque así? —me preguntó, con la seda enrollada alrededor de mis dedos.

—Me gusta que preguntes —le dije.

Me miró. Y por primera vez, en sus ojos no había solo deseo. Había respeto. Había atención. Había un silencio que no era vacío, sino lleno. lleno de lo que no decíamos pero ya sabíamos.

Y entonces me dijo algo que no esperaba:

—¿Sabes qué es lo que me gusta de este nudo?

—Dime.

—Que es un nudo que no te ata. Es un nudo que te permite elegir. Que te deja espacio para respirar. Para decidir. Para soltarte… o para quedarte.

Esa noche no nos besamos. No nos tocamos más allá de la seda. Pero cuando me despedí de él, con la muñeca aún cubierta por la tela, sentí algo que hacía mucho no sentía: la certeza de que alguien me había visto, de verdad, y no le dio miedo lo que vio.

Pasaron días. Y cada vez que nos veíamos, algo cambiaba. A veces era un lazo en la muñeca, otras, una cinta alrededor del cuello (solo una, como un adorno, y siempre que yo le decía: *ya*, se iba). Él no buscaba control. Buscaba conexión. Y yo, por primera vez, no me sentía vulnerable. Me sentía *elegida*.

Un viernes, me llamó a casa. Me dijo que quería mostrarme algo. Me encontré con él frente a su departamento, un edificio moderno con ventanas grandes y paredes blancas. No llevaba nada encima. Solo una sonrisa y una bolsa de papel.

—¿Te acuerdas de esa taza que te presté hace un mes? La que se rompió cuando te ofreciste a lavarla?

—Claro —dije, riéndome—. La que se cayó y quedó con un pedazo del asa en el suelo.

—Sí. La compré de nuevo. Pero esta tiene algo distinto.

Entramos. El departamento era minimalista, limpio, con luz natural que se metía por todos lados. En el centro de la sala, sobre una mesa baja de madera clara, había una taza nueva. Del mismo diseño que la anterior, pero con una diferencia: en el interior, grabado con finura, un nudo de seda. El mismo.

—Lo hice yo mismo —dijo, acercándose a mí—. En un taller que tomé cuando me tomé un año sabático. Me dijeron que era imposible grabar cerámica sin romperla. Pero resulta que sí se puede. Solo necesitas saber cuándo presionar. Cuándo soltar.

Me miró. Y yo le sonreí.

—¿Quieres que la use la próxima vez que preparemos café?

—Sí —dije—. Pero solo si me dejas llevar la seda.

Él asintió. Y entonces, con la misma lentitud de siempre, me ató la seda, esta vez con un nudo un poco más firmemente. Pero no me lo apretó. Solo me lo ajustó, como si supiera que yo estaba lista.

—¿Te sientes bien? —me preguntó.

—Sí —dije—. Me siento… escuchada.

Él me besó. No con urgencia. No con hambre. Con ternura. Con intención. Con la certeza de que no tenía que apresurarse.

Y mientras nos besábamos, con la seda alrededor de mi muñeca, entendí que ese no era un fetichismo. No al menos en el sentido estrecho. No era sobre la seda en sí. Era sobre lo que la seda representaba: elección. Confianza. Ternura que no teme el poder. Que no lo niega, pero tampoco lo necesita.

Santiago no me ataba. Me dejaba espacio para soltarme. Y eso, en un mundo donde todo parece exigirte que te atas, es el mayor acto de amor.

Ahora, cuando nos vemos, él me pregunta si quiero la seda. Si me gusta la cinta. Si prefiero que no toque nada más que mis ojos, o mis labios, o mi espalda. Y yo le digo sí, o no, o tal vez… y él siempre, siempre, respeta mi respuesta.

Porque el verdadero fetichismo no es el de los objetos. Es el de las intenciones. Y el mío, desde ese jueves en el parque, se llama Santiago. Y se siente como una seda que no aprieta, pero que nunca se suelta.

También en: Romántico

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