El tinto y la cadera
Yo, que soy de esas mujeres que cree que a los cuarenta y cinco uno empieza a entender cómo se goza de verdad, jamás pensé que un sábado cualquiera, con el calor de Medellín pegándole a las persianas, iba a terminar con las bragas en el bolsillo y el corazón en la garganta por un hombre que ni siquiera sabía cómo se llamaba.
Me llamo Valentina, pero no soy de esas que se andan con formalidades. Para los amigos —y para los que no lo son tanto— soy Tata. Vivo en un apartamento chiquito, pero con alma, en Laureles, donde el edificio tiene más historia que el metro y los vecinos más curiosidad que periodista de farándula. Ese día, sábado, me levanté con ganas de café fuerte, música vieja y nada de compromisos. Me puse un vestido flojo de algodón, sin sostén, porque a esta edad uno ya no le paga a la ropa que lo torture, y bajé a la tienda de la esquina por un tinto doble y unos ocho de queso.
Fue allí donde lo vi.
Sentado en una de las mesitas de afuera, con un periódico en la mano y un sombrero de paja toquilla que le tapaba media cara, estaba un hombre que parecía sacado de una novela de García Márquez si la hubieran escrito con más testosterona. Debió tener como sesenta bien llevados, con canas en las sienes que le daban más clase que un traje de tres piezas, y una sonrisa torcida que me hizo sentir, por un segundo, como si me hubieran regalado un secreto.
—Buenos días, doña —me dijo, sin levantar la vista del periódico, como si ya supiera que yo estaba allí.
—Más bien calurosos —le respondí, y me senté sin pedirle permiso. Así soy yo: si algo huele rico, me acerco a olerlo.
Levantó la vista entonces. Ojos cafés, profundos, con un brillo que no era de coquetería, sino de alguien que ha visto mucho y aún le queda hambre.
—Usted sí que es fresca —dijo, y por primera vez sonrió completo.
—No fresca, real. A mi edad ya no tengo tiempo pa’ andar con vueltas.
—Entonces, si es real, dígame: ¿por qué se sentó aquí?
—Por el sombrero —solté sin pensar—. Me dio curiosidad verle la cara a un hombre que se pone sombrero en pleno calor de la 10.
Se echó a reír, y el sonido fue como el ruido del café cayendo en la taza: caliente, espeso, lleno de promesas.
—Me lo regaló mi hija. Dice que me hace ver como un galán de cine.
—Pues la niña no miente —le dije, y le sostuve la mirada más de lo que hubiera debido.
Nos pedimos otro tinto. Y luego otro. Y al tercer café, ya hablábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Se llamaba Daniel. Había sido profesor de literatura, viudo desde hacía cinco años, y ahora jubilado, vivía solo en un apartamento frente al parque de los Pies.
—¿Y usted, doña real? —preguntó—. ¿Qué la trae por esta tienda con cara de querer más que un café?
—El aburrimiento —dije—. Y el cuerpo, que a veces pide cosas que la cabeza no entiende.
—Ah —sonrió—. El cuerpo sabe más que la mente. A veces, hasta más que el corazón.
No sé cuándo pasó, pero de pronto ya no hablábamos de libros ni del clima. Hablábamos de piel. De cómo el sol quema distinto cuando uno tiene más de cuarenta. De cómo el deseo no se apaga, se transforma.
—¿Sabe? —me dijo, bajando la voz—. Hace mucho que no miro a una mujer como la estoy mirando a usted.
—¿Cómo me mira? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—Como si quisiera besarle el cuello, bajando hasta el pecho, y luego...
—¿Y luego? —susurré.
—Y luego meterle la mano por debajo del vestido y ver si está tan mojada como creo.
El aire se me fue. No de susto, sino de anticipación.
—¿Y si no estoy? —dije, retadora.
—Entonces me disculpo y me voy con mi sombrero. Pero algo me dice que sí.
Y tenía razón.
Caminamos juntos hasta mi edificio. No dijimos casi nada. Solo nuestras manos, que se rozaron primero, luego se tomaron, y al final se agarraron como si supieran que no había vuelta atrás. Subimos las escaleras en silencio, con la respiración más pesada que el calor de afuera.
En el pasillo, antes de abrir la puerta, me empujó suavemente contra la pared. Me tomó el rostro con ambas manos, como si me estuviera pidiendo permiso con los ojos. Se lo di con un beso.
No fue un beso de jóvenes. Fue lento, profundo, con sabor a café y a tiempo perdido. Sus labios eran firmes, pero no urgentes. Me besó como si tuviera todo el día, y yo me dejé, abriendo la boca, dejando que su lengua encontrara la mía con calma, con hambre vieja.
Entramos. Cerré la puerta con el pie.
Me quitó el vestido sin desabrochar nada: simplemente lo levantó por encima de mi cabeza, como si despojara una ofrenda. Quedé en bragas, con los senos libres, y él me miró como si estuviera viendo algo sagrado.
—Qué rico tiene el cuerpo, Tata —dijo, y me acarició una cadera con la palma abierta—. Qué bien parido.
No me tocó los senos. No todavía. Primero me besó el cuello, luego el hombro, y bajó, bajó, hasta ponerse de rodillas frente a mí. Me quitó las bragas con los dientes, despacio, sin apuro.
—Déjeme probarla —dijo—. Solo un poco.
Y entonces sentí su boca en mi coño. No como un ataque, sino como una caricia. Su lengua me separó los labios con suavidad, luego me lamió entera, lento, como si estuviera aprendiéndome de memoria. Gemí, y me agarré de sus hombros, que aún tenía fuertes, aunque fueran de hombre maduro.
—No pare —le pedí—. Por favor, no pare.
Siguió. Me chupó el clítoris con cuidado, con devoción, como si fuera un fruto que no quería arruinar. Sentí que me venía, y me vine, agarrada a su pelo canoso, con un gemido que salió del fondo del alma.
Cuando abrí los ojos, me estaba mirando. Se levantó despacio, con una sonrisa tranquila.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora —dijo—, me deja que le meta el pito.
No dijo más. Me cargó como si pesara menos que un suspiro, me llevó a la cama y se quitó la ropa. Su cuerpo no era el de un joven, pero era hermoso: fibroso, con un poco de barriga, pero con pectorales firmes y un pito que, aunque no era enorme, era grueso, venoso, y completamente duro.
—¿Lo quiere? —preguntó, poniéndolo en mi mano.
—Lo quiero todo —dije.
Me penetró despacio, con cuidado, como si supiera que no necesitaba prisa. Sentí cómo me llenaba, cómo me estiraba, cómo me hacía sentir plena. Movió las caderas con ritmo, firme, seguro, y yo me agarré a sus nalgas, que aún estaban duras como las de un hombre que ha cuidado su cuerpo.
—Así, así —le dije—. No tan rápido, pero no tan lento.
—Dígame cuándo se viene —me pidió—. Quiero verla.
Y cuando llegó, lo hizo con un grito que no pude contener. Me vine con fuerza, con espasmos, con los ojos abiertos, viéndolo a él, que seguía moviéndose, que no se detuvo hasta que sentí que también él se corría, adentro, con un gruñido que sonó como una canción vieja.
Nos quedamos abrazados, sudados, sin hablar.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora —dijo, besándome el hombro—, me invita a otro tinto. Pero acá, en su cocina.
Y así fue. El café nunca supo tan rico como ese que tomamos desnudos, sentados en la mesa del comedor, con el sol de la tarde entrando por la ventana y el olor de nuestros cuerpos mezclándose con el aroma del café.
No fue un desliz. Fue un acuerdo entre adultos. Entre dos que saben que el deseo no tiene edad, pero que a veces, con los años, sabe mejor.
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